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Sun Maid Raisins

Después de una larga investigación, mi amante, el sexólogo Orlandi Valuta y yo habíamos descubierto que todo este tiempo lo que comíamos no eran pasas, si no más bien clítoris. Ningún otro ejecutivo de la Organización Mundial de Sexología había logrado semejante descubrimiento. Cuando entramos a aquella fábrica se quedó perplejo y sin decir una sola palabra. Lo único que hacía era respirar el aroma entorpecedor y embriagante de aquellos clítoris. Allí estaban miles de ellos amontonados, arrugados, indefensos, sin identidad, denominados en conjunto por el genérico nombre de pasas. Se preguntaba, cómo es posible y ahora que estoy frente a ellos, qué hago, cómo encuentro el tuyo, Naomi. La tarea era díficil, pero él llegó hasta allí decidido a encontrarlo y si en ese millón de pasas estaba mi clítoris, él lo buscaría hasta recuperarlo, porque estaba obsesionado conmigo. Y aunque en su cuerpo todavía se podía respirar infinidad de aromas de mujeres, como olores de incienso, yo fui el último aroma de Zimbabue que se impregnó en su piel.

Sabía que me amaba sólo a mí, pero me fastidiaba que él coleccionara miradas, gestos, recuerdos de vino tinto mezclado con crema batida de otras mujeres. Era innevitable ver su espalda llena de cicatrices trazadas por uñas de pasiones diferentes. Además, en sus ojos de lienzo llevaba dibujadas miles de siluetas esbeltas, redondas y cuadradas. Y cuánto había bailado con sus zapatos de Fred Astaire, en pistas de cinturas y caderas hasta la saciedad. Cuántas melodías clásicas había inventado en su espalda de cuerdas. Coreografías que nunca repitió, porque él era un experto en el Kamasutra, un sexólogo a domicilio que compartía todo ese tipo de conocimiento con las mujeres solteras y casadas que lo llamaban a su número, buscando satisfacción garantizada. Todas esas maravillas en el arte del amor, él las intentó conmigo. Pero nada me satisfacía. Intentó la pornografía, pues poseía una amplia colección de películas, que guardaba en un húmedo estuche, construido especialmente para que no perdieran la viscocidad. Incluso fabricó todo tipo de fantasias, como el día que se vistió de homosexual, para que yo lo recogiera en la calle. Compró falsas pinturas de Van Gogh, Picasso, Dalí, y las pegó por todo el piso, y en todas ellas me revolcó como pinceladas neuróticas y lo único que disfrutó del momento fue el sabor a madera del whiskey de mi piel. Nada me satisfacía. Y es que Orlandi Valuta no sospechaba la horrible mutilación que yo había sufrido cuando niña, porque me había hecho un implante falso, para despistar a mis amantes. Pero ya no aguantaba más la obsesión de Orlandi Valuta por complacerme y en una de esas noches de esmero, en las que él planificaba una orgía sadomasoquista, le conté la verdad. Maldita realidad para un sexólogo tan codiciado y eficiente. Con rabia metió los dedos en mi vagina, la rebuscó y tocó el implante. Y cuando sacó su mano, se tragó mi olor como un sabueso y desde ese momento no la lavó y juró no hacerlo hasta encontrar de nuevo mi clítoris. Por eso viajamos juntos hasta Africa buscando el último aroma de Zimbabue. Buscamos en hospitales, tribus y aldeas, y entre averiguaciones clandestinas dimos con las pistas que nos llevaron a aquella fábrica de pasas. Allí era donde iban a parar las horribles mutilaciones que le hacían a millones de niñas africanas.

Cada clítoris extirpado, lo depositaban con delicadeza en frascos de cristal, que trasladaban en cajas hasta un camión que tenía impreso la firma de Sun-Maid Raisins. Podíamos ver,por los cristales, aquellos clítoris frescos, listos para convertirse en pasas. Pero ya Orlandi Valuta había cerrado los ojos y con mucho terciopelo iba abriendo las cajitas de pasas, en un viaje oscuro, ¿dónde estará el tuyo Naomi? ¿dónde está? ¿lo encontraré? Mientras, sus manos temblaban ante el preludio de lo que sería un extásis interminable. Estaba embriagado, seducido, por tantos órganos, tantas pasas.

