Mitología Cuántica: en recordación de Hiroshima y Nagasaki

(Nota de la autora: Este ejercicio de creación de mitos data de febrero del 2002 y lo comparto ya que el pasado fin de semana se conmemoró el lanzamiento de la bomba atómica.)

“They’re Pinky and The Brain / Yes, Pinky and The Brain / One is a genius, The other’s insane / They’re laboratory mice / Their genes have been spliced / They’re Pinky and The Brain, Brain, Brain, Brain, Brain, Brain, Brain, Brain, Brain.” “So what are we gonna do tonight, Brain?” “The same thing we do every night, Pinky: Try to take over the world!”
Pinky and the Brain

Érase el siglo en que los cerebros habían alcanzado un espacio idílico, compuesto de grandezas imaginarias, como por ejemplo: creían dogmáticamente en que si se lograba ir más rápido que la luz del Sol, se detendría el tiempo. ¿No había sido esta la eterna lucha de los mortales? Detener el tiempo equivaldría a la eternidad del ser. Idílicamente, podrían alcanzar a Dios, comerse a Cronos, igualar a Buda. El mundo de las ideas se vio asediado por visitas sin frenos de cerebros con cuestionamientos obsesivos. ¿Cómo rebaso la velocidad de la luz? ¿Adónde llego si lo consigo? Estas preguntas eran redactadas en el nuevo lenguaje: E=MC²

Érase también el siglo en que la partícula más pequeña que componía todo lo real había sido dominada por la magia de la mente. Los más conocedores aseveraban, que el abracadabra matemático, creaba las pautas para una colosal fuente de energía. Para toda mente agudizada, este terreno virgen suponía una dimensión de ideas no descubiertas, un irresistible manjar para cualquier glotón del conocimiento. Ya no había vuelta atrás, el desarrollo del nuevo saber sólo tenía una dirección.

La creación de un nuevo lenguaje de números y fórmulas mágicas ocasionó una gran guerra encefálica, puesto que, a pesar de haber encontrado este nuevo espacio, no existía un acuerdo sobre qué era lo que se había descubierto, ni para que funcionaba. La guerra se dividió en dos bandos. Cada equipo debía convertirse en el genio maligno de su oponente. La nueva estrategia consistía en generar tácticas para destruir las ideas del adversario: aplastarle la cabeza al enemigo.

Era una batalla llena de contradicciones. Enfrentados ambos bandos, discutían sobre la logicidad de la nueva alquimia; estaban las ecuaciones, pero también estaba el hueco de cómo concretizarlas, cómo trasladarlas al mundo real. Los conocimientos se habían adelantado a cualquier fórmula capaz de ofrecer explicación. Poco podía durar; algunos cerebros pensaban que pronto llegaría una idea que lograría explicarlo todo. El secreto consistía en que, si con tal fórmula era posible crear cantidades colosales de energía, en todo caso, se podrían dirigir cantidades inimaginables de esta energía en una sola dirección. De ser así, el misterio era también la llave para el fin de los tiempos.

Los cerebros se empozaban en aguas maniqueas. ¿Hacia dónde dirigirían la energía? En el campo aliado, la justificación era que, si no lo concretizaban ellos, lo harían los del bando contrario y, por supuesto, la utilizarían en su contra. Hubo un cerebro que no tuvo miedo en lanzar los dados. Fue así que uno de los bandos consiguió concretizar cantidades inimaginables de energía para destruir a su oponente. Se fabricó una bomba de energía mortal. Miles y miles de cerebros desintegrados en fracciones de segundos. Cantidades infinitas de ideas no pensadas. Partículas de histeria flotando por todas partes: inconcretas, amorfas, subatómicas. Se concibió lo inconcebible y en consecuencia, el miedo tuvo de ahí en adelante un equivalente concreto, capaz de destruir las ideas de todos los cerebros del mundo, disolviendo el misterio sobre cuándo será el fin de los tiempos. Desde entonces, no existe cerebro que no piense que, de ser utilizada el arma en su dirección, nunca sabrá lo que es rebasar la velocidad de la luz.

Un pensamiento sobre “Mitología Cuántica: en recordación de Hiroshima y Nagasaki”

  1. To esto se me parece mucho a un juego que de niño me encantaba jugar: cogíamos un pedazo de papel que doblábamos en dos mitades. Cada uno de los dos oponentes dibujaba un ejercito lleno de tanques de guerra, buques milagrosamente en tierra, aviones y soldados. Entonces, al que le tocara primero el turno, tenía que “dibujar una “bomba” (que no era otra cosa que un buen borrón de bolígrafo azul de no más de un milímetro de area). Al hacer la bomba, doblábamos el papel nuevamente y hacíamos la misma bomba por detrás del papel, en el lugar donde habíamos hecho la bomba originalmente. el resultado era que la bomba inicial (la #1) quedaba impresa en la segunda mitad del papel, donde estaba dibujado el ejército enemigo.

    Nada, gracias por permitirme compartir esta charrería con todos ustedes.

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