Primero de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.
La imagen más pesada que me viene a la mente ahora es el tramo de la calle Cerra, en el barrio de Santurce, a la altura de la parada 15, que comienza en el liquor store El Grillón y termina con el Centro de Diagnóstico y Tratamiento Hoare, el cuartel de la Policía y el Parque Central.
La busco para tratar de entender –contradiciéndolo– a Italo Calvino, que murió hace exactamente veinte años sin haber culminado sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, una serie de conferencias dictadas en la Universidad Harvard sobre los valores literarios que debíamos arrastrar los escritores hacia el siglo XXI. Los seis parámetros que se supone hayamos heredado como generación.
Lo que trato de entender es por qué el primer valor salvable en el proceso de relevo generacional, para Calvino, es la levedad. Para mí, precisamente todo lo contrario es lo importante: mientras más pesado el discurso y más barroco, mejor. La arrogancia de la escritura olímpica, en términos maratónicos, siempre me ha atraído más que el ping pong, donde una pequeña bolita blanca flota encerrada en los límites de una mesa donde se la pelean sólo dos.
Calvino dice en su curso universitario más famoso y más importante que “si quisiera escoger un símbolo propicio para asomarnos al nuevo milenio, optaría por éste; el ágil salto repentino del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo, demostrando que su gravedad contiene el secreto de la levedad, mientras que lo que muchos consideran la vitalidad de los tiempos, ruidosa, agresiva, rabiosa y atronadora, pertenece al reino de la muerte, como un cementerio de automóviles herrumbrosos”.
Quizás lo que me pasa es que alzarse sobre la pesadez de ese tramo de la calle Cerra supone una cierta mirada elitista, definitivamente outsider y posiblemente menos preciosista de lo que estoy dispuesto a aceptar. Confieso que es demasiado tentador el peso y que me encantaría seducirlos con una descripción hard core de una calle absolutamente dejada de la mano de Dios, enferma y sucia, por la que transitan a diario los negros de la barriada Figueroa que salen de sus cuevas a abastecerse de licores y cajas de cerveza para bebérselas escuchando una canción de Héctor Lavoe.
Pienso que es más efectivo como terapia de shock para avisar sobre nuestra condición tercermundista imitar el peso de un recuento de las actividades diurnas de la calle Cerra que haga énfasis en que el tramo final que nos ocupa está delimitado por grandes edificios con pintura descascarada, fantasmagóricos, que cumplen la función del almacén. De los vivos que la conforman puedo decir que, en medio de la inmundicia más asquerosa de la ciudad de San Juan, existe un Head Start Day Care Center, y todas las mañanas, cuando paso por allí en mi Toyota Eco 2005, observo a las madres despedir a sus hijos: los pequeños ciudadanos boricuas que otros van a cuidar mientras ellas van a trabajar.
Mucho más peso tiene el lechón asado a la vara que se observa unas puertas más abajo del Head Start, gracias a que el dueño de la cafetería de la esquina ha tenido la amabilidad de instalarlo en una vitrina con dos bombillas de 100 watts que a esa hora (10:00 a.m.) están alumbrando al cochinillo que van a almolzar los obreros que laboran en los almacenes más prosaicos de la vecindad.
Me resisto a entender a Calvino por mi vocación desbocada hacia el morbo politizado de la toma de conciencia de las condiciones materiales de nuestra postcolonialidad. Santurce sobrevive como cadáver maloliente, lleno de pústulas que explotan como las llagas de un tecato bajo el sol. Este es el mensaje de la escritura que me convoca: “Movilízate popular, crea consciencia, somos lumpen y si no hacemos algo que no sea yuppielandizar, lumpen invisibles nos vamos a quedar”.
Calvino se revuelca en la tumba en estos momentos gracias a mi recalcitrante ignorancia panfletaria y me recuerda que: “A la precariedad de la existencia de la tribu –sequías, enfermedades, influjos malignos– el chamán respondía anulando el peso de su cuerpo, transportándose en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde podía encontrar fuerzas para modificar la realidad [...] Este dispositivo antropológico es lo que la literatura perpetúa”.
Retomo una imagen pesadísima, todavía en negación, porque me parece más urgente la denuncia que la elevación. Quiero escribir como el chamán de Calvino, sólo para celebrar un aniversario, pero vuelvo a caer. Les cuento que el sábado en la noche fui a cenar con mi primo y su novia al restaurante japonés Wasabi, en la avenida Ashford de Condado. Celebrábamos otra efeméride: que el hombre pasó la primera reválida de medicina y que, al igual que ella, pronto dejará de ser aquel raperito surfer del municipio de Luquillo que conocí, para convertirse en doctor. Gracias a esas señales –tantas horas de biblioteca comiendo libros de fisiología y por su brújula municipal luquillense– mi primo guiaba después de la cena hasta mi casa cerca de la calle Cerra, pero no sabía llegar. A eso de las 11:00 p.m., lo dirigí por la luz del liquor store El Grillón a la derecha y caímos en el laberinto de los almacenes, la lechonera urbana y el Head Start.
Una vez allí, el hombre no pudo bregar con el desastre: la calle estaba absolutamente vacía, a oscuras, y sólo la adornaban medio centenar de bolsas negras Glad para la basura, que yacía desparramada por todas partes. A esta escena dantesca se añade la visión de cientos de cajas de madera en las aceras, enormes, donde se coloca la mercancía para que esas máquinas llamadas fingers la puedan recoger y llevarlas hasta la boca del camión. “Mira pa’ ya cómo está esto, ¿Manuel, cómo tú puedes vivir aquí?” Permanecí mudo, no tenía explicación, mucho menos después de haber tragado sashimi como un demente, con palitos y pique verde –sin el beneficio del sake–, para no tener que arrepentirme del seafood aftertaste.
¿Encontrar fuerzas para modificar ahora la realidad a través de una escritura que transmita la sensación de levedad, pide Calvino? ¿Otro nivel de percepción? Pues entonces olvido todo ese peso del detritus, y de las llagas supurantes, y del cuerito grasoso del lechón, y trato de mentalizar el shopper de Kmart que revolotea en el fondo de la calle Cerra, que no puede salir de allí ni acompañarme en tránsito a mi “normalidad” cuando lo pisa el auto de mi primo justo cuando se dispone a salir despavorido de las ruinas de mi barrio querido después de fijarse detenidamente en el marcador de las millas de su futuro pequeñoburgués y apretar con todas sus fuerzas el acelerador.
Un shopper que huye también del periódico madre de donde lo sacó esta mañana un mulato sudado porque ocho horas al día está contratado como estibador.
Debo escribir el cuento del shopping volador, quizás así logro acercarme al genio de Calvino, que no era tan burdo como yo y prefería, según sus palabras, “un velo de partículas de humores y sensaciones, un polvillo de átomos, como todos los que constituye la sustancia última de la sustancia de las cosas”. Todo un reto contra la antidificultad de que me salga un estruendo totalizante, antiatómico, y que siga aportando a la mediocridad.
