Mis lecciones con la pornografía

Un escrito en La Ínsula Hirsuta, una fallida reseña de la biografía de la actriz de porno Jenna Jameson, me hizo pensar en mi propia experiencia escasa con la pornografía. Mi primera vez fue a los once años, cuando un compañero de clases llevó a la escuela una edición de Playboy dedicada a los penes. Sí, diez fotos 8 x 11 de penes, en Playboy. Y sí, estoy segura. Cuando uno es niño, es fácil el contacto accidental con el desnudo morboso.

Después de eso, pasé seis años sin pensar en la pornografía. Para muchas personas, Playboy no lo es, así que se podría considerar que mi primer contacto verdadero fue la vez que, a los 17 años, mi mejor amigo Joel me prestó dos vídeos: Rice Burners y una película sorpresa. Rice Burners trataba de unos tipos y tipas adeptos al “motorcross” que tenían sexo sobre y al lado de las motocicletas, en los talleres de mecánica y en los caminos terrosos de algún estado “redneck”. Motoras; era un “turn-off” perfecto para mí. Posé todas mis esperanzas en la segunda película, que resultó ser varias estampas clásicas y homosexuales; había hasta una escena en un granero. Convencida de que la pornografía era una mierda “overrated”, apagué el VCR y me ocupé en otras cosas por los próximos tres o cuatro meses.

Una noche, regresaba a mi casa. Mi mamá estaba sentada en la calle, en el murito de mi casa. Cuando me bajé del carro de nada menos que la mamá de mi novio de entonces, mi mamá se abalanzó sacudiendo en alto un videocasete. Le preguntaba a mi novio si sabía lo que era, él decía que no, ella le decía que era una película pornográfica, él se aguantaba el orín como todos los que se enfrentan a la ira de mi mamá, ella seguía increpando, presumiendo, gritando e insultando. En plena calle. La mamá de mi novio lo superó en cinco minutos, pero la mía todavía me lo saca en cara de vez en cuando.

Yo no sabía qué decir. Negaba que fuera mía, pero no había salida. ¿De quién más iba a ser? ¿De los gatos? Cuando entramos a mi casa, ella lo metió en el VCR para que lo viera. Para humillarme y que lo viera. Noté que la película estaba mucho más adelantada, que las escenas me eran desconocidas. O sea, ella lo dejó corriendo un rato en lo que se decidía a apagarlo. De repente, le apareció en la mano otro videocasete: Rice Burners. Para conseguirlo tuvo que haber hurgado entre mis cosas, pero me contuve de reclamarle ante la certeza de que mi falta era mayor.

La gay terminó hecha añicos. Rice Burners vive debajo de su colchón todavía. O al menos el casete. Si le diera por ponerla en el VCR, encontraría una película animada de La Bella y la Bestia.

Con la pornografía no aprendí mucho sobre sexo, sino a ser más prudente. Y a abrir videocasetes.

3 pensamientos sobre “Mis lecciones con la pornografía”

  1. Wow, de repente me remonté a mi etapa de adolescente, cuando escondía revistas pronográficas en el colchón, pensando que como ese sería el primer lugar que mi madre buscaría, precisamente sería allí donde menos buscaría, porque conozco a mi madre y siempre he usado psicología inversa con ella. Wow, este escrito es simplemente precioso, Isabel.

  2. Es interesante. Como madre, soñaba que nada corrupto tocara a mi familia. Pero más de una vez he tenido que enfrentar que la podredumbre nos rebasa y que el ser humano no se da cuenta cuándo empieza a ser parte de ella.

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