Oralandi, con la punta de sus dedos, tomó una y la colocó en la lengua. Cerró la boca y la apretó contra el paladar. Intoxicado de placer comenzó a coger las pasas por puñados, mientras en el piso se iban amontonando las diminutas cajas rojas. Las que se detuvo a saborear tuvieron suerte. Las que se comió, jamás pudieron vibrar, temblar y explotar en la lengua de Orlandi Valuta.

Presente estático

Siempre que juego me pongo a pensar en su cara. No sé por qué razón, pero cada vez que veía la sangre en la pantalla, la recordaba tendida en su cama. Tenía los brazos estirados hacia arriba y sus ojos habían quedado fijos en el punto rojo que emitía el interruptor de la lámpara de la flor de loto en la habitación. A veces sueño que estoy parado debajo del umbral de la puerta observando cómo ella se desangra. Su rostro está borroso, una neblina densa lo cubre. En ese instante no puedo moverme, me siento frío, estoy cautivado por las gráficas de la imagen.

Pausa

Me fui a vivir con mi padre a uno de sus apartamentos, el más lujoso, creo. Comencé con los videojuegos cuando tenía siete años, pero mi afición a ellos aumentó justo después de que mi madre murió. Los primeros días le tuve miedo; pensaba que todavía era el mismo de antes. Por eso no lo molestaba, no hablaba con él y me pasaba en el cuarto jugando videojuegos cada vez que llegaba del colegio. En esos días lo noté un poco extraño, ya no pasaba tanto tiempo en su bufete y toda la atención era para mí. Una mañana quise probar mi suerte y experimenté derramando el cereal encima de la mesa del comedor. Esperé que su puño aterrizara en mi rostro. Se puso de pie y me demostró una sonrisa tímida. Esas cosas pasan, me dijo y recogió el desorden. El temor que le tenía poco a poco se borraba de mi cerebro. Ahora me demostraba su afecto a través de los regalos que me hacía, que la mayor parte del tiempo eran sin motivo alguno.

Él sabía que me gustaban los juegos de video y no escatimaba en gastar lo que fuera para complacerme y mantenerme contento. A veces me pedía que escogiera los últimos que salían al mercado, sin importar cuántos fueran y cuán caros eran. Era feliz con encerrarme en mi cuarto y estar horas frente al televisor jugando hasta que la vista me doliera. Ayer fui un robot combatiendo alienígenas intergalácticos que invadían el planeta tierra. Hoy quiero ser el jefe de un clan de samuráis que salva el reino de un ataque de demonios del inframundo. Quizás mañana seré un asesino sin sentimientos que adora matar. Lo mejor es que aquí dentro puedo ser un dios.

Pausa

Estaba en el Japón de la era de los samuráis. Yo era el jefe del clan Kioka en la aldea de Satsuma. Comandaba unos 24 guerreros, todos familiares míos. Ese día, durante la mañana se podía sentir una extraña ansiedad que sumió a la aldea entera en una tristeza inconsolable. En la tarde, el presagio de algo horrible se comenzó a materializar en las nubes, cuando éstas se tornaron plomizas y el aire más denso, semejante al estado que preceden a las tormentas. Me encontraba en mi casa y platicaba con uno de mis discípulos esperando que llegara mi esposa de la aldea. “The sky has the color of the sword, master. A terrible feeling turns me weak. It reminds me of a dream that I had”, cuando uno de los sacerdotes de Izanagui entró a decirme que los onis y gakis rompieron los sellos infernales. Habían escapado y se dirigían hacia la casa imperial para destruirla y atormentarnos. “The demons have left their kingdom and destroy the sacred temple. Our village is in a great danger.” Ante esta llamada, me dirigí a buscar a mi esposa y avisarle de lo ocurrido. Encontré que la aldea había sido asolada por los demonios. Las cabezas humanas formaban pirámides en las esquinas y los torsos estaban empalados en lanzas que les salían por la parte de arriba. En el suelo yacían degollados ancianos y niños, algunas madres, aún con sus bebés muertos en los brazos, traspasadas sin misericordia. El rastro de la sangre que dejaban los cuerpos, despertó en mí el recuerdo de mi madre muerta.

Pausa

Cuando vi el líquido escarlata en la pantalla la volví a recordar. Esta vez fue más real. La cama se encontraba empapada, el cuarto estaba en un completo desorden, como si allí se hubiese dado una pelea por la vida. “This is the work of a demon, master.” A mi madre le encantaba la lámpara de la flor de loto que había traído de Japón. Ahora yacía en el suelo hecha pedazos. La mirada que antes se fijaba en el punto rojo, había cambiado y sus ojos ahora estaban más definidos, distantes. Mi madre había muerto contemplando un cuchillo lleno de sangre que estaba en el suelo. No se inmutaba, ya estaba muerta, su aliento se había desvanecido.

