Llanto en El Boricua

Que el día del Grito de Lares estuviéramos en El Boricua era un cliché. Ni me había pasado por la mente ese detalle cuando mi amiga me invitó a darme unos tragos con ella, su papá, y su abuelo, antiguo dueño de ese falso bastión bebedor del independentismo puertorriqueño. No por sentirse boricuas es que los independentistas inundaban el chinchorro los jueves y los viernes por la noche, sino porque la bebida era barata.

Ese viernes sobraba local para tan poco parroquiano. “Adió, cará, y dónde está la gente aquí”, dijo mi amiga. La cosa era tal que hasta conseguimos parking VIP: un milagro. Parece que la noticia se sabía y nosotras éramos las únicas que no estábamos enteradas. La gente murmuraba, miraba a la distancia y se quedaba como lela. Las conversaciones animadas que traen la nota alcohólica se iban apagando y daban paso a un sorber lento de cerveza local. Casi como cuando se fuma. Siempre he pensado que todo fumador debe ser también filósofo, porque para fumar es necesario verse estoico, evocar problemas mayúsculos irresolubles, tal vez hasta existenciales, y mirar desvanecerse el humo de la misma manera que lo hacían las conversaciones de estos bebedores. No pude soportar el ambiente y me fui a mear. No había fila para el baño, eso me sorprendió. Pero me sorprendió más que hubiera papel.

Cuando regresé mi amiga y su papá ya se confundían en la escena de personajes meditabundos. No sé qué miraban en ese piso emplegostado. Meneaban la cabeza y casi podría jurar que ni se dieron cuenta de que había regresado. No me quedó más remedio que esperar a que salieran del trance, que duró casi un minuto de silencio. Ahora que lo pienso, no sé tampoco si fue a propósito. Lo que sé es que fue así de insoportable. Cuando por fin uno habló, el papá, se limitó a decir: “Lo mataron…”. Y yo, perdida. “Si esto hubiera ocurrido en los tiempos de papi, hubiera sido diferente”. ¿Quién? ¿De qué hablaban? Abrí los ojos enormes, con mi mejor cara de sorpresa-angustia-confusión. Debió haber dado resultado. En seguida me clavó los ojos colorados, y me dijo el nombre del muerto. No sé qué cara puse, pero traté de parecer solemne e imitar la misma cara que tenían todos. No habría aguantado mucho en silencio si no hubiera sido porque llegó ella.

La vi bajarse del carro con otros dos tipos. Uno de ellos debía ser su pareja, pero no pude precisar de inmediato cuál: así de pegados estaban los dos. Era alta y flaca como una jiribilla, pero eso no fue lo que me llamó más la atención. Fueron su pelo, y sus labios. Tenía un recorte corto como de peluca, hasta me pareció que tenía el pelo rosita. Y los labios eran enormes, demasiado para una mujer tan flaca, pintados de un rojo rígido, mate. No sé si fue el alcohol, pero se me ocurrió que los tres juntos eran una especie de Mod Squad machetero. Qué cosas piensa uno, ¿no? Los seguí mirando sin recato. Caminaron hacia la ventanita expreso. La mujer sacó cuatro pesos. Discutió un poco con la bartender y con los tipos. Comenzó a llorar. Los dos tipos la agarraban para que no se desplomara. Pataleaba. Por fin lo hizo, desconsolada, en una silla verde de plástico al lado de la mía. ¿Se habría enterado del muerto ahora ella también? Blandía los cuatro pesos, se los estrujaba en la cara y balbuceaba. Supe que esos cuatro pesos hubieran sido cuatro bebidas (¿por qué cuatro, si sólo habían tres personas?), a no ser porque el día del Grito de Lares, el día del muerto, a las 9:23 de la noche, no quedaban más Medallas en El Boricua.

4 pensamientos sobre “Llanto en El Boricua”

