Khayelitsha II

Fue extenuante esa llamada. Veinte despiadados minutos de repeticiones y malentendidos para enterarme que había una gran confusión que tenía que ver conmigo, para saber que él quería que fuese a comer a su casa el domingo próximo (“domingo, no sábado, domingo, el día después del sábado,” hubo que confirmar) y que vivía en Site C, después del “robot”, a la derecha. Ya lo conocía un poco y podía llevar amigos, así que le dije que sí.

En el carro con Rachel y Dave me entero que el robot es el semáforo y con algunas llamadas en el camino llegamos a su casa. Yozi nos dice que la casa se la dejó un primo y que es una de las mejores. La diferencia es notable. La casa de Yozi está bien compuesta, tiene varios cuartos y está sobre una loma que deja ver la falda de casas plisadas alrededor. El cartón de caja que empapela el techo está impecablemente remachado. Por dentro y por fuera, la casa está perfectamente pintada. Pero eso no es tan distinto a las demás. Tiene cocina y nevera, una sala y un cuarto. Tiene hasta portón. Yozi es un muchacho serio, noble, de frente ancha y del Eastern Cape. Se levantó a las cinco de la mañana para hacernos la comida.

Hay muchas cosas sobre Yozi que no puedo explicar. Hay muchas que no entiendo, pero las que quiero decir son otras, las que me hacen sentir la urgencia vehemente de protegerlas de las palabras. Criaturas demasiado inarticuladas para apalabrar sin lastimar. Yozi nos informa profusamente, nos dice todo lo que queremos saber, sobre su vida, su trabajo, su casa, y nos narra su historia, repartida en sus paredes entre cuadros, afiches y amuletos surtidos, marcadores materiales de algún cambio interno trascendental. Me recuerda mi propio coleccionismo estratégico, pero con mucho más propósito. Él nos lo explica todo. Le preguntamos sobre la vida en Khayelitsha y él accede a contestar. Después nos dice que no quiere hablar de eso, que cuando habla de eso siente el dolor de lo que cuenta. Por eso cuando le preguntamos sobre la mesita de la esquina, un altar con piedritas brillantes, fotos, conchas, libros en pie y una ramita en agua azul, y calló, dejamos de preguntar.

Las palabras se nos escurrieron entonces al almuerzo que nos esperaba, expuesto, en la cocina. Toda la cocina llena de servicios para escoger. Comida para una semana entera. Miramos afuera al arrabal deshilado que nos envolvía, a la cocina sin agua corriente. Me pregunto cuánto habrá pospuesto Yozi por hacernos esta comida. Pero la pregunta se diluyó antes de formularse, licuada en el vuelo de un bocado tan tierno que se me hizo dolor al despedirse en dirección al pecho. Dejé el sabor retumbar por toda la casa y vibrar con los afiches y amuletos. Su eco rodó por el piso hasta esconderse con un “tin” metálico bajo la mesita en la sala, entre la butaca y el mueble del televisor.

Aprendí en Khayelitsha que a veces hay que colgar silencios sin gesto ni palabra. Como las ropas recién lavadas que reguindan el interminable frente de las casitas de cartón y zinc. Ropas inmaculadas de colores brillantes, perfectos.

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