Nada que ver

Intercalaron la entrevista con tomas de una tormenta eléctrica en la Florida central, con encapuchados marchando por las calles de Rosewood.

Todos los animales en la finca tienen nombre de alemán o de pistola. La casa grande doblega como museo. Es parada obligatoria para turistas fanáticos del viejo Sur. Se rumora que la sangre de cuatro niñas muertas dentro de una iglesia nutre el terreno debajo de las matas de tomate. El don se arrodilla con dificultad. Luego de amasar dos bonchecitos de tierra, le pide al entrevistador que lo ayude a ponerse de pie.

–Huelen a negro —dice, sosteniendo sus dos puños frente al público televidente como quien presenta un recién nacido al mundo. En el fondo la señora de la casa sonríe, posada junto a un letrero que anuncia tomates gigantes a medio peso.

2 pensamientos sobre “Nada que ver”

  1. Queridísimo Guillermo:

    Juro por Dios que no había leído este post antes de escribir el del Hermitage. ¡Ay Virgen!, nosotros tan agrarios hoy, cómo estamos nostálgicos de siembras de tomates y de tierra.

    Salut!

  2. si quieren vengan paca a visitarme, yo estoy comiendo tomates cultivados en el huerto de los estudiantes graduados. se los juro, y saben buenos, lo unico que son medios amorfos.

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