La exacta medida

Recuerdos de antaño. Una discusión que se subió de tono mientras caminábamos hacia el auto. Ella abrió su lado de la puerta y vociferó algo. Yo grité un poco más alto y entré. Una vez sentadas, nos quedamos en silencio, escuchándonos las respiraciones. Miré su pecho subir y bajar por el altercado. Mis senos también hacían lo mismo y rozaban mi blusa debido a la alteración. Waleska apretaba sus hermosos labios. Labios de alabastro, de un rosado pálido que hacía la competencia a cualquier coral del Pacífico. Sus ojos brillaban en la oscuridad. Su cabello negro como las novas que nacen en los cúmulos de las galaxias, le caía sobre parte de las mejillas. Pensativa, entrecruzó los dedos de sus manos y se llevó los puños al mentón cincelado. Todo su rostro parecía haber sido esculpido por un artista del mármol.

Por años nuestra amistad se había fortalecido con secretos guardados, charlas de medianoche, cartas íntimas, compartires gloriosamente fraternales. Pero todo ese tiempo yo había estado postergando lo inevitable. Caer rendida por ella. Por su aroma, por su ardor, por la intensidad con que vivía la vida, por la pasión con que se enamoraba a diestra y siniestra.

En ese momento, en que la miré para desafiarla, para llamarle no se qué, para discutirle porque me daba rabia estar obsesionada con su pensamiento día y noche y el hecho de que me dolía irme en contra del resto del mundo por ella, quise bebérmela toda. Entera. Y le pedí: Bésame.

Ella se acercó, como si siempre hubiera sabido la exacta distancia que tendría que recorrer en el espacio de nuestra separación de rostros. Como si supiera de siempre la exacta medida. Colocó su mano sobre mi nuca. Me aprisionó con sus labios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *