Moscas volantes y centelleos

Siempre me he rodeado de palabras, al menos eso asegura mi madre. Pero sólo recientemente he comenzado a escribir, por lo que es común<*>que pase rato frente a la página blanca o a la vitrina del procesador de palabras<*>antes de que acuda a mí imagen alguna.

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Lo primero, primero que escribí con alguna intención creativa fue un poemita que titulé “A mi madre”. Lo hice en la clase de Español de la Sra. Paler en un período de 45 minutos. Decía algo así como: ‘El amor de mi madre es como una flor / que se posa en mi corazón. / Ella me mima y me abraza / y nunca, nunca me rechaza…’. Por él pelée una vez con mi mejor amiguita de entonces, Lotty, porque ese año gané el Certamen Literario en la Academia San Ignacio y ella se empeñaba en decir que la palabra ‘congoja’, que estaba más hacia el final del poema, yo ‘la había buscado en el diccionario para ponerla’. En realidad, no lo había hecho. Pero, de todos modos, no importa, porque ese poema ya se perdió. Una vez vi una copia en la biblioteca de la Academia, o eso creo.

Me parece que después de ese incidente no retomaría la palabra hasta la Escuela Intermedia, cuando por encargo de cierta profesora (que todos llamábamos Chubaca) le escribí un poema a tres mujeres deportistas: Angelita Lind, Rebekah Colberg y Gigi Fernández. De ese escrito no me recuerdo mucho. Lo hubiera olvidado por completo si no hubiera sido porque Chubaca me llamó hace un tiempo para darme la noticia de que publicaría el poema que escribí en noveno grado en una segunda edición del libro de las deportistas. Después de semejante impresión, no sé, pensé cambiarme el nombre de ahora, o mudarme del país… Lo que me da es pena de que antes de que pudiera publicar algo bajo esta identidad de escritora recién aprendida, otro de mis yo vandalizara el intento.
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Ya dije que siempre me he rodeado de palabras, al menos eso creía. <*>Pero, últimamen<*>te me rodean moscas a mí. Ha sido mi destino<*>que corra la fatídica suerte de mamá, de quien ya hablé, a quien también ellas persiguen.

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Ella afirma, aunque sé que duda, que debió pasar mu<*>chísimo tiempo antes de que se diera cuenta. Como está casi ciega, no veía<*>el incesante correr de<*>las moscas, su oscilar en el espacio. Tampoco<*>escuchaba nada. Me dijo que esas moscas son impermeables al tiempo pasado y que, aunque no las podía ver cuando se miraba en el espejo, las<*>sentía<*>seguirla<*>a dondequiera<*>que<*>iba. Trató de enseñarmelas sin éxito un montón de veces. Desistió, creo, cuando vio que, por más que me concentrara, yo no las veía. Hasta pienso que se alegraba de este hecho, para que yo no tuviera que cargar con ellas en la memoria para arriba y para abajo. Decía, que le recordaban a cosas feas. Debieron pasar casi más de dos lustros para que yo encontrara las mías.

Yo, como ella, tampoco advertí revoloteo alguno hasta el día que me quedé sola en la glorieta tratando de escribir algo que ahora no puedo precisar. En<*>ton<*>ces, las vi centellear justo en frente de mi. Habrían sido cinco o seis, a lo mucho. Nadaban en el humor de ambos ojos, <*>acompañándome en ese momento que las palabras me habían abandonado. Una vez alguien me dijo que eran pedazos de retina sedimentados en el ojo. Pero no le creí. Las moscas son escamas de olvido que flotan en el caldo de la memoria.

Un pensamiento sobre “Moscas volantes y centelleos”

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