Michael

Esto fue antes de la Navidad, el último día que pasé en Muizenberg antes del tren a Johannesburgo. Yo ya había caminado varias veces por frente al callejón donde se reúnen los de casa errante a jugar fútbol y repartirse el pan. El que sale justo de la esquina donde los fines de semana se para el vendedor con su guagua con cebollas, frutas y otros vegetales. Había cruzado el pueblo varias veces y de distintas formas: del banco a casa, de casa a la tienda, de la tienda al supermercado, y de nuevo al banco, buscando dejar todo en orden antes de irme. En la esquina de la barbería se me cruza: “Lady, do you have something to eat?” Ese “lady” siempre me hace sentir que le hablan a otra. Quiero terminar todas las cosas antes de que me cierre nada. ‘Ahora no. Pero si estás por aquí cuando termine…’

Terminé, o casi, pero a las tres o cuatro de la tarde todavía no había almorzado y me arrebataba el hambre. No lo veo cuando paso —no lo vi en el resto del día, me estuvo extraño. Pero cuando doblo la esquina por casi última vez lo encuentro de frente con sus ojos certeros: “Lady?” ‘Oye, todavía no he almorzado, ¿vienes conmigo?’ Hubiera dado bastante por compañía ese día. Pero a él quería convidarlo por él mismo, como una pequeña ceremonia mía de partida; mi propio tributo por haberlo visto tantos días jugando en el callejón y en la esquina pidiéndome algo.

“What would you like to eat?” “Chips.” Asusta lo largo que sobreviven aquí a fuerza de papas fritas. Un cono de papas con sal y vinagre, para aguantar todo el día. “Let’s go have some fish and chips, where should we go?” Había un come y vete más abajo en la calle. A la entrada, otro señor nos espera: “Lady, do you have a little money?” Que no, que si quiere comida, le doy, que vamos a comprar ahora. Entra con nosotros. La orden, entonces, es de: “three snoek and fish, please,” y… ‘¿qué van a tomar, jugo, refresco…?’ Terminó algo así como: “a Sprite, an orange soda for him, and…”. “Two.” El señor quiere refresco también para un amigo. “Can or bottle?” “Can.” “No…” dice el señor. Lo miro. “A bottle.” Pide un padrino grande. “So, three Sprites, an orange soda and the bottle?” No, conmigo no. O las latas, o el padrino. Insistía y buscaba la vuelta. Confirmo la orden con dos latas de refresco.

Me sobregiro, no me quedaba cash. Y tampoco tenía mi tarjeta. Tengo que ir a casa para buscar la tarjeta y después bajar al cajero automático. Pido que me guarden la orden y los dejo a ambos esperando. Hago todo el camino, sin mi mejor humor. Regreso y el señor no aparece. Pregunto; “he left.” Supuse que estaba molesto conmigo, que pensó que lo embarqué. Salgo con Michael (me acababa de decir su nombre) a buscar donde sentarnos. Un lugar donde el viento no nos quitara el aliento y la arena no nos robara la comida.

Aquí en Sudáfrica me he hecho muy conciente de mis estrategias. El amor es desinteresado, sí, pero siempre tiene algo más que decir. Es ley de vida, pero también es ley para la vida. Es inevitable, es impostergable —especialmente aquí, donde la humanidad palpita sus ternuras más profundas en cada esquina— pero es también —con la voluntad o sin ella— un recurso. Un gesto honesto, pero con múltiples beneficios. No se trata de una deformación de la intención, sino de la pura materialidad del gesto: es en lo más básico, después de todo, un trueque de afinidades, un tráfico de empatías. Pero es también la conciencia de un entorno volátil y una presencia conspicua, donde estos tejidos son también redes de supervivencia. No se lo pedía, pero sabía que esta comida compartida me inmunizaba de algún modo. Me ligaba a él de buena voluntad y contaría a mi favor si alguna vez lo necesitara en ese callejón de la esquina, o en otra de las calles desandadas del pueblo. Me generaba algunas garantías más en ese Muizenberg en el que nunca confié del todo.

Michael tiene dieciséis años, aunque pensaba que tenía doce. Eso lo averigüé, junto con que vive en Capricorn, de donde viene a pasar los días a Muizenberg. Para aliviar un poco la carga en la casa, supongo. Encontramos un murito donde sentarnos, escudados del mar. Abrimos los platos y empezamos a comer. Al poco rato llegaron dos muchachos que saludaron a Michael y pidieron compartir. Esos eran más ruidosos y quizás, más confiados. Quizás eran mayores que Michael, aunque parecieran adolescentes. Empezamos a dividir la comida y desde el fondo se acerca un par de niños más. Éstos sí, niños, y no parecían haber visto casa en varios días. Tenían hambre y sed, pero venían tímidos. Los sentamos entre nosotros, sobre el murito en la grama. Multiplicados, recontabilizamos; y una vez más, levantamos las tapas de foam y realizamos allí, frente al pueblo, el milagro de las papas y los peces.

randsmichael

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