Museo del Apartheid II

Pero este museo era también distinto a los museos del Holocausto. Fue otra cosa, después de todo. En los museos del Holocausto la violencia es real pero subrepticia. Invisible y apestosa, como gas. Está ahí pero no se ve; está hecha para intuirse, para olerse a millas en aire chamuscado. En este museo la violencia era de carne y hueso, quizás, porque sus fotos y videos no son posdata, sino el material de los eventos mismos. No se trata de la arrasadora violencia de la masacre; sobretodo, no de su abrasadora anonimidad. No era la masa exterminada, sino los individuos al detal. La velocidad de la violencia en tiempo real: la centrífuga de un cuerpo vivo al enredarse en alambre de púas en un salto de huida, la aceleración con la que regresaba al piso. La precipitación de otro, al ser bajado de un tirón desde el techo de una guagua. El moméntum de las descargas a macanazos sobre caras tangibles. La flexibilidad de partes insólitas del cuerpo. Las nuevas anatomías, sin ternuras. La física de la violencia.

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