Meditaciones sobre una boda

Hace unos días acompañé a mi amiga a comprar su vestido de novia. ¿Quién coño dijo que la familia y el hogar estaban en crisis? Aquel día en E’leonor, (la tienda preferida para los ricos que se casan) las chicas hacían fila para medirse los pomposos vestidos. Todo allí era alegría. Ojos iluminados y risas recatadas (porque en E’leonor no te puedes reír muy duro). Todavía no sé cómo catalogar la escena. Era una graciosa mezcolanza entre lo patético, lo hermoso y lo cursi. Y yo me sentía tan perdida, tan desubicada, tan evidentemente desinteresada en las benditas bodas, que casi me sentí mal. Casi.

Como toda tienda para gente bien, a los acompañantes que teníamos que chuparnos todo el tiempo que requirieran las futuras novias, nos consentían con tacitas de café y hasta galletas. Algunas de las afortunadas madres lloraban emocionadas al ver a sus hijitas salir del probador. ¿Qué les pasaría por la mente para llorar así? Siempre he sospechado que las madres saben algo que no nos quieren decir para terminar jodiéndonos y seguir teniendo la razón. En ésas estaba yo, concentrándome para no matar a nadie, cuando vi salir a mi amiga. Y viéndola así, envuelta en tules blancos, pensé en todos los símbolos que acompañan, pero no empañan (todavía no) el rito matrimonial.

Vamos a ver cómo digo esto sin sonar como una de esas feministas que tan mal me caen. Estoy esforzándome para que esto parezca un diálogo, no un discurso. Estoy conversando aquí, pues, con mi amiga que se casa, con todas las chicas de E’leonor que me miraban mal cuando acariciaba con desprecio sus simbólicos trajes, con ustedes y conmigo. Bueno, ya está. No doy más explicaciones. A lo que iba era a mirar muy por encima toda la parafernalia marital, empezando por el traje. ¿Por qué sigue siendo blanco, si ya todos saben que la mayoría de sus portadoras no son vírgenes? Ya no representa la tradición de la pureza y la nobleza mujeril, sino el disimulo, la tradición de la hipocresía. Es la consolidación total del simulacro. Claro que si lo vemos así, usar el vestido blanco es una hermosa afrenta, un sacrilegio. Si es así, yo me apunto. No obstante, el traje de novia sigue siendo un discurso de cómo se deben hacer las cosas, de cómo se debe llegar al altar. Me consta, ya que mi madre no se cansa de hablar sobre la importancia y el significado del traje blanco. Bueno, dejemos ahí el asunto del traje. Luego está el anillo. O mejor dicho, los anillos, porque ahora te separan, tipo lay-away con el de pre precompromiso, el de precompromiso, el de compromiso y, finalmente, el de matrimonio. Te colonizan el dedo anular para anularte todas las demás posibilidades. O ¿de dónde pensaron que venía la palabra? Te ponen el bendito aro que llaman “de amor”, pero cuya función (además de conmemorar y validar la cultura de consumo), es evidenciar que ya no te perteneces sólo a ti, sino que debes compartirte con otro. De pronto, te conviertes en un Estado Libre Asociado. Y lo último, por ahora, es no poderte entregar tú sola cuando vas rumbo al altar. No, no, no. Tú no puedes tomar ese paso, al menos no simbólicamente. Tiene que venir tu padre (otro hombre), a tomarte de la mano (para que no te pierdas por los oscuros vericuetos de la vida) y cedérsela a quien, a partir de ese momento, se convertirá en tu nuevo papá.

Tengo que aceptar que me ha costado mucho desmitificar todo este embrollo bodístico. Yo solía ser una novia de blanco en potencia. Pero ¿cómo no serlo cuando se supone que todas, desde chiquitas, compartimos el mismo sueño? Gracias a Dios que tengo amigos feministas muy crueles, pero solidarios, que aparte de querer joderme la vida para que me quede sola por siempre, me estimulan a ver más allá de las flores, el séquito, los trajes y los anillos.

