Navidad en Johannesburgo

El día de Nochebuena fuimos a misa. Los papás de Dave, nuestro hospedero, nos llevaron a la Central Methodist Church de Johannesburgo a la misa de 10:00pm. Las calles del centro estaban desiertas y había una luz fantasmal que le daba el aire de un set de película; y te recordaban por qué siempre te dicen que Johannesburgo es peligroso. Aunque durante el día se vea tan distinto.

Creo que lo único que tenía vida en ese momento era la Central Methodist Church. Mucha vida desparramada por las calles y las aceras que la rodeaban, por el paseo frente a la entrada principal, adentro y por todas las escaleras que daban al salón. Vida viva pero lúgubre y hambrienta, de gente que dormía en el piso en cualquier lugar. Vida viva con demasiado olor a calle y a intemperie de cartón y bolsas plásticas. Vida con una ráfaga de sed y sueño, y sabor a trabajo malnutrido. Bronwyn los conoce y nos dice que son cerca de 2,000 Zimbabweanos que se refugian en la iglesia. Conoce a varios, que la saludan con mucho cariño y abrazos bien fuertes. Somos los únicos ‘blancos’ entre el mar de gente esperando para entrar; aparte del pastor y una ayudante. La noche está llena de sonrisas lánguidas, algunos borrachos que quieren altercarse y una almohada de gente con tanta esperanza noble, como alegría adormecida.

Bronwyn conversa con uno, le pregunta que cómo está; que si está contento y le ha podido mandar cosas a la familia. Que sí, que está contento porque ya le mandó las cosas a su familia, pero no deja de pensar que no puede estar con ellos. Nochebuena es un poco triste “you see?”. Su sonrisa distante y voz bajita, agridulce, se riega entre los demás; algunos asienten, sabiendo. En Zimbabwe ya no queda nada. La inflación va por 11,000%. Si piensas visitarlo tienes que llevarte la comida y el agua que vas a usar.

El pastor manda a apagar todas las luces y empieza a repartir velas. Todos se ordenan en fila, bien apretados. Le podemos ver la espalda a muchos y nos damos cuenta que tampoco aquí se pierden oportunidades. Alguien había aprovechado la desnudez de muchos para anunciar en camisetas su negocio. Servicios funerarios, con todas sus bondades enumeradas. Alguien adentro va prendiendo las velas según entramos. En más de una ocasión temí que la iglesia y todo por dentro se encendiera verdaderamente en fuego, con el combustible de tanta gente apretada y cartón desparramado. Subimos las escaleras todavía entre gente y piernas garabateadas. Llegamos al inmenso salón.

Los que no se sentaron se acostaron en los pasillos al margen de los asientos. Empezó el culto y el trabajo se le durmió encima a los que se apilaron en el piso, con ronquidos pesados. Los cantos fueron vigorosos, en inglés, en shonga, en venda. Las manos agarradas y los abrazos también. Y la alfombra viva de seres adormecidos se regó hasta los asientos, anestesiando el aire denso que nos quedaba.

Anunciar la comunión fue un súbito despertar para los cientos que dormían, y para los despiertos en sus asientos que navegábamos el mar de gente con la cera de las velas extintas. Anunciaron el pan y el vino y la masa de gente resucitó de súbito para arremolinarse como marejada a recibir la minúscula hostia y la diminuta copa de vino. Hambrientos primero de pan y después de redención y vida eterna. Amasados en torno al altar, haciendo levadura con sus propias manos que estiraban la masa hacia arriba, hacia el altar.

Salimos pronto, porque estábamos en la fila de atrás. Lidereamos la masa de gente en el embudo de las escaleras, todavía lleno de gente y cartones. Bajando a media luz sólo se nos adelantó uno que, de prisa y brincando escalones, aseguraba: “I am from Mozambique, I am not from Zimbabwe!”

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