La belleza del manuscrito

Silvina me miraba. Yo estaba en su pasillo y me había sentado a leer en una mesa con vista al campus. Ambas sabíamos que era una buena idea porque si me aburría de leer podía caminar entre los anaqueles y coger cualquier libro. La mera idea de que fuese cualquiera me detenía la respiración. Hasta cierto punto, me aterraba tanta disponibilidad de medios. Nunca la había tenido. Tener un libro por tiempo ilimitado, tener cantidades de libros por tiempo ilimitado podía causar síntomas estomacales como los que te dan en un ataque de pánico. Ahora que la conozco un poco mejor, sé que su mirada tenía el mismo grado de crueldad que de ternura.

Ven. Acércate y ábreme. Lee “La pista de hielo y de fuego” y vete para tu casa, después hablamos.

Así me dijo Silvina.

Eso hice yo, precisamente, como era de suponer. Me cansé de leer en la ventana. Dejé una declamación de Séneca marcada por donde iba leyéndola. Me levante del escritorio. Leí un título al azar entre los anaqueles. “Y así sucesivamente”, de Silvina Ocampo. Lo abrí con el dedo mojado en el destino. Un cuento: “La pista de hielo y de fuego”. Mientras leo, pienso que me quisiera tragar cada oración y sentirlas en mi garganta apalabrándose de nuevo. Lo devoro parada frente al anaquel. Cada línea es una sorpresa. Lo termino. Camino hacia el escritorio con Silvina entre mis manos. Recojo las cosas, bajo en el ascensor al primer piso de la biblioteca. Saco el libro a través de la máquina automática con mi tarjeta de estudiante. Me monto en la bicicleta. En dos minutos, llego a mi apartamento.

Sentada en el sofá de mi casa, pienso en el cuento. Voy hasta el cuarto y busco su libro dentro del bulto. Me leo los otros cuentos del libro. La admiro por escribir sobre el desasosiego con tanta belleza; con un tono cínico lleno de ternura; sobre temas absurdos con tanto realismo, y así sucesivamente.

Decidí que quería rendirle culto, empezar a venerarla profusamente y a toda boca. Me senté en el escritorio, esta vez el que está en mi cuarto y desde el cual les escribo, con el fin de buscar por Internet el cuento que me había cambiado la vida y hacérselo saber a mis compinches. Señores, de ahora en adelante, mi religión es Silvina, como toda una Calixta (“ Yo, melibeo soy, en Melibea creo y a Melibea amo”). Entonces, presiono el ícono del buscador de Google, y escribo el título del cuento que como les dije era: “La pista de hielo y de fuego”. El tercer link tenía el nombre de un sujeto que no conozco, pero dentro del contenido se leía claramente el título del cuento. Sin mirar el link, le doy click. La página que abre en la pantalla de mi computadora dice: “A Catalogue of the O’ Grady Southern Cone Literature Collection/ Manuscripts at the University Libraries of Notre Dame”.

Esto fue hace ya unos días. Hoy, fui a la colección a corroborar el misterio.

En la biblioteca de la universidad en la que estoy desde hace tan solo un mes, tienen el manuscrito original de Ocampo escrito en uno de sus diarios, del cuento que leí al azar, sacando el libro del anaquel azorosamente, caminando por el pasillo del cuarto piso del mismo modo, obsesionándome con él como con el olor de los amantes.

Llegué al Rare Book Collection un viernes, veinte minutos antes de que cerraran la sala, con el pulso un poco descompuesto, hablo con el bibliotecario. Me pregunta qué busco, le digo. El asiente con su cabeza. Es muy alto. No muestra ni extrañeza ni desconocimiento. Más bien como un “sí, cómo no, se lo busco en un minutito”, estilo mesero. Vuelve con los diarios en sus manos. Dos diarios y un cartapacio lleno de cartas escritas también a mano, incluyendo el manuscrito de su poema “Gotas saladas”. Que me los diera en mis manos podía ser como ponerme un pedazo de criptonita o el último trozo de pan caído del cielo, o las dos. Uno de los diarios es pequeñito, como la libreta roja que me compré hace unos días.

El otro diario es negro con páginas blancas de unas 8 x 4 pulgadas. Comienzo por el pequeño, cuya portada me hizo imaginarme a una Silvina jipitonga, porque la cubierta era estilo “tie dye”. Su letra es cursiva, algo intelegible, pero muy organizada y estéticamente agradable. Cuando abrí el diario de portada negra, me dio como una bofetada de aire y pensé que Yara se moriría al saber esto. La libreta se la había regalado Alejandra Pizarnik en el 1969 y tenía la siguiente dedicatoria: “A Silvina Ocampo desde Alejandra Pizarnik. Navidad 1969”, en magic marker verde. La letra en esa libreta es mucho más clara que en la de la portada sesentosa. La libreta es más grande. Además, en ésta, la mayoría estaba escrito a bolígrafo mientras en la otra estaba a lápiz.

En la tercera página de ese diario decía en puño y letra de Silvina Ocampo “La pista de hielo y de fuego”. Pensar que se me pueden haber adherido sus huellas a las yemas de mis dedos me eriza la piel.

A Manuel, por la belleza del género y la emoción autobiográfica.

23 de septiembre de 2005
Notre Dame

7 pensamientos sobre “La belleza del manuscrito”

  1. sabes? es una emocion muy grande el poder tener en las manos algo que este hecho por gente que una admira..no se si llegaste a conocer la obra de Frank Lloyd Wright en tu clase de teoria y el tan mencionado Klumb, padre del modernismo en la arquitectura en Puerto Rico..la cosa es que Klumb fue alumno de Wright y cuando trabaje en la exhibicion del MAPR, me toco saborearme todas las cartas, su portafolio, dibujos…asi que comparto tu emocion por esa magia recien encontrada
    sin acentos, jo

  2. queridísima Mara: gracias por el reuento del magic marker verde. Como nuestra agente en Notre Dame ya la propia Silvina ha marcado tema de tesis y trabajo editorial, si es que la familia lo autoriza. Un diario y par de cartas parece tan futil, tan nimio, que ya sería un gesto bárbaro que trabajar sobre esas nimiedades te merezcan un grado de doctora. doctora en qué? pues doctora en la reconstrucción inútil de una obsesión literaria. luego otra, que es la de Lima, intervenida por las concresiones brasileñas… decitions, decitions…

  3. como, a pesar de ser un estudiante de literatura como tú, no entiendo ese fetichismo literario con los autores, voy a atribuit todo tu pasión por el aura del texto manuscrito (pensemos en Walter Benjamin) a que estás reencontrando tus íntimas pasiones lésbicas allá en el bosque. (Aparentemente lo mismo le está pasando a Margarita) Dionisio las visita, lo aplaudo. Todas se me están volviendo lesbianas y me encanta. Yo a veces quisiera ser un lesbiana. ¿A ustedes les pasa lo mismo? ….

  4. Oye yo también soy fanático de Benjamin. Hip Hip Urra. No tengo ningún problema con lo que escribiste. Todo lo contrario me encantó. Tampoco estoy criticando “lo pasional” en ti, eso era en lo de Filiberto, donde quería joder un poco. Contigo tan sólo he preferido hacerme la paja lésbica en vez de la literaria, porque el arte al fin y al cabo no me eriza los pelos más que dos mujeres como la de la foto. Qué vivan los fetichismos.
    un abrazo compañera

  5. ¡Ayyyyy, las pasiones literarias! Me encanta Silvina, me une a ella un hombre argentino gran mentor y amigo. Coincidencia bastante bizarra, por cierto. ¿Estaremos todos locos? ¡En fin, que viva!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *