Los hospitales

Mi abuela ha estado hospitalizada durante todo el fin de semana, pero como ha estado recluida en cuidado intensivo, no ha habido necesidad de peregrinar al hospital, pues en intensivo la media hora de visita concedida se cumple a cabalidad. Media hora es poco cuando uno quiere pasar todo el tiempo posible con una persona a quien se tiene miedo de no ver más. Además, los visitantes deben turnarse para entrar, y mi abuela nunca tiene menos de dos visitantes. El domingo la visitaron siete personas que debieron dividirse la media hora lo mejor posible. Por otro lado, sólo media hora de visita es una conveniencia para el visitante político, el que viene a que lo vean cumpliendo con su deber moral de visitar a un amigo o familiar enfermo y, en otra circunstancia menos controlada, visitaría sólo media hora aunque tuviera diez. En este caso, el visitante político no tiene que anunciar tan pronto entra que tiene prisa (o, mejor dicho, no reiterarle al enfermo que su visita es un acto de generosidad de parte de una persona extremadamente ocupada), ni tiene que preparar una despedida emotiva, porque las enfermeras se encargan de propiciar una conveniente despedida precipitada. Claro, el visitante que está realmente preocupado por la situación del paciente (jamás le llaman enfermo en el hospital) se logra colar hasta incluso diez minutos después de que la intervención de la enfermera hace inminente la partida.

Pero cuando un paciente está recluido en un cuarto regular ocurre la peregrinación, que consiste en la instalación de una caseta de campaña y una hornilla de kerosén en el cuarto del enfermo. No sé si ocurra en muchas familias, pero en la mía nos turnamos para acompañar en todo momento a mi abuela. Una peregrinación de este tipo requiere paciencia y aplomo. Uno siempre procura no aburrirse y hacerse de –en orden de popularidad– una revista, un libro o un juego de mesa. Pero en intensivo nadie puede leer, y en un cuarto regular, mi familia tampoco puede leer porque todo el mundo está ciego. Si en el cuarto hay televisión (¡prodigio!) todo el mundo se entretiene. Pero cuando no hay nada qué hacer, es importante darle mucha conversación al enfermo, pues luego de que el visitante se haya ido, aún quedarán horas y horas para verlas desfilar segundo a segundo. Cuando definitivamente no hay nada en qué ocuparse (o cuando el visitante puede, pero el enfermo no), uno procura que el paciente se duerma. Es una manera de desligarse de la tediosa y difícil tarea de entretener a alguien a quien nada entretiene y sólo quiere estar en su casa. Y entonces viene el frío.

Los hospitales tratan de preservar los cuerpos de los enfermos, sin darse cuenta de que todavía están vivos y no son cadáveres en la morgue. Mi abuela es bastante flaquita y no tiene grasa que la mantenga en calor, así que se tiene que enterrar en la cama bajo la bata de baño, la sábana, un grueso cobertor y una estola de lana, aparte de la bata que ya lleve puesta. No sé cómo se puede dejar bañar; yo me defendería amenazando con echarle el contenido del pato a quien osara desnudarme.

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