Oda a las sirenas

La figura amamanta a su prole sobre la superficie del agua. Alguien habla detrás de mí con voz de trueno. Yo no escucho. Observo a la figura que aletea sobre el mar y se va alejando. Con la parte inferior de su cuerpo se mantiene a flote mientras uno de sus brazos agarra el cuerpecito. Sus manos mueven la platea azulada como acariciando las nubes, y ésas, las nubes, parecen querer bajarse del firmamento a besarle la frente a ella y su cría. La criatura succiona el pezón ávidamente y mueve la cola de pez. Yo recuerdo esos pezones y me saliva la boca. Con la misma voracidad mi corazón da un giro. El barco se mece y busco el equilibrio. Entonces me doy cuenta.

El equilibro es mirarla y no olvidar sus escamas. Su voz armoniosa. Es consolarse. El equilibrio es subir a bordo, y pensarla buscando el horizonte. Es continuar la vida, jugar a separarse, bromear con la idea de una nueva residencia, de un nuevo hábitat; es convencerse uno de que las diferencias sí importan. Conformarse sin derramar una sola lágrima.

La voz almirantonada intenta llamar mi atención nuevamente. Recuerda el rescate, me dice. Recuerda que has vuelto a nacer como hombre, añade y acomoda su gorra naval sobre el cabello plateado. Los rescates, y no los naufragios, siempre se superan.

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