Notas sobre lo cursi, edición especial

Tenía 15 años cuando me enamoré por primera vez. Mi novio en ese entonces tenía 18. En aquel momento esos tres años de diferencia representaban un abismo; él en la universidad y yo una niña de décimo grado. Él estudiaba arquitectura, y recuerdo que para nuestro primer día de San Valentín como pareja, me regaló una postal que él mismo había hecho. No recuerdo nada más (y me consta que me regaló varias cosas) sólo aquella manualidad. Se trata, probablemente, del período más cursi de mi vida. Ese tiempo en el que somos incapaces de ocultar un gesto, una palabra. Un pequeño drama. La adolescencia es la negación del disfraz, a pesar de que esté llena de poses. Era una tarjeta hecha con papel de construcción y cartulina. Parecía una postal normal de esas que venden en la farmacia, pero al abrirla se descubrían cuatro lados de donde salían pequeñas cuerdas. Era como un abanico, o una escalera. Cada cuerda, a su vez, guardaba un pequeño secreto; mínimos textos que completaban el mensaje principal. Todavía guardo, después de 12 años, aquellas postalitas y presiento también haber guardado algo de aquel chico, algo que se quedó pegado a aquellos cartones de colores.

He tratado varias veces de acostumbrarme al minimalismo, no sólo porque me place cambiar de estilo, sino porque me enseñaron que lo minimalista era cool. Limpio, recto, recogidito, bien portado. Y a pesar de hacer las lecturas pertinentes y descubrir el trazo rebelde del minimalismo, hay una nitidez, una limpieza de fondo que es necesaria para su existencia, y que a mí, me viene sobrando. Yo, por otro lado, cada vez que compro algún objeto (decorativo o no) tiendo al exceso, al claroscuro, a los volantes. A lo barroco cuando se cae, y se anticipa a su ruina. Lo cursi, en palabras de Ramón Gómez de la Serna “aparece como decadencia […] y por lo tanto tiene toda la fragilidad de lo que ‘está’ delicado” (17). Delicadeza, rastro, pliegues que niegan la apariencia del edificio que los contiene. Fragilidad en la que se impone el empeño rebelde de ser algo más. He notado, por ejemplo, cierta proclividad de mi parte a comprar objetos que trascienden su función. Espejos que parecen cuadros, butacas que parecen tronos, mesas que se asemejan al lomo de algún animal grande, o al tronco de un árbol, carteras que parecen mariposas. Lámparas que quieren ser flores. Hay animosidad, perseverancia poética en estos objetos que no se conforman con el papel que les ha tocado: “Esta lámpara [con ansias de flor] quería pensar y alentar conversaciones adornadas, pensamientos con rimbombancias, pasiones con fervores líricos” (de la Serna, 22).

A nosotros lo cursi nos suena a melodrama barato, empacho, azúcar azucarada, telenovelas rosa, Corín Tellado, poemas de amor (malos, malísimos) de aquel novio infame (por lo cursi) que tuvimos. A modo previsor, Gómez de la Serna distingue entre lo cursi bueno, “perpetuizable y sensible” y lo cursi malo, “deleznable y sensiblero” (26). Sutil distinción con profundas diferencias. Hay solemnidad y un tenue desamparo en el llanto del cursi bueno. Hay pretensiones, engreimiento y un adormecimiento del encantamiento en el llanto del cursi malo: “Escritores malamente cursis son los que han escrito lo sobrante, lo real extra superfluo, los tópicos que son vegetaciones del corazón” (27).

Se dice que la palabra cursi surgió en Andalucía, a donde había llegado una familia de la burguesía francesa caída en decadencia. A pesar de las calamidades económicas, las niñas de la familia Sicur insistían en sus vestidos emperifollados y en cubrir de lazos sus melenas. Los vecinos, en ánimos de burla, comenzaron a llamarlas Cursi, alternando las sílabas del apellido. Otras fuentes indican que la palabra viene del árabe “Kursi”, que es el trono –excesivamente adornado en donde se sienta la novia el día de su boda. A pesar de la poca certeza respecto al origen de la palabra, notamos un cierto dejo común en ambos casos. Que lo cursi haya sido ignorado o malinterpretado por la academia, no minimiza ni su lugar, ni su efecto dentro de la tradición de las aceras del barrio en donde crecimos. Lo cursi es lo otro, la elipsis del círculo, lo barroco. No olvidemos que el exceso del barroco y neobarroco fue perseguido por los defensores del “buen gusto.” Así, cuando leemos y escribimos desde lo cursi nos guarecemos bajo un cielo de estrellas, lejos, lejísimo de las bibliotecas. Nos narramos desde una sensibilidad callejera que se zafa instintivamente de cualquier espíritu represor.

No saber qué fue de aquel chico que me colmó de besos un día. No buscarlo ni planificar reencuentros. Saber que lo poseo parcialmente, en la justa medida que lo quiero poseer. Encontrar de repente las cartas y las postales, sin ningún afán por deshacerme de ellas. (Creer que perdiendo el objeto lo perderé para siempre) Tocarlas, recordar. Olerlas, recordarlo. No saber, no querer saber, sólo gozar de su pequeña presencia allí en mi cajón. Eso es Lo Cursi.

2 pensamientos sobre “Notas sobre lo cursi, edición especial”

  1. Entonces un fetiche simple es cursi. Y desde cuándo tú eres cursi? Creo que eres más barroca que cursi. Lo que más productivo me parece es que opones ese impulso por el fetiche al conocimiento. el cursi relmente no quiere saber, sólo gozar. UF

  2. Estaba leyendo tu post, y me parecio interesante, me senti identificada contigo..
    lo que escribiste me gusto mucho n.n
    mucha suerte
    asta luego

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