Museo del Apartheid I

Fuimos al Museo del Apartheid. Entramos por 25 rands. Pasamos por pasillos de fotos que filtraban a la gente que dejamos atrás. Llegamos a la galería, un gran salón apartado.

Es un museo inmenso y admirable, documentado con meticulosidad, variado y creativo en recursos, y extraordinariamente extenso. Lleno también de largos párrafos en sus paredes de líneas altas y duras, de elegancia sobria y monumental. Su espacio, masivo y fundido en letras, nos recibió como un gran museo del Holocausto. En alguna parte de Europa, lejos de África. Otro continente de palabras grandes, de admiración por lo escrito y reverencia por razones llenas en paredes envitradas. Donde los museos son un “cubo blanco” de distancia forzada– para ver mejor. Un continente monumentalmente visual que sabe olvidarse de otras razones percusivas, de la sonoridad de los espacios pequeños donde se cuecen los murmullos de todos los días. Los de otro culto, los que se criaron en un continente distinto y cambiarían las paredes altas y macizas por algo más susurrante y terreno, se quedaron igual sin voz. Su voz fue trastocada en letras y colgada de las paredes que no oyen, para exhibirse a otros. Perdieron la voz, otra vez.

En este espacio foráneo vi sólo una familia más oscura que yo, arremolinada toda junta, como sosteniéndose en ese derroche de hostilidad endémica, de violencia representativa. Entonces me di cuenta de que la expiación tiene muchas formas. Aquí hay un espacio para sanar la culpa, pero un espacio seguro que mantiene al margen a quienes la recuerdan demasiado cerca. Un espacio privado de penitencia, a prueba de dolor y otras catástrofes. Un hiato por encima de aquéllos que si bien pueblan las paredes, aún no son protagonistas. Penitencia privada, a 25 rands más impuesto de alfabetismo occidental. Para quien la compre– en Sudáfrica o en el mundo allá, allende los mares.

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