Lesotho

Lesotho, de esta parte, empieza a 2,865 metros de altura. Por encima de toda posibilidad de árboles, más allá de la bruma, en la bandeja misma de la lluvia, la nieve y el granizo. Un país servido en el cielo. Al cabo de ocho kilómetros de subida casi vertical por una ladera desquiciada que le quebraba el mundo. Donde el aire es de escarcha y la gente, de lana.

Aunque es la realidad que Lesotho siempre se escarpó también montaña abajo. Por esa misma ranura sideral que apenas nos dejó pasar. Siempre liqueó su deshielo por la carretera despeñada que lo reconectaba al mundo, una ruta de comercio desde hace siglos. Pero lo que se hilvana allá arriba pertenece, de todos modos, a otro tiempo. Nada que ver con historia, sino con la notable raleza del tiempo, que escaseaba con la atmósfera disuelta de esas alturas inusitadas. Cosas que sólo se intuyen al ascender allá, donde el mundo parece comenzar de nuevo.

Allí la vida es itinerante, al paso de caravanas de ovejas que trasquilan el pasto para apretar la lana que enrolla a los pastores. Los caminos son de polvo revolcado y lejano que se pierde, al fondo, en un mar de montañas que remontan el horizonte, donde se supone que desboquen, finalmente, en alguna otra parte del país. Una yerba de crin plateada eriza la tierra a su límite, a pocas pulgadas del suelo, abanderando el deseo puntiagudo de perfilar los olores profundos de este lugar. Los corrales neolíticos de ovejas apertrechaban de fuerza mítica a las a casas de piedra de techo vagabundo. Pero el corazón del lugar lo encontramos, sin embargo, en un vagón blanco, a ras del viento.

Allí se cosechaba la lana a pelotones. Hombres jóvenes, adolescentes, alineados con las paredes, y una oveja entre los brazos. Mascaban tijeras cangrejas, macizas y rotundas que mordían la lana suculenta a tiempo dictado por patadas de carnero. Al ritmo errático de pezuñas agudas en el piso volátil de tabla. Mientras, la lana bullía en compartimientos desbordados a mano derecha, que atrás se comprimían en bloques de saco listos para expulsarse. Entramos y subió el pulso de la producción y el brillo de las caras sotho. Se amasaba la presión lanera, el deseo de arroparse, la cercanía encabritada de un mundo distante. Pedí una foto de los anales de este mundo y el más anciano de todos depositó sus manos patriarcales sobre el papel vivo de los registros de entradas, recolectas y salidas de ese órgano de tablas, madera y zinc en el medio de la llanura sin excusas.

Salimos con una última oveja trasquilada y trémula. Enrollamos lo que nos quedaba de paisaje. Enhebramos, de camino, los rebaños que todavía se nos cruzaron. Amasamos una frisa de memorias erizadas, para estirarla hasta la frontera. Yo todavía sigo deshilándola, camino abajo, pasado el puesto de cambio que ha décadas dejó de existir bajo el peso de los camiones, y hasta donde estoy. Me traje dos pedacitos de lana pisoteada. Porque me quería arropar.

3 pensamientos sobre “Lesotho”

  1. Escribo de parte de la revista EP Turismo&Viajes, revista del Perú, especializada en destinos y viajes en Latinoamérica y en el mundo.
    Quisiéramos solicitar la licencia de uso de las fotos expuestas en su página web.
    Esperamos poder contar con su autorización. Vale mencionar que los créditos y la mención de coertesía de parte de ustedes esta de más contemplada.
    Muchas gracias.
    Atentamente,

    Eduardo Amat y León V
    Área de fotografía
    Grupo Editorial Comunica2

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