Pausa

Estaba resuelto a vengarme de ellos, mi odio aumentaba con cada minuto. El filo de mi espada estaba ansioso por rebanar los deformes cuerpos de los demonios. Con ella di muerte a cuatro de ellos que se me cruzaron en el medio. Los partí por la mitad como si cortara el viento. “Gakis are powerful, but they can’t stand the power of 30 generations of my ancestors.” Vi cómo su asquerosa piel se deshacía y al mismo tiempo expeler un gas violáceo y turbio. No me había percatado de que en el suelo, a la orilla del camino, se encontraba mi esposa tendida boca arriba con los brazos extendidos hacia arriba. Ella miraba resignada la hoja de acero clavada en su pecho. Me acerqué lo más rápido que pude para recostar su cabeza en mi regazo. “Don’t die, my love. Your body and blood beg for justice.”

Pausa

Solté el control, impresionado por los espejismos que ocupaban mi vista. En el juego, la cara de la esposa muerta del samurai se fue convirtiendo en la de mi madre. Sentía un terror inefable, pero sin la urgencia de salir huyendo de mi cuarto. Al contrario, quería quedarme allí para recordarla más. Lo primero que se me ocurrió fue buscar a mi padre en su cuarto, aunque supiera que él y ella al final ya no se querían. Detuve el juego y me dirigí hasta allí. Estaba en la hora de su siesta y no lo quise perturbar. Me fui a la cocina a prepararme un sándwich. Halé la gaveta y agarré un cuchillo. En ese instante sentí un ruido que provenía de la habitación de mi padre. Presumí que había despertado, sin pensarlo dejé lo que estaba haciendo y corrí a su cuarto. No me había percatado de que aún tenía el cuchillo en mi mano.

Pausa

Me detuve en el umbral de la puerta y me quedé estático por lo que estaba observando. El lugar se transformó en donde había estado mi madre desangrándose. Ella estaba en la cama con los brazos extendidos hacia arriba, pero esta vez se encontraba vestida como la esposa del samurai del juego. Llevaba un kimono blanco, muy brilloso, y contrastaba con la sangre que brotaba de su pecho. A su lado izquierdo había uno de los oni del juego. Era grande y tenía una armadura de hierro negra que le cubría el pecho y la espalda; su piel era roja y el cabello negro. Me vio y en su cara encendida pude distinguir las facciones del rostro de mi padre. Era como si el oni hubiese absorbido parte del físico de mi padre. Cuando me dio la espalda se transformó por completo en él y observé que llevaba un traje de vestir color azul, semejante a los que usaba para ir al bufete. Noté que sus manos estaban llenas de sangre y como ésta manchaba el piso del cuarto. Se volteó y pude constatar que era el oni. “Your body and blood beg for justice.” Ahora estaba sentada en la cama llorando. Yo me encontraba parado en el umbral de la puerta. Mi padre entró moviendo las manos de manera agitada, similar a los manoteos que se generan en una discusión. Yo podía sentir como el ánimo de él y de mi madre crecía con cada minuto. Se acercó a la cara de ella y le dijo algo que no logré oír. No sé si fui yo o el tiempo, pero dentro del cuarto todo se detuvo en un presente estático y ninguno de nosotros pudimos movernos de aquel lugar. El sonido del motor de algún auto al pasar por la calle, alguien abriendo y cerrando una ventana, un perro ladrando en la noche, el movimiento de los ratones hurgando en la basura y el interruptor para encender la luz en toda aquella oscuridad… todo se había detenido en ese instante. Vi a mi madre quitarse el anillo de bodas y lanzárselo en la cara al oni. Éste le propinó un golpe que la tendió en la cama. Su mano le dio a la lámpara de la flor de loto que estaba en la mesa de noche. Ella se levantó tambaleándose, fue al ropero y sacó una maleta. El oni se le acercó y le dijo algo al oído, y de repente salió corriendo de la habitación. Mi madre comenzó a tirar su ropa en la maleta, justo cuando él reapareció. No logré ver lo que llevaba en la mano, hasta que se acercó a su espalda. La asió por la cintura y a la fuerza la volteó. Ella lo miró directo a los ojos y luego él la abrazó. Mi madre, recostada en su hombro, daba unos movimientos descompasados. La mano derecha de mi padre soltó un cuchillo al suelo que emitió un eco vacío al chocar con las losetas del mármol blanco de la habitación. No hice nada para detener a mi padre, ahora ya es imposible recuperarla.