No sé si mi amiga sea virgen, pero va de blanco, con velo, corona y toda la pendejá. Y con todo este lío nupcial, ella se jacta en proclamar que se prepara para tener una vida de verdad. ¿Yo? Bien, gracias. Jugando a tener una vida. Según ella, mientras no me pongan el velo, mi vida es sólo un intento, una vidita.

Muchos de los que optan por no casarse lo hacen, en parte, para evitar todo el desmadre de preparativos que anteceden al acto nupcial. Por eso, lo más molestoso de tener una amiga por casarse, es que te obligan a participar del proceso. Como si todos fuéramos culpables de la boda. Como dama de honor que soy, pues, he tenido que acceder a varias citas designadas por mi amiga, como por ejemplo, visitar a la costurera. La doñita no sólo es hábil con la aguja, sino también con la lengua. Muy dulcemente, entre medida de busto y cintura, insiste en atacarme con sus preguntitas: “¿Y tú, cuántos años tienes?” “¿Y tú, cuándo te casas?” “¿Y tú, tan linda y sin novio para casarte?” “Yo conozco a unos cuantos muchachos”. Gracias señora, yo también conozco a unos cuantos. No sé quien le dio el oficio de Celestina a tanta gente, incluyendo a mi amiga, quien cree que el mundo sería un lugar mejor si todos estuviéramos casados. Y quien sabe, tal vez tenga razón. A fin de cuentas, a la larga todos nos quedamos más o menos igual de solos. La única diferencia es que la soltería sale más barata, pero Hacienda lo sabe y por eso se desquita y nos hace pagar demás. Es nuestro castigo por cometer el delito de la soltería. Egoístas nos llaman, cuando aquéllos se casan, entre otras cosas, para parir futuros acompañantes. Sí, así de hijos de puta son; paren hijos para tener a alguien que les cambie los pañales cuando estén arrugados y jodíos. Si supieran que los van a mandar a un asilo, no parirían tanto.

No obstante, y muy a pesar de todos los razonamientos lógicos que efectúe sobre el tema, todavía no he desechado la idea de casarme. Sí, lo sé, se me pone la cara roja al decirlo (es una metáfora, mi color de piel no me permite ponerme roja) y, mucho más, al escribirlo. Debo admitir que hay cierto encanto, cursi por demás, que me llama la atención. Creo que no debí ver tantas telenovelas cuando era niña. No me muero de ganas, pero queda por ahí un maldito gusanillo que me empuja a casarme. La cosa es que, a pesar de lo dicho, no me siento tan mal por admitirlo, tal vez porque me justifica la cultura (que tanto critiqué hace tres segundos) y la opinión pública (o sea, mi mamá), y porque me asusta (y ahí va lo más terrible) quedarme sola. Qué paradoja. Lo peor de todo es que me siento revindicada por saber todo lo que involucra el acto nupcial. Es decir: si me caso, lo hago a sabiendas de la estupidez que cometo, y no porque soy una boba romántica. ¿Estará ahí mi salvación? Lo dudo. A fin de cuentas, no soy yo quien se está probando vestidos blancos. Mientras tanto, procuraré esconderme cuando mi amiga arroje el ramo de flores, aunque se muera de ganas por arrastrarme con ella. Claro que, si lo pienso bien, seguramente no tendré que esconderme. Siempre hay muchas damitas dispuestas a pelearlo, para correr de inmediato a E’leonor y tomar café con galletas. Por el momento, ya tomé una decisión importantísima: Si me caso un día, no usaré velo, ni me vestiré de blanco, y la sortija será de coco. Ésas se botan sin ningún remordimiento, y pasan inadvertidas, just in case. Tú sabes.

2 pensamientos sobre “Meditaciones sobre una boda”

  1. Dudo que ese “gusanillo” de querer casarte a pesar de tus convicciones, sea consecuencia de algún gen defectuoso en tu ADN. Son atavismos de una educación tradicionalista y religiosa a la que casi todos fuimos sometidos, y de los cuales es muy dificil deshacerse. Pero vas por buen camino. ¡Felicidades!

  2. Ridiculas afirmaciones, pero cada quién su trauma. Ojalá y antes de hacer hipótesis estupidas te instruyas en la verdadera simbología de las cosas. En fin, ojalá y algún día seas felíz saliendo de tu egoísmo.

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