  1. El viernes se commemoró el no sé cuántos aniversario del Grito de Lares en la Isla. Nuestra primera gran jornada independentista, que como todas, fue fallida. Luego nos enteramos que nuestra chispa encendió la de Cuba y aquella, cuando la invasión de ambas islas en 1898, fue sólo ella vista “digna” para lograr su independencia. Pero harto sabemos que esa no es la primera bofetada que nos han dado a nuestra dignidad como pueblo. Pareciera que siempre andamos aparentándonos muy religiosos por aquello de ofrecer siempre la otra mejilla. Vaya calvario nos ha tocado; pasarnos de tipos tranquilos y recibir insultos como si se tratara de algún ejercicio de gimnasia. Pero con la historia mejor no meterse mucho; es repetitiva y para colmo cruel. Hoy sábado las noticias nos lo comprueban. Nuevamente los Estados Unidos nos han puesto el dedo en la llaga y, desde lejos, sabemos que arde algo más que Troya en nuestras cabezas. El asesinato de Filiberto Ojeda Ríos, después de quince años en el clandestinaje, a manos del FBI nos echa en cara nuestra condición de vieja colonia. Acá hemos tenido que conformarnos con pertenecer a una isla confundida en nombre, sin historia, desconocida, inexistente y abandonada por Latinoamérica; utilizada, transformada y humillada por los Estados Unidos. Pareciera que el destino de Puerto Rico sea siempre el de la imaginada. Algo es para el mundo, aunque sea la nada, pero al mismo tiempo no lo es por ser la indeterminada, la nunca acabada. Es casi como pensar que se vive más sosegado, como escuché una vez, que luego del trabajo nos sentamos frente a una playa o que en murmullos soslaye inmediatamente nuestra patética situación colonial. ¿Qué es entonces la isla? Pregunta difícil. Y no creo que pueda reflexionarla como se construye un pastel, pero trataré. Humildemente creo que la isla se asemeja mucho a un sol muy mañanero que sobrepasa la ventana del baño. Se registra para todos; no hay que mirar a oriente u occidente, ni norte ni sur. Lo colma todo. Sería un error grave llamarla colorida, porque dicho sol se asienta tan descomunalmente que pinta todo de blanco. La gente corre despavorida durante el día; la modernidad nos inyectó de una vacuna contra la modorra; y se esconde en la sombra a sabiendas que no hay escape de la historia. Su violencia es tal, que habría de considerársenos los más acérrimos asesinos del planeta, no por la crueldad, sino por el sinsentido y por la rapidez de aceptar la fragilidad de la existencia. Existe un estado completo, por consiguiente, de resistencia: resistencia a los políticos, a las ideas, a dejar de existir matándonos de la risa como dijo Luis Rafael Sánchez, incluso cuando los otros son los que nos acedían, nos capturan el alma y nos matan, no precisamente de la risa, sino borrándonos. A veces también Puerto Rico es ciertos sabores, olores, colores y sonidos, pero posiblemente pienso en el hipopótamo en que se convirtió la cocina de mi madre así que no confundamos la nostalgia con lo presente. En el fondo sé que objetivizar la patria es casi tan imposible como esperar que el mundo para una pera. Pero no hablo de panfletos ni ensayos virulentos sobre el ser nacional. Ya es sabido que Puerto Rico es uno de los pocos lugares donde aún los nacionalismos nacen silvestres aunque luego el azar y el ocio existencial terminen marchitándonos los sentidos. Reconozco que la isla también es su gente, ese acento que gustaba tanto a la Mistral, pero no los conozco; sé que alguna parte la llamo hogar y otra transita junto a mí sin reconocernos. Casi tanto como la reacción de los vecinos de Filiberto, quienes se preguntaban si ese “Don Luis” que gustaba tanto de sembrar era el asesinado. Por que quizá ese Don Luis se confundía con la propia nostalgia del campo de antaño, se acercaba a la figura del anciano jíbaro, enjuto y hermético y se construía con ello un mito tan gigantesco como el de Lares y sus seiscientos campesinos desarmados tomándose la patria a puros cojones. Casi tanto como imaginarnos a nosotros mismos y ver la cenicienta despertada a pedradas con su vestidura desgarradora y con unas infinitas ganas de mandarlo todo a la mierda y lanzarse a la calle, por la muerte del amigo desconocido. En este aniversario de no sé cuantos años Lares muere, renace y vive eternamente como el ave fénix, y como Filiberto, resiste, a pesar de todo, incluyendo balas, ellos y él, y nosotros, ni modo, las mismas bofetadas.

    Santiago de Chile

  2. Bienvenida y gracias por comentar.Sí, sí, ciertamente la distancia de la Isla hace cosas en nosotros, como dices, la posibilidad de que confundamos “la nostalgia con lo presente”. En verdad no estoy de acuerdo con que la historia sea repetitiva. Eso implicaría un montón de consideraciones acerca de la Fortuna o tal vez de los propósitos de un dios/Dios que no estoy dispuesta a asumir. Pensar que la historia se repite es nuestra forma de explicarnos las cosas, de sosegarnos cuando la cosa va mal, porque nunca pensamos que la historia se repite ante eventos positivos, dígase, “qué felicidad, mi hija se casa, la historia se repite” o “muy bien, ha subido el precio de la moneda nacional, la histroria se repite”. Esa oración simpre se dice con coraje o resignación.Otra cosa: la resistencia. No me parece que la resistencia en la Isla dé para tanto. Estamos embebidos en nuestro mundo de letras que da para confabular, imaginar finales y pricipios, hasta nuevos ciclos de vida, dá para la disputa tecleada y para liberarnos, pero no para hacer que un país resista y hasta desista de dejarse usar. Nosotros, que resistimos, sólo podemos hacer esto, lo que quiera que sea, porque tenemos tiempo… tiempo, y lo hemos tenido, tiempo de ocio, para formarnos, para pensar.

  3. Raquel… es imposible que la historia se repita porque nada es igual, es imposible que una cosa nazca de otra y sea una fiel copia. Como mucho podría ser eso mismo, una copia y nada más. Pero los hechos sí se parecen. Hoy estoy metida en la revolución mexicana. Es para una clase, pero tu sabes (por el tiempo que compartimos entrando y saliendo entre las ideas caribeñas) que todo esto de América Latina y el Caribe simplemente me agarra y no me suelta. Es increíble como el Mexico de Porfirio Díaz y los años que le continuaron me hizo pensar tanto en algunas cosas que ocurren aquí. Pero, desgraciadamente, tengo que estar de acuerdo contigo. Todavía no sé si damos para tanto. En mi trabajo comparto con mucha de esa gente que vive para el WIC y que tienen un hijo al año para que le aumenten los cupones. De nuevo, es una desgracia que no sepan que tienen otras posibilidades. Algunos ven que se les abre un mundo cuando se les presentan, otros, deciden por el camino más facil – ese mismo que, a veces, pienso es la raiz de tantos de nuestros males. No sé si la cita que te voy a decir es correcta, pues se la escuché a San Miguel en una clase, pero no la he conseguido, aún así me atrevo a repetirla simplemente porque a mi me hace mucho sentido. Decía San Miguel que García Márquez, refiriéndose a nuestra isla, comentó: todo lo ficticio ocurre en Puerto Rico. Eso es mucho decir de la mente que creo Macondo.

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