Pausa final

No me había movido del umbral, recordando la escena olvidada. Lo observaba mientras dormía; aún no despertaba. “Your body and blood beg for justice.” Me acordé de esta línea y vi que aún no había soltado el cuchillo que traje desde la cocina. Yo estaba armado y había comprendido que podía acabar de una vez y por todas con ese demonio.

El arte me absolverá

Me gustaba escribir de pequeña. Ya de adulta, me dio por cultivar el arte de manera más formal, pero cuando uno es adulto, las preocupaciones son otras que cuando uno es niño, menos banales, o quizás más banales, al final no se sabe. Los temas cambian. Una de las cosas que se me atravesaba todo el tiempo era los temas. Cuando se me ocurría un tema, me reguindaba de él con tanta fuerza que, a veces, se rompía. Me daba tanta ansiedad encontrar un tema en cada cosa que se me cruzaba en el camino que, quizás, por eso, nada era bueno.

Salir a la calle no era un paliativo eficaz. Yo quería escribir cuentos y sólo se me ocurrían cosas que no eran apropiadas para el género. En fin, la obsesión que me carcomía la conciencia, la paciencia y otras ciencias era la falta de temas con los cuales construir una historia decente. Traté de realizar actividades inusuales. Viajé cuando pude con lo que pude. Las cosas sencillas —y que podrían llamarse hermosas— de la vida no me excitaban. Cada nueva experiencia me dejaba más vacía.

Los pocos cuentos que había logrado sacar habían sido producto de una inspiración que no volvía. Un día en que me encontraba bajo los efectos de cierta sustancia psicotrópica, utilizada, claro está, con la esperanza de obtener una gota de creatividad, me di cuenta de que no pasaba nada. No sentía que mi cuerpo o mi forma de pensar cambiara en lo absoluto. Eso era el colmo: que cualquiera se fumara un papelito relleno de albahaca y tuviera grandes revelaciones y epifanías, mientras que yo, que era, hasta la fecha, una buena persona que reciclaba y le abría las puertas a la gente, no podía ni siquiera intoxicar mi mente con fines lucrativos como cualquier hijo de vecino.

Visto el caso y comprobado el hecho, concluí que necesitaba alejarme de lo hermoso cuando pasé una semana entera en faena literaria, después de haber visitado un striptease. Fuimos a un antro asqueroso, con un mural horrible de tetas y culos, donde las mujeres, en su mayoría extranjeras, se lo quitaban todo y maromeaban como serpientes en el Árbol de la Ciencia. Esa semana compilé varios cuentos medio colorados. Pero mi placer mayor no había sido sexual, aunque equivalente: había escrito.

El fin de semana siguiente, volví al antro. Fui sola. Me aburrí a la media hora. Salí. Unos parroquianos me tomaron por una puta (sola, por aquellos lares y bares) y me ofrecieron trabajo. No sé por qué acepté. O sí, pero ese es otro tema. Lo cierto es que me fui con uno de ellos. Los detalles son fáciles de imaginar: la ejecución fue bastante tradicional, pero la experiencia me regaló un libro de relatos eróticos, ese que ustedes conocen, el que me valió el epíteto “La Anais Nin del Siglo XXI”. Los editores se volvieron locos; la crítica se volvió loca. Sorprendió su amplia difusión; la gente no se avergonzaba de leerlo en los trenes y autobuses. Se imprimieron cuatro ediciones en menos de un año, y se tradujo a idiomas en los que el libro estaba tanto permitido como prohibido.

Durante ese tiempo, la casa editorial me hizo un itinerario y un contrato. Viajé por algunas ciudades, dormí en varios hoteles, firmé unos cuantos libros. Mi vida se sumió en una rutina de turista desganado, nada estimulante. Conocí a personas que insistían en contarme sus propias aventuras eróticas, con la esperanza de verlas publicadas, pero la gente no entiende que a ningún escritor le interesan las historias de los demás. Pasaron un par de años, y se me presentó la ansiedad más temida —más aun que la que me invadía antes, la de querer escribir y no tener temas—: ser, por fin, una escritora famosa y no encontrar de qué hablar.

