Lo confieso

No creo en la biblia. Aunque creí en ella por más de veinte años… toda una vida. Hace mucho decidí pensar que había alguien que sabía más que yo y estuve dispuesta a sacrificarle toda mi vida, a ofrecerme como un sacrifico santo y agradable. Creí en aquel que los hombres me vendieron y, como todo lo que los hombres venden, simplemente resultó ser un anuncio engañoso. Todavía, a veces –en esos momentos en que ya no tengo respuestas para todas las preguntas que me surgen en momentos en que ya no sé qué hacer– quiero creer que hay algo más grande que yo, que está dispuesto a cuidarme y a guardar por dónde camino, que nunca permitiría que algo malo me pasara. A través del tiempo he querido creer que no sólo tendría que ser aquel que conocí como Jesucristo, podría ser Tara– una de las emanaciones de Buda que, específicamente, se dedica a proteger a los seres donde sea que estén. Aún así tengo dudas; lo que me ha resultado durante estos últimos años es cuidarme yo misma.

Eso me funciona a mí; no a todos. Hay personas que necesitan sentirse dentro de un camino que les canalice su espiritualidad –a ellos los respeto, admiro y defiendo con la misma fuerza que defiendo mi derecho de no hacerlo. La realidad es que en el mundo en que vivimos a veces necesitamos algo que nos dé el sentido, que no encontramos día a día. A mí no me interesa mucho; hay cosas consecuentes y otras inconsecuentes. No me quitan el sueño las consecuencias que tiene no sentir la carga de preocuparme si hay o no hay un dios, si es uno sólo o más de uno. A veces pienso, que es como querer saber, a ciencia cierta, si hay vida en otro planeta.

Lo que sí es muy cierto –no me lo invento– es lo que viví. A mis dieciséis años tenía toda la intención de hacer lo que fuese correcto y, aunque dentro de mí se sentía tan correcto escribir, leer, vivir este mundo de letras que ahora me envuelve, estuve dispuesta a dejarlo a un lado, por servir a mi señor, por servir a aquel que era más grande que yo.

Hay gente que dirá que quien me falló no fue él sino la gente, pero… ¿no se supone que él sepa más que yo? ¿Qué yo sea la niña y él, el papá? Hace unos seis años vivía cubierta por un casco espacial. Me había dicho que respirar el aire me mataría, que “este mundo” no era para mí, que era una peregrina en camino hacia mi verdadero hogar. Por eso fue que dejé de leer, por eso fue que no escuchaba música, por eso no tenía amigos: no quería contaminarme. Hace seis años, una tarde, en el segundo piso de mi casa en Naguabo, escuchando el sonido del mar, con un calor bárbaro, decidí que iba a quitarme el casco, iba a respirar el aire –si me moría, pues me moría, no me importaba.Me lo quité. Ya no me pesaba. El aire entró suave y con un olor a mar vivo y fuerte por mi nariz. El casco no me molestaba ya. No me morí.

Hace seis años recuperé una vida que nunca debí perder.No me arrepiento, para nada. No sería quien soy si no hubiera vivido lo que he vivido. No tendría a mis hijos, no tendría mis experiencias de vida.Es muy posible que si no me hubiera quitado el casco, estaría buscando cómo ponérmelo; ya no tengo que hacer eso. Ya sé muy bien qué hay debajo del casco.

De todas formas sigo pensando que no creo en un libro que ha sido traducido ya demasiadas veces –la mayor parte de ellas por razones totalmente políticas, que ha sido parafraseado otras muchas más; que ha servido de excusa para las más grandes barbaries de la historia humana. A veces quisiera creer que hay algo más, pero no me quita el sueño. He conocido cristianos a los que amo con todo el corazón y he conocido “paganos” que dejarían al mismo Cristo con la boca abierta. También he conocido ya demasiada gente que ha sufrido como yo.

Mi amigo Sancho Panza –porque, perdónenme, es mi amigo, el que no lo entienda que lea bien El Quijote, no como la mayor obra de arte, sino como el cuento que escribió otro escritor como el que anhelamos ser– le dijo a su gran amigo Alonso Quijano: “no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vayámonos al campo vestido de pastores, como tenemos concertado.” A mi amigo Sancho lo conocí el año pasado. Cuando lo leí, cuando lo sentí recrearse dentro de mí, no pude sino alegrarme –en lo más profundo de lo que soy– de haber decidido, seis años atrás, vestirme de pastora y no dejarme morir.

7 pensamientos sobre “Lo confieso”

  1. Son las cinco de la mañana de una madrugada gris que me ha dado la ventaja del insomnio y la incomprensión. De esos días en que necesito creer que hay algo más grande que yo, y hoy lo encontré entre tus palabras. Me has hecho llorar amiga, hermana, marida de letras. Me sorprendo de que todavía puedas enternecerme tanto, que logres esa reacción en mí. Me sorprende la riqueza de tus experiencias y cómo me guían sin ni siquiera yo pedirlo.

    Gracias por ser y estar. Un abrazo que abrigue.

  2. Una de las cosas más valientes que has dicho, y que yo defiendo tanto como defiendes tú, es el hecho de que tanto tú como yo sabemos que si mañana el mundo entero se da cuenta de que estamos solos, que toda esta mierda es por culpa del Big Bang y que no hay tal cosa como un Dios, por lo menos tú y yo no seremos parte de los millones que van a estar llorando, a plena vista o a escondidas.

  3. De nada, después de todo, este es el escrito que siempre quise que alguien escribiera que no fuera yo. Un beso, Elijah Snow

  4. ¡Alma! No puedo creer cómo encontré esta página, fue algo complicado… ¡Qué sorpresa y qué bueno haberte encontrado aquí! No sabes cuánto extraño escuchar tus amoríos por la literatura mientras esperábamos a Juarbe… ¡Sigue escribiendo, quiero leer más! ¡Éxito!

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