Memorias de foam

Que sobrevenga la tristeza luego de una ruptura es comprensible, esperado, incluso loable. Sufrir por ciertas cosas es “politically correct”. Extrañar a un novio, a la familia y a los amigos es normal. Todos son síntomas de nuestra humanidad, de esa manía un poco patética de querer retener todo cuanto tenemos a nuestro alrededor. “Esto es mío”, pensamos constantemente, aunque sea en voz baja. No obstante, recuperarse del vacío, (o de la ilusión del vacío) es igualmente necesario, imperativo diría yo. Hay una línea muy flaca entre lo coherente, y lo discordante, entre la mesura y el exceso, entre la nostalgia y la locura.

Es divertido ver cómo el mercado sabe de nuestra debilidad, de nuestras ganas urgentes de ser y de estar. Sabe también de nuestra temible capacidad de olvido. Por más que nos empeñemos en recordarlo todo, nuestra naturaleza de desapego (que tanto tratamos de apaciguar) se impone. Las imágenes van perdiendo el color, las caritas se desfiguran, y los eventos se nos traspapelan. ¿Qué es lo que el viajero lleva en su equipaje, eso irreemplazable que no se puede comprar ni crear? Fotos. Es tanta la obstinación de no olvidar, tantas las advertencias sentimentales, las exigencias que nos hacen para que recordemos, que si dejamos la foto de fulano o perensejo, nos sentimos traidores y egoístas. Y es que en el fondo, muy en el fondo sabemos la verdad. Y la verdad es que necesitamos ese remitente inefable que apacigua el temor de olvidar el color de su cabello, el agujero que revienta en su mejilla cuando ríe, la forma de su boca, el peso de sus ojos.

Mi roommate se está estrenando en eso del desarraigo. Se pasa las horas hablando por teléfono con su novio, colgando sus fotos por toda la casa, escuchando las canciones que la obligan a pensar, perfumando sus sábanas con la colonia que él le regaló.“Para que no me olvides”, le dijo el tipo en el aeropuerto, y le entregó toda una retahíla de objetos necesarios para mantenerse en contacto psíquico, o algo así. Mi amiga, muy obediente a las indicaciones de su novio, llegó armada hasta los dientes con todo aquello que la ayudara a recordar. Entre la parafernalia contra el olvido había un pedazo de foam, un mattress muy flaquito que se coloca sobre el otro mattress que sirve como base; pero aquel no era un foam cualquiera. No sólo “suavizaba” su sueño, sino que guardaba las huellas de cualquier cuerpo que hubiera pasado por allí. Así pues, mi roomate juraba que tenía al novio atado a la cama. Su columna vertebral dibujada sobre la espuma, (esa es la bella traducción de foam) sus nalgas nadando tan próximas, tan cercanamente lejos de su piel. El foam no sólo guarda la silueta, sino también la forma de un amor, el movimiento de dos cuerpos, las palabras que se quedaron dormidas entre ambos. Al menos, eso dice ella. Mi amiga se duerme abrazada a su fantasma, a su recuerdo favorito. Pero, qué es un “memory foam”, sino la evidencia absoluta del vacío, la prueba inefable de tu soledad. Soledad mimada y acariciada. Soledad que se masturba con la espuma barata que ofrece una brillante táctica comercial.

Anoche me metí en su cuarto y, aprovechando que no estaba en casa, me acurruqué en su cama. Obviamente, eso estaba prohibido, nadie debía alterar la marca de aquel cuerpo invisible. Pero ahora es la marca de mi flaco cuerpo la que se estira en su espuma. La que duerme con ella. Y me río de ella, y me río de mí. De ella por pensar que un pedazo de foam retiene o valida la presencia de su piel preferida. Y de mí por creer que borro la sombra del otro. Por creer que mi marca, por ser más reciente, es mayor. Pero me río sobretodo porque ahora somos tres en un estúpido mattress. ¿Cuánta memoria cabe en un pedazo de foam? ¿Con cuánta espuma se apaga la luz del recuerdo?

11 pensamientos sobre “Memorias de foam”

  1. Esas pequeñas transgresiones son tan deliciosas… A mí puede que me pase algo similar a lo tuyo pero es un poco con la intimidad ajena, de modo que si admiro mucho, mucho a alquien y deja sus pertenencias en un lugar y no está, me da con rebuscarlo todo en el interior del bulto o del bolso. Es como un intento de desacralización de esa figura.