De nuevo, nada era suficiente. El dios de la pluma no recibía mis inmolaciones con el mismo agrado de la primera vez.

Quise tratar la putería una segunda vez. Pero quiso ese dios terco que la situación se me saliera de las manos. De verdad que esos menesteres mejor se les dejan a las profesionales. Al tipo le gustaban los fluidos corporales y casi me mata. Yo tuve que matarlo primero. Tuve que hacerlo pedazos para que cupiera en dos bolsas plásticas. Me tomó varios días limpiar el cuarto de motel.

De ahí salió mi primera novela. Fue tan exitosa que esta vez viajé más lejos. La gente me preguntaba en qué me había inspirado, y yo contestaba sandeces genéricas como “en la vida diaria” o “en este mundo tan despiadado” o “en las noticias de la tele”.

Para mi tercer libro, exigido en el contrato con la editorial que ya había firmado, maté un perro. No escribí ni una triste letra. Los efectos eran revertidos: si antes escribía mal y no tenía temas porque no tenía estímulos, ahora sin estímulos no escribía ni siquiera de manera mediocre. Mi mano se paralizaba, mi mente se emblanquecía. Nadie sabe lo que es tener la mente verdaderamente en blanco: ver una pared, a veces de ladrillos, detrás de la cual sabes que está lo que tienes que escribir, pero no la puedes derribar. Es una pared; qué se le va a hacer. Nada podía hacer yo, al menos. Nada. Sólo existía la impotencia.

Qué remedio, tuve que matar a una persona. Y no me tomen a mal; yo no disfrutaba del acto. Pero de lo que sí disfrutaba con un placer sexual y adrenalínico era ver terminado un libro, haber escrito algo que alguien, si bien perteneciente a un nicho de lectores muy particular, disfrutaba sin miramientos. La psicología lo llama codependencia: hacer feliz a los demás a costa de la felicidad propia. Pero no es eso; ella no lo entiende. Todos los artistas sí me entenderán. El arte me absolverá.

La mara de los She-Males

Antes de lanzarse a dominar el mundo luego de su transfiguración, el novato She-Male tiene que salir de la crisálida. Ello consiste en reconocer a uno no tanto como él en la multitud de sujetos no parecidos para llevárselo para su casa. Una vez allí, el She-Male procede a ofrecerle un refresco y, luego de pedir permiso, desvestirlo. Desnudo, el sujeto no parecido tiembla de miedo, síntoma directamente derivado del presentamiento a medias, con puro “fronte”, o la curiosidad. De hecho, para eso están los sujetos no parecidos en el espacio, para precisamente encontrar o hacer que se encuentren con sus abismos los She-Males.

Liberado de adolescencias superfluas y complejos de dualidad, el novato pasa a ser candidato “per se”. Sin embargo, los asesinatos comenzarán y no pararán hasta su muerte, una vez ocurrida dicha superación de umbral.

Usualmente, sacan las cuchillas cuando el contacto de la piel de las nalgas contra el “matress”, más las caricias bruscas de los hijos semibarbudos de la ingenuidad, logran que se les paren los pezones y se les lubriquen los glandes. Por allí es que les sale la viscosidad que los vuelve loquitos al tacto. Con esa sustancia gelatinosa es que engrasan las cuchillas antes de asestar golpes certeros y profundos para que la sangre caliente tenga lugares de desague (como acantilados) por donde brotar. Eso casi siempre pasa en una cama de motel barato en los que los dependientes casi siempre viven allí con su mamá.

Luego de los hechos iniciáticos, los líderes de la mara (reunida detrás de los barrotes) cuentan los tatuajes de los de nuevo ingreso. Deben tener una mariposa negra en el cuello cual gótico “bar code” y una palabra ininteligible –su clave– debajo del ombligo, para que el Master Commander los pueda nombrar. Si han chupado a un policía justo antes de matarlo en pleno clímax, los She-Males se aseguran múltiple ración y la boca tibia (ahora con sangrita vampirezca entre los colmillos) del Master Comander una vez al mes.

Las computadoras de la prisión están disponibles dos horas al día para los She-Males “enmarañados”, porque también los hay rebeldes. Normalmente, esos últimos renegados del poder de la mara llevan un “piercing” y una banda de cuero en el escroto, como quien dice, para que se les note que ahorita se negaron públicamente a matar. Los rebