La mara de los She-Males

Antes de lanzarse a dominar el mundo luego de su transfiguración, el novato She-Male tiene que salir de la crisálida. Ello consiste en reconocer a uno no tanto como él en la multitud de sujetos no parecidos para llevárselo para su casa. Una vez allí, el She-Male procede a ofrecerle un refresco y, luego de pedir permiso, desvestirlo. Desnudo, el sujeto no parecido tiembla de miedo, síntoma directamente derivado del presentamiento a medias, con puro “fronte”, o la curiosidad. De hecho, para eso están los sujetos no parecidos en el espacio, para precisamente encontrar o hacer que se encuentren con sus abismos los She-Males.

Liberado de adolescencias superfluas y complejos de dualidad, el novato pasa a ser candidato “per se”. Sin embargo, los asesinatos comenzarán y no pararán hasta su muerte, una vez ocurrida dicha superación de umbral.

Usualmente, sacan las cuchillas cuando el contacto de la piel de las nalgas contra el “matress”, más las caricias bruscas de los hijos semibarbudos de la ingenuidad, logran que se les paren los pezones y se les lubriquen los glandes. Por allí es que les sale la viscosidad que los vuelve loquitos al tacto. Con esa sustancia gelatinosa es que engrasan las cuchillas antes de asestar golpes certeros y profundos para que la sangre caliente tenga lugares de desague (como acantilados) por donde brotar. Eso casi siempre pasa en una cama de motel barato en los que los dependientes casi siempre viven allí con su mamá.

Luego de los hechos iniciáticos, los líderes de la mara (reunida detrás de los barrotes) cuentan los tatuajes de los de nuevo ingreso. Deben tener una mariposa negra en el cuello cual gótico “bar code” y una palabra ininteligible –su clave– debajo del ombligo, para que el Master Commander los pueda nombrar. Si han chupado a un policía justo antes de matarlo en pleno clímax, los She-Males se aseguran múltiple ración y la boca tibia (ahora con sangrita vampirezca entre los colmillos) del Master Comander una vez al mes.

Las computadoras de la prisión están disponibles dos horas al día para los She-Males “enmarañados”, porque también los hay rebeldes. Normalmente, esos últimos renegados del poder de la mara llevan un “piercing” y una banda de cuero en el escroto, como quien dice, para que se les note que ahorita se negaron públicamente a matar. Los rebeldes no tienen derecho al voto en las decisiones internas extraordinarias de los She-Males apuntados en el róster de la mara, pero sí ejercen un enorme grado de presión en términos del contrabando de las pastillas y el acceso a la Internet.

Los oficiales correccionales lo han tratado todo en contra de la privacidad, pero los She-Males de la logia siempre consiguen realizar sus ceremonias maquillándose como mamarrachos sin temblequeras al amanecer. Cuando el poquito de sol que se refleja en la atmósfera luego de la contaminación del pasado periodo “choigron” imperial sale por el Este, las criaturas tatuadas dos veces observan la penetración de los rayos en su interior. Saludan al astro candente al unísono, inclinándose unos frente a los otros al antiguo modo musulmán; pero siempre pendientes a lo que pueda tramar contra ellos el resto de la colonia penitenciaria.

Lo más importante es el discurso que se ha creado alrededor de la subcultura She-Male en los edificios públicos y en los campamentos de verano gracias a las imprentas de “flyers” y los papelitos grapados en los postes de la luz. El sujeto “varonvarona” vive de lo que se dice de él acomodándose las bragas para que no se le escape un piropo contra un guardia penal, un comunero de luchas o una empleada de mantenimiento comprada como esclavita por ellos como si fuese un zombi a su entera disposición.

Para echarse la comida a la boca en el desayuno, después del saludo al sol, el She-Male debe gritar: “Uyyyyyyyyyyyy, cariño, sácame de aquí. Los tutsis estos estúpidos me quieren eliminar”. Cariño responde que no, y cae al suelo inconsciente. Los demás gritan al unísono, “Chula, levanta ahí. Come y deja el show”.

El resto es historia. Los elementos en cuestión intercambian consoladores antisépticos con potencial de suciedad para enajenarse de la realidad colectivamente cruel de la ganga y se infectan por delante y por detrás porque sólo hay dinero para las hormonas, el entra y sale, y mucha desesperación. No hay agujas en el poblado extramuros, me dicen mientras investigo estas sospechas sobre el grupo como agente encubierto del “terminator taskforce” anticoagulante de los CDC. Las autoridades concernidas han tratado de contener los liqueos hepáticos echando cal por el alcantarillado cada 24 horas para que no se contagie el resto de los ciudadanos, pero una onda electromagnética en forma de huevo transparente gigante impide el paso de la brigada de superhéroes no acuclillados en contra de la despiadada mara municipal.

Junto con el enigma de cómo fue posible el mal manejo de la disposición antitóxica de los pellejos postoperativos y los cadáveres apilados al pie de las puertas de los crematorios en las afueras de la ciudad ardiente, se trata de otro misterio salvatruchezco de la secta asesina de los She-Males salvajes que aún queda sin resolver.

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