    Otra cosa, ahora sí sobre tu escrito: has manejado muy bien el juego de palabras y conceptos asociados a la memoria. A veces tienes una capacidad de problematizar lo humano, decir grandes cosas, y burlarte de todo. Me parece que este texto, junto con el la dispensabilidad son incluso hasta morbosos: por eso me gustan.

  2. jajajaja. a mi me encanta que tu roommate se acueste contigo y te eche la patita sin saberlo. me encanta lo absurdo de que el inventario de la memoria esté tan basado en los objetos. cuando me fui de intercambio durante el bachillerato, me llevé un álbum con fotos bellísimas de mis amistades. cuando regresé a la isla, habíamos cambiado mucho y con algunos de ellos no rehice relación de amistad. simplemente no se dio, pero la distancia hace que uno idealice el objeto que te recuerda al sujeto apreciado, en vez de al sujeto en sí. en esta ocasión, no me traje nada, ninguna foto de nadie, nada que me recuerde nada, sólo un sarón que nunca me falla y que cuelgo siempre en la pared para sentirme en confianza con el espacio. cuando uno regrese, en frentarse a lo extrañado tiene un sabor más natural y menos idealizado.

  3. Me gusta cuando ríes….. y más cuando ríes de ti misma al reírte de la otra… Es que en la risa burlona que sale a consecuencia del otro, sale también una risa de nuestro propio reflejo… Sigue ríendote que yo me reiré contigo!!!!!

  4. usualmente, cuando hablamos de un personaje secundario en nuestras historias, hablamos de nosotros mismos en los momentos que nos abochornamos de nosotros. Por ejemplo, tengo un “amigo” que me decía: “oye tengo un amigo que se fue al Lucky Seven y me contó que apesar de que las mujeres allí no eran como él esperaba, le gustó verlas así, a lo real”. Evidentemente, este “amigo” mío no se atrevía a decir que le gustó la carnalidad vulgar que vio en ese sitio y tuvo que usar de pretexto a un “amigo”. Me parece que tú haces lo mismo. Esa roomate que vive contigo se parece a ti, es una parte de ti misma más que otra persona. Sin embargo, traicionas a esa parte de ti. Te burlas de ella. La ves como vez al Otro. Tal vez eso es parte de “la muerte del sujeto” en nuestra filosofía contemporánea. Traicionas tu identidad, como sujeto que padece el olvido, y la identificas en la Otra. Te entiendo. Te justifico. Te conozco.
    lo

  5. la margarita ha vuelto con la historia más perversa, con un recuento de la envidia y la vaina lésbica de los amores frustrados y los traspiés para que la otra caiga sobre sus faldas, un éxito escandaloso el confesionario literario y los terrores de las señoritas frente al tocador donde maquillan sus desgracias. ya la extrañaba tanto, pero este cuento triste me la devolvió.

  6. Entiendo lo que dices, LO, pero lo interpreto de otra manera. Hay cierta tendencia sáfica, que implica un disfrute del “yo”, una atracción por el espejo cóncavo que viene de la imagen de dos almendras,para decirlo en tus palabras, la paja mental es el cuerpo en el espejo, ahí el morbo, en verse uno misma y agradarse. margarita, obviamente, se sintió reflejada en el foam, en el espejo cóncavo del reflejo que trazan en el juicio dos almendras. sabe que dafne la seduce, sabe que puede ser narcisa. el foam es la liviandad…la espuma: el elixir de la flor vúlvica, como su naturaleza afrodisiaca. espero que estás líneas te hallan sacado una carcajada.

  7. Tela , foam, papel, olorres, todos llaman y encauzan la identidad movediza dew quienes se reconocen en los mismos. Adoro este escrito, y siento muy de cerca su contundencia, contundencia que se se niega a si misma en virtud de al levedad y sus axionas. Conozco la mascara, conozco la piel, conozco la trascendencia. Vuelvo una y otra vez sobre este texto, por respeto a su autora, y a la narradora escondida que busca, como sabemos unos pocos, la fijeza y la totalidad.

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