Muizenberg

Siempre me da nostalgia de sol y pintura blanca. Y de calles atravesadas en cuchillo de camino al trabajo. Nostalgia de todas las semanas. Y de la gente que, según me acercaba a la calle principal, se veía llegando en camino de hormigas a la estación. Medio mudas medio despiertas. Mujeres hermosas en muchas faldas, negras y grises para el espeluznante frío ventoso del Cabo, y pañuelos en la cabeza o trenzas esculpidas como segunda piel, lustrosa y firme. Siempre con bolsas grandes de algún color. Hombres jóvenes en pantalones azul royal que anuncian por ellos que trabajan en lo que sea: chivos, arreglos, construcciones, reconstrucciones; de los mismos muchachos que, más arriba en la avenida, se sientan al borde de la acera con los pies en la brea esperando empleo. (Tantas veces me espanté imaginando lo poco que había entre ellos y la masa de carros pasando.) Y algunos blancos de onda casual. Mamás y tías con niñas de trenzas rubias; algunos hombres solitarios con maleta o mochila a medio llenar, como yendo al trabajo, o listos para cambiar el pueblo por un viaje indefinido. Como si fueran a decidirse en la misma trilla del metro. Como si su empleo fuera tan indeterminado como el de sus compatriotas más oscuros. Pero sin serlo. Predicadoras y predicadores colored de todo pulmón, en camisa y chaqueta, y una familia que, con su color de entremedio, de entremedio también se sentaban a pedir en la calle entre tú y el colmado. Pero eso es en la otra dirección.

Y para mí, cruzar los rieles, que no seguirlos. Entrar en ese extraño espacio alienígeno en esos seis metros de cemento, acero y piedra entre valla y valla. Siempre me perdía ahí. Como si entre los rieles se desbocara un abismo sin tiempo; como si el mundo, ahí en esos seis metros mientras cruzaba, se quebrara en sol y distancia, a secas. En una dirección, tierra emparchada y medio mal compartida; en la otra, el camino a ese pueblito repintado. Hermoso, pero repintado con un caparazón de casas antiguas, cafés gourmet y tiendas de surfing y turistas. Un caparazón crujiente bajo el sol, como papel maché, que también con el sol se requiebra en las esquinas donde niños de doce a dieciséis años piden comida o juegan fútbol, o en los dobleces de la carretera donde hombres de piel nunca más clara que caoba trabajan de sol a sol entre cemento y brea. O en esas horas secretas en que se ven las mujeres menos blancas que yo entrar y salir en silencio de las casas donde trabajan.

Más allá, el mar que te traga en su azul estirado. Y la arena que lo invade todo sin pedir permiso.

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