II. Summer in the city

Summer in the city means
Cleavage cleavage cleavage
And I start to miss you, baby, sometimes
I’ve been staying up and drinking in late night
establishments
Telling strangers personal things.

“Summer in the city”, del álbum begin to hope de Regina Spektor

Acabo de encontrar mi canción de verano. Regina está sola en la ciudad. El tiempo se estira como un gato. Siete vidas más. Se acuesta como yo, sobre la huella mojada de las botellas que se vacían en todas esas bocas nuevas que quisiera besar. Estoy sola, como Regina. Es verano. He ido a tantos bares que ya no me dejan ni pagar.

Estoy en Twain’s Bar, ubicado en una de las zonas más trendy de la ciudad: Downtown Decatur. Sentí de pronto esa urgencia de mirar y ser mirados, de probar suerte entre extraños. Me siento, recuesto mi cuerpo que se escapa por el escote acelerando la gestión del bartender. Hace un año éste era un bar pequeño y acogedor. Ahora lo ampliaron, tiene más mesas de billar, más televisores, más meseros, más chicas lindas, más chicas feas, más chicos guapos, más comida. Sin embargo, debo reconocer que el lugar no ha perdido su encanto. La gente se conoce, los sofás permiten cierto relajamiento, los cuerpos se ablandan y se funden, se oyen las risas de las chicas cuando caen sentadas sobre los muslos de los chicos, o de otras chicas. Las mesas están colocadas de manera tal que el que llega goza de una vista panorámica que le es retribuida, inevitablemente, por todos los demás. Todos parecemos amigos, aunque yo sigo siendo un pájaro raro por haber venido sola. Estar sola en una barra despierta curiosidad, un poco de miedo y mucho desprecio. Las chicas que van con sus novios te ven y te sonríen, pero luego de darse cuenta de que no estás esperando a alguien, de que tu novio no ha regresado del baño y no va a regresar porque quizá no existe (al menos no en este bar, no hoy) o de que tus amigas no van a venir, la sonrisa desaparece. Los chicos por su parte te miran de vez en cuando sin que las novias los vean y te hacen sentir como una puta, y los otros, los demás, andan en sus cofradías y no quieren pasar el trabajo de descifrarte. “Por algo está sola”, pensarán. Al fin y al cabo, todos creen que estás saliendo con el bartender. Sólo él me habla. Es lindo, pero no me gusta su pelo rosado.

Se oye un piano a lo lejos. Me dan ganas de fumar eso que él me dejó. Lo extraño porque está lejos y no me ha llamado en diez días, y creo que conoció a alguien, y que no me quiere más, y que ya no va a regresar. Un respiro más y podría atrapar su voz de papel. ¿Se puede fumar aquí? Son las tres de la mañana, ya nadie puede juzgar.

Ha llegado un tipo lindo y se ha sentado junto a mí. Siempre puede llegar un tipo lindo que se siente junto a ti, por eso insisto en salir. Tiene el brazo cubierto de tatuajes, y de músculos. Parece que hubiera comprado un brazo de plástico en alguna tienda. Tanta perfección me hace dudar. Tengo una relación ambigua con los tatuajes. Me los quiero comer y los quiero vomitar, quiero pegarlos y arrancarlos, protegerlos, prohibirlos… Quizá sea por el jevo aquél que conocí hace un par de veranos, en aquel país en donde el sol nunca se ponía. Me encantaba sentir sus tatuajes en mi boca, como si así poseyera algo más que su cuerpo. Yo creía que algo lo trascendía. Era la voz agrietada de aquello a lo que en mejores tiempos llamamos experiencia. Pienso en Benjamin llevándose un revólver a la cabeza. Mis ojos se detienen otra vez en el brazo del chico a mi lado. Un nombre en otro idioma, en otro alfabeto, quizá hebreo. ¿Qué fleco de la memoria será ése en el que se dibuja una pequeña pirámide, de la que sale un ojo? ¿Qué recuerdos se quieren postergar, qué experiencia tan efímera como el cuerpo que la recibe, merece poseer ese hermoso brazo? Cuántas voces silenciadas por una piel que no se calla.

El chico aquél estaba junto a mí, pero yo estaba lejos. Yo estaba en el país del sol, algunos veranos atrás, delante de mi único amante tatuado. Lo puedo ver, con toda la idiotez del mundo metida en su sonrisa y con un par de historias en su pecho que lo salvan de un oscuro abismo. Yo me daba cuenta de lo tonta que era por amarlo así, a él o a sus tatuajes. Y justo cuando estaba apunto de decirle ¡márchate!, sus brazos mordidos por la tinta me rodeaban. Y yo me sentía amada por las líneas negras, su círculo azul, los mosaicos árabes que él decía entender, el hombrecito pintado sobre su pecho.

Hace unas semanas lo volví a ver. Han pasado varios veranos. Nos abrazamos y me mostró sus dos nuevos tatuajes. Uno en el antebrazo, y otro, gigantesco, en la espalda. Entonces lo miré a los ojos y corroboré un viejo presentimiento: no habían sido los tatuajes. Fueron sus ojos que cambiaban de color dependiendo de la luz, verdes cada mañana, marrón claro por las tardes. Nunca verdes del todo, nunca marrones. Fueron sus brazos, y su voz, y la forma en que su cuerpo se hacía cargo magistralmente de cada una de mis formas. Y yo que pensaba que fueron sus tatuajes, que era la tinta la que decía mi nombre cuando era él quien me llamaba, él, que se me había metido tan adentro. En un país lejano. En verano. Después de todo, era yo la tatuada.

Regina está como yo, en algún bar, en alguna ciudad, tanteando con su voz el tamaño de la soledad. Diciendo que escucha voces, y palabras, y canciones en su cabeza que le rompen el corazón, y cuando termina esa palabra repite la última vocal varias veces, salta de nota en nota, it breakes my heart …a-a-ay-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a… and it breakes my heart… a-a-ay-a-a-a-a-a-a-a. Y yo estoy aquí en Twain’s, sola, pensando en Regina que está sola pero al menos puede cantar, y amarrarse a la música como a un tatuaje.

El humo dibuja círculos sobre mi nariz. Así se van acumulando mis noches de verano. Sigue siendo de noche, tan de noche. No, él no ha llamado. Han pasado dos siglos desde que llegué a este bar y sigo aquí. Tan intacta. Tan joven y tan llena de agujeros. El aire no se espesa, todo fluye, todo traspasa este cuerpo hecho de verano.

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