La oveja Linda y el zigzag de mi abuela

A fin de cuentas, ya me fui de Santurce. Mañana me voy, aunque no creo que termine de hacer maletas nunca. En estos días he descubierto cuán quincaya(sic) soy. Por razones antinaturales, que puedo atribuirle a que nací con forceps pesando 10 lb en parto natural y llevando a mi madre al borde de la muerte por hemorragias y anemia, tenía todas mis pertenencias regadas en tres sitios distintos. Para colmo, me dio por empacar en el sitio en el que sólo tenía las maletas: la casi de papi y mami, of course. Ellos decidieron hacerme una comidita familiar. Cuando uno se va a cualquier sitio por más de dos meses, la gente que te quiere te hace comiditas. Entonces, descubro que mis parientes no tradicionales son los que son. Una de las mascotas de mis padres es una perra sata llamada Linda, que llegó después de Georges. No sabemos cómo, el huracán la dejó en la marquesina y nunca más se fue. Mi abuela de 88 años toca la armónica, no por ninguna vocación específica, sino porque se crió en Ciales en el barrio Frontón entre 12 hermanos y todos tocaban un instrumento. Al ella ser la novena, casi no quedaban instrumentos para escoger, así que a tocar armónica. Cuando se emborrachan, mis parientes afincan a como de lugar, y mi abuela saca la armónica mientras los demás hacen lo suyo. No especifico qué instrumento tocan los demás, porque a fin de cuentas lo gracioso pasa cuando mi abuela toca una de sus 6 armónicas (porque sepan que todas suenan distintas). Linda, la perra, aúlla al ritmo de la melodía que toca mi abuela. Mi tía comenta que debemos grabarla y enviarlo a algo así como America’s Funniest Home Videos para ganarnos $10,000. Mi amigo dice convencido que la disfracemos de algo, y yo pienso que de oveja (no sé por qué de oveja, debió ser el vino). Linda seguía aullando. Mi abuela interpreta una ranchera y mis tíos cantan. Mi papá diserta sobre temas geriátricos con acento español. Hace calor en esta casa, aunque estemos en el patio. Mi mamá nos dice, con el vino derramándosele de la copa, que miremos las estrellas, y yo le recuerdo el email de Marte del tamaño de la Luna. Ella se silencia a sí misma por el pasme, y yo me siento mal por haber hecho pública mi concepción naive de su personalidad en un foro cibernético. Mi abuela padece de una condición macular que la está dejando ciega. No puede coser ni leer, que son las cosas que más la distraían a su edad, pues por la artritis tampoco puede caminar. Le digo que me explique cómo lee, y me dice que, si por ejemplo dice armónica, ella lee las letras en zigzag, por lo que en una página lo que ve es una mogolla de letras. Entonces yo le escribo una frase en zigzag en una hoja de papel para ver si la lee en línea. Ella me pregunta qué es eso, y se ríe. Yo le había escrito: Linda es una oveja, pásalo.

3 pensamientos sobre “La oveja Linda y el zigzag de mi abuela”

  1. corrida a la casa

    Mara es mi pastor, nada me faltará, así leía el grafitti, el grafitero, la pared y la pintura multicolora del esprei de mi amuleto, que siempre, cuando pudo, anduvo cortándonos los pasos, chocando las caderas o las manos si la acera era muy delicada (debió haber puesto angosta, fina, chica, esas cosas), enrendando las marantas cuando le fue posible, lanzando la madrugada en pelotas de color para hacernos, frente a nuestros ojos, la mañana, como siempre.

    La alerta roja me indica que regreso al sedentarismo.

    Mi corazón se hace una pasita (frase de Marcos Pérez), para que no pases hambre por allá. Y si te da mucho frío, tipa, oblígate a recordar los abrazos y los abrazos, los lunares de alguien en específico, o el día que se te quedó el carro sin aire y no había ni una mísera hebilla, ni un desgraciado lápiz con que reubicar los rizos en la cabellera.

    Me rindo ante mi incapacidad de escribir algo decente y que implique toda la carga que conlleva tu despedida. Te llamo. Me contestas mientras terminas de preparar las maletas. Hace un día hermoso. Ninguna lo dice. Porque esta esperando guardar la imagen en un lugar donde pueda saborearla con calma y en detalle. Te extrañaré, Pidoki Saint-Point- me dices que escriba, para luego soltar una carcajada ambas, que convertimos en una. Una carcajada yo me guardo de ti, Maraquita, y la tristeza de tus historias de horror, y la seda de las conversaciones sobre literatura, rock, alcohol con drogas, la maternidad, los árboles, el humo, la sangre y los papeles. (esta sucesión es para que suene poético, estamos). Tus poemas que nunca terminas o que editas demasiado y la tarde aquella en la playa con el amigo. Eso lo digo nada más para que te acuerdes de mi pantalón.

    Voy a decirte adiós como la costeñita que soy:
    Plushhhh, plush (esto es marejada y quiere decir te espero)

    un besotrón,
    Y. Ivette

  2. Encantadora pieza literaria, y claro, ayudada sobretodo por la nostalgia de tu inminente partida. Ya debes estar por allá, maldiciendo gringos y frío, y extrañando, por supusto, a tu abuelita y su armónica. De niña tocaba flauta y mi perro se sentaba a mi lado para aullar, igual que Linda. Las anécdotas familiares (así como las comiditas) suelen repetirse. Ya que te comerás un cable (igual que yo en Atlanta, bueno tú más porque ese lugar es como un campo gigante)ponte a estudiar, y vuélvete más inteligente de lo que ya eres. No te cortes el pelo ni pal carajo, y sé feliz. Un besito volador,
    Margarita.

  3. Las abuelas siempre… Y la vida familiar gira alrededor de ellas. No sé cómo sería mi vida sin mi abuela, y no sé cómo hay gente, por más crecida, que no tienen relaciones con sus abuelos. A nuestra edad es común ya dar por sentada la partida de un abuelo, sabemos que es normal y natural y nos acostumbramos. Pero yo sufro a mi abuela en vida y no sé qué va a pasar cuando no esté. Ningún tiempo que pase con ella me parece suficiente. Aun en la distancia, disfruta a tu abuela música que es una mujer muy interesante.

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