Leopardo

kerstmis

Nos abrumó con su pelaje de sueño de camino y sol moteado. Escurrió su lomo peludo en nuestras sábanas y con un resoplido mudo salpicó la bruma con motas negras que nos taparon los oídos al reloj.

Se supo que sonó, pero no lo escuchamos. Despertamos con sólo un cuarto de hora de ventaja. Con sobresalto antílope nos desbandamos lejos de la luz, la cocina y el escarceo de los cazos de aluminio, con frisas en las manos para hacernos nido, donde nos amarrara el suelo. Tomamos el camino de atrás por la hojarasca que nos llevaba hasta la montaña, hasta convencernos de que dábamos vuelta en el mismo lugar y que la plata de la noche se nos descontaba en vano.

Cambiamos rumbo sin celajes, dejando la gente y buscando el frío. Esta vez, hacia el camino desolado en la piel negra de la noche que pandeaba el universo de norte a sur. La luz, fugaz, era la sangre de luna que enyodaba los capilares ramados del árbol solitario en el camino, los capilares que bombeaban su sombra negra contra el tejido de la noche.

El suelo todavía no tenía cara cuando su sombra nos visitó al borde de la carretera. Allí donde debía estar, deslindando con su aliento esta tierra desparramada. Nos apretó llegando, nos soltó al pasar. Abrió los incandescentes ojos felinos entre casa y casa cuando me escuché llamar: mi madre, mi padre, mi abuela y mis hermanos, todos a una, rayando la piel moteada del tiempo, deseándome esa noche un feliz año. Allí, yo, envuelta en el cuero palpitante de una noche lejana, oscura y cimarrona.

Un pensamiento sobre “Leopardo”

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