La monstruación: venganza de hombres

La menstruación. Me acordé de ella porque la había olvidado. No la esperaba y tal despiste me costó desechar una falda blanca sexy, corta, hermosa, carísima, ahora totalmente inservible. La mancha roja se vertió presurosa sin darme tiempo a reaccionar, y la vergüenza me embargó, toda vez que en el supermercado muchos la percibieron. Ni hablar de lo que le sucedió al asiento de mi auto.

La regla es algo que detesto, daría lo que no tengo por erradicarla. Es un suero innecesario que fluye por lugares que están hechos para recibir y dar placer, no para acoger sufrimientos ni incomodidades. Apelando a los orígenes del término, menstruo es uno derivado del latín menstruums y está etimológicamente relacionado a “mensis” o mensual. Se le conoce más popularmente en países de tradición hispana con el nombre de el menstruo, el flujo, la regla, el mes, el período, la época, la costumbre, la visita, la novedad, la luna, el semáforo o como decía una amiga mía, la monstruación. También se le ha denominado de forma más poética como “el llanto de la Naturaleza sobre el óvulo no fecundado”, aunque otros opinan que es en realidad “el tributo que se paga mensualmente por la alegría de la no fecundación”.

La menstruación sucede básicamente al ser disminuidos de forma brusca los niveles hormonales sanguíneos de estrógenos y progestágenos cuando se descarta el óvulo, lo que origina una efusión endometrial por la descamación de la mucosa uterina; sería por tanto, desde el punto de vista fisiológico, una simple y llana hemorragia por depravación hormonal. Aunque esta es una explicación muy técnica, muchas culturas le han dado un valor y un origen diferente. A mí en realidad me da lo mismo, me importa un pito el valor cultural que posea.

Padezco de dismenorrea, lo mismo que dos terceras partes de la población femenina. Eso significa que dicha disfunción cervicovaginal me produce cólicos y contracciones durante los días premenstruales, y una menstruación muy pero que muy dolorosa y profusa una vez llega. A veces me sobreviene con dolores fuertes de cabeza, otras con náuseas, vómitos, diarreas, sudoración, y ni hablar de la intensa necesidad frecuente de orinar casi mil veces por día. Todo un desastre. Dolor en la parte baja del abdomen que irradia la columna inferior, los muslos, irritabilidad, nerviosismo y en contados casos depresión. En ocasiones duelen tanto los ovarios que se pincha algún nervio y dejan de funcionar las piernas, se entumecen, y para nada me alivian las compresas frías o calientes, el té, mucho menos la aspirina o el ibuprofen. Sólo hay que resignarse y dejar que pasen, en mi caso, los malditos cinco días que me dura.

Las toallas sanitarias son otra problemática. Muy grandes son incómodas, muy chicas ocasionan accidentes como los de mi falda. Los tampones tampoco ofrecen mucha colaboración, pues para empezar hay que introducirlos en esa área creada únicamente para recibir cilindros de músculos con piel, no para recibir artífices de cartón, o de plástico, y ni pensar en los llamados tampones digitales que son de horror, pues casi nunca una está anhelante de meterse el dedo hasta tan hondo sin recibir gratificación a cambio. Encima hay que cambiarse tantas veces, y ducharse mil más, y usar desodorantes vaginales que si bien contribuyen a la buena higiene, y a despedir olores riquísimos que provocan caminatas en llanos verdes con cascadas de orquídeas, pueden ocasionarte unas reacciones alérgicas de madre, que hasta te mandan de cabeza al especialista, o a la sala de emergencia a que un grupo de nuevos practicantes te estudien la popola.

Para sentir algo, un poquito de alivio, te recomienda el sabio ginecólogo, por lo menos el mío, que coloques las piernas hacia arriba. ¡Vaya, que práctico! Sobretodo cuando se trabaja en una oficina con otros treinta empleados alrededor.

Dice también mi médico que hay que evitar los dulces, las harinas y la cafeína durante esos días. Que se debe aumentar el consumo de agua, jugos, frutas y verduras y que hay que ingerir alimentos saludables especialmente aquellos que no provoquen malestar intestinal. ¡Pero que mala broma nos juega el cuerpo! Porque es precisamente en estos días menstruales cuando tiene una los cravings o antojos de bizcochitos, dulces de leche, natilla, panes con pasas, galletas de azúcar negra con canela, y como no, chocolate belga.

“Reduce el consumo de grasas, condimentos o carnes. Ejecuta actividades físicas leves como caminar o ejercicios que favorezcan la circulación. Ello disminuirá las molestias y mejorará tu estado de ánimo”, me aconsejó el galeno, como si fuera tan fácil eso de hacer aeróbicos acompañada de una ráfaga de dolores.

Al entrar en esta ocasión a la consulta de mi doctor, lo miro con cara de odio. Y se lo digo: “Doctor Vázquez, lo odio.” Él lo sabe ya, le hago lo mismo en todas mis visitas. Y es que primordialmente lo odio porque no es mujer, porque no sufre mi regla, ni mis males, ni mis dolores, ni esta maldita incomodidad.

Paternal, menciona algo de la hormona prostaglandina, que aparente y alegadamente, es la causante de mi zozobra. Sinceramente a mi no me interesa quien la causa, me interesa que me la quiten. “¿Se puede remover?”, le pregunto y me mira entre hastiado y burlón. Me hace el examen de rutina, que para variar, debido a tantos dolores, pues duele más. Añade un ultrasonido pélvico y mentalmente me acuerdo de su madre, aunque asiento de modo intelectual mientras intenta explicarme una nueva teoría para mis dolencias, aún conmigo en la burra, a mitad de sonograma, yo toda abierta de piernas.

—Una dismenorrea funcional, en la mayor parte de los casos es espástica, se presenta casi exclusivamente en los ciclos ovulatorios —dice.

Yo sólo lo veo mover los labios y decir blah, blah, blah, blah. Cuando termina su opereta le recuerdo:

—Pero yo no estoy ovulando, mi queridísimo doctorcito sabelotodo. La ovulación ya la pasé, estoy @#$% menstruando.

—A eso iba… —me dice y añade mayores grados de blah, blah, blah a su discurso. En ocasiones sube el tono de voz, como esperando un aplauso; en otras lo baja, dándole un suspenso de cierre a lo que diserta. La percusión se distorsiona por ratos y en mi cabeza lo ignoro; no lo tomo en cuenta, y como si tuviera el remote que lo controla, le bajo el volumen para dejarle de escuchar.

Me recetó Aleve, otra vez. Compresas frías y calientes, de nuevo; una dieta balanceada repitiendo lo mismo del anterior ciclo y una promesa de que cuando tenga hijos, ya no lo padeceré. Lo cual es mentira, sino pregúntenle a la mitad de la población mujeril. Cuando le recuerdo que ya he dado a luz se disculpa, mira el record y carraspea. “Ah, entonces se te quitará en la menopausia.” Claro, si no es Juan es Pedro.

La última maldición de la regla es que me hace sentir como Jennifer López. Nalgúa. Sí. De alguna extraña y misteriosa manera el flujo hemofílico logra dirigirse en afluentes por el canal de la Mona (mi cuenca internalgal localizada entre glúteo y glúteo) pasando inadvertida, y evitando adrede la toalla sanitaria, que se encuentra blanquecina, límpida, con una que otra pizca roja, pero por lo demás inmaculada. Y es entonces cuando aparece mágicamente lo que se supone sea mi nalgaje descomunal, que by the way, se burla de mí. ¡Sí! Porque ahora mis panties, el pantalón y el resto de donde me halle sentada queda desahuciado. Todo se ha ido a depositar como charco de lago triste o mangle etéreo al “nié”, que dicho sea de paso ni empieza ni termina en el cóccix, pero cualquiera diría.

Durante mis periodos menstruales es cuando más detesto a los hombres, sus descendientes y los de su especie. He llegado a la conclusión de que la menstruación es una venganza de hombres. Los especialistas que dicen tratarla no lo hacen de verdad, todo lo contrario, disfrutan con nuestras dolamas y les dan continuidad, disimulando tratarlas. Los hombres médicos perpetúan nuestro padecimiento haciéndose pasar por agentes encubiertos; de ese modo falsean un dizque tratamiento, cuando en realidad no quieren que dejemos de sufrir. Nos dejan saber con su modo de actuar cuan superiores se sienten.

Un grupo pequeño de ellos conoce el misterio para erradicar la monstruación de cuajo. Son como los Iluminatti o el Opus Dei. Realizan congresos médicos, asambleas y convenciones de salud en donde explican al resto únicamente lo que les conviene, sin dejar filtrar la verdadera información para aliviarnos los dolores. ¡Juro que voy a investigarlo!

2 pensamientos sobre “La monstruación: venganza de hombres”

  1. Tienes que leer un cuento que se llama “The life and times of Estelle Walks Above” de Sherman Alexie. Al final pasa algo como lo que te sucedió con la falda blanca. Te acompaño en los sentimientos.

  2. Usa pastillas; no volverás a saber de dolores, desbordamientos profusos, accidentes, dolores, incomodidades, dolores, y demás.

    Si no te importa lo que signifique la menstrución culturalmente, piensa en esto: gracias a ella, las mujeres tienen un momento clave en sus vidas en que dejan de ser niñas para convertirse en mujeres, y desde ese momento se espera de ellas una conducta que no equivale a la edad. No sólo cargamos con esa responsabilidad a una edad en la que ni siquiera sabemos cómo se hacen los bebés, sino que terminamos creyendo mitos como que las mujeres maduran antes que los hombres, que un tipo de 20 años es un “chamaquito” (con todo lo que implica) y otras atribuciones seudo-feministas de superioridad de género. Al final, tener, a diferencia de los hombres, un fin marcado de la infancia, es más machista que feminista.

    Aunque algunas mujeres inteligentes hayamos superado los prejuicios de la infancia, crecimos con ellos y nos persiguen. Y aunque no hagamos anuestras hijas partícipes de ellos en nuestras casas, siempre habrá algún hijo de puta en calle que se lo diga.

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