I. Sin mar

Son las nueve de la noche. El cielo transpira las horas del día, sombras de colores colgados desde el alba. Se acaba mayo. Caminar por estas calles es como atravesar un mar que se muere de sed. La ropa se ciñe tanto a la piel que a veces, creo, ando desnuda. Piel sobre piel. Aire sobre piel. Sudor, bocas, dedos. La humedad palpita en cada árbol, en la brea que respira, en la frente de Eric, en mi mano que va coleccionando cada una de sus gotas.

Me acoplo a este tiempo muerto. Al sonido del agua cuando se rompe porque algún cuerpo en llamas ha caído sobre él.

Demasiado verano para una ciudad sin mar. Demasiado cielo. Tanto que ya no cabe allá afuera y se me mete en la casa.

Creo que estoy a punto de narrar este lugar del que nunca hablo, por vivirlo tanto. Un verano en Atlanta.

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