Manu mortua

A Ingrid Beatriz Lugo Sabater.

Et salutaris mortis manu quodammodo ducamur.
Fragmento de liturgia.

Lo más que me acuerda a mi padre es el abandono. No se notaba en la ropa, ni en lo bien arreglado que siempre andaba por ahí. Había que fijarse en el desdeño fugaz que se le escapaba por las pupilas. Se requería la agudeza de una hija problemática para mangarlo en una esquina frotándose aquellas manos de bestia peluda, con la mirada árida como un desierto de recuerdos, buscando quizás alguna versión barata de redención en los surcos arrugados de las palmas. Siempre usaba ese lenguaje manual cuando quería ser íntimo, dejaba que la ternura de sus dedos tomara la palabra y así evitaba tener que emplear la tosquedad de su boca. Era un inventario secreto de gesticulaciones sublimes que sólo empleaba con los que amaba y lo utilizaba justo cuando estaba apunto de ahogar a uno con esos ojos desabrigados.

De pequeña, papi tenía un gesto para mí nada más. Se arrodillaba en el piso, decía que era Romeo quebrado de amores. Entonces buscaba mi mano lentamente, hasta que la encontraba y se la ponía en el pecho y soltaba un gran suspiro. Nunca le dije que me dolía cada vez que me apretaba los huesos de los dedos. No quise dañar los únicos momentos en que sentí que me quería. Después fui creciendo poco a poco, y las tenazas de hierro que me hacían crujir los dientes de cariño se fueron enmoheciendo hasta que se remitieron a frotarse solas en las esquinas oscuras de una casa. En un arranque de indiferencia, la mirada de mi padre me fue dando de codo poco a poco, hasta que me aisló por completo. Así que me fui desprendiendo, soltando los primeros pasos de una juventud acelerada, nadando a la deriva en la lava de la adolescencia, jugando al escondite en un abismo en donde ninguna mano podía llegar.

Lo vine a ver en hospital doce años después. Me había llamado mi hermana y me dijo que no le quedaba mucho. Ya no tenía bigote. Se le había caído algo de pelo. Era un raquítico saco de huesos, deformes de tantos años con el cuerpo encorvado. Apestaba a mierda. No lo habían bañado en días. Tenía garras de oso por uñas. No me reconocía. No me extrañó. Le cogí la mano y se las apreté. Se zafó rápido y comenzó a gritar como un niño. Ya no podía hablar. Luché con él hasta que pude asearlo. Le pedí ropa nueva. Pasé toda la tarde tratando de que comiera un poco de sopa con aquella boca seca, arrugada, ajada en el olvido.

Decidí visitarlo todas las semanas. Le compré unas pijamas nuevas. Lo aseaba por completo. No tenía dinero para pagar enfermeras. No podía fallarle. Cada vez que lo visitaba, intentaba cogerle la mano. Quería saber a dónde apuntaban esos surcos, qué era de esa red de marcas que lo habían atrapado en la encerrona de la desidia. Necesitaba saber si en alguna de esas líneas estaba yo, Sara, era mi derecho saber el lugar en donde me había dejado desvalida. No se dejaba. Un día se me ocurrió esperar hasta que estuviese dormido. Cuando le vi la palma, apenas había trazos desgastados. Era como si el viento le hubiera pasado papel de lija y le dejara la fineza suficiente para sobrevivir como un esqueleto desdeñado. Dejé de ir a verlo por dos meses.

“Necesitamos que venga a verlo urgentemente. Es el momento.” Llegué lo más rápido que pude. Lo encontré con los ojos bien abiertos y se miraba las manos con un terror inefable. Balbuceaba algún grito. Intentaba mirar a todos lados. No se reconocía las manos. Miraba aquellos garfios imponentes pasmado de espanto, como si fuesen unos palitos garrafales que venían expresamente a cortarle el aliento. Se las cogí suavemente. Me miró absorto, con aquellos ojos mustios de siempre. Me apretaba los dedos duro, sin reconocer el tamaño de su fuerza. Lo sabías, papi, siempre lo supiste. “Soy yo. Sara.” Inhaló profundo. Justo cuando su boca comenzaba a soltar un amague de sonrisa, exhaló con un alivio que me estremeció los huesos. En la inercia del gesto, me arrastró a su pecho; y con el suspiro, se me fue. En la palma de la mano de mi padre, no había nada.

4 pensamientos sobre “Manu mortua”

  1. Cheraa tos caribeños me copa la escritura creole e hibrida que curten por estas paginas, felicitaciones, yes, hee, ipora la pende pagina cheiru,

  2. alejandro, me han encantando tus diferentes alusiones a las manos, tus diferentes hallazgos de desidia en el padre, me has amarrado en muchas de tus frases…
    me gusta cómo has usado cada palabra para hablar de las manos del padre… felicidades por ese lenguaje.

  3. LOVE IT ! Ando enamorada…

    Y pensar que cada día son más las madres solteras, por tanto, cada día hay más seres humanos que se identifican con textos como este. Como sí ya no fueran suficientes. La palabra familia y por supuesto lo que representa, es demasiado importante para mi.

    Y ustedes, que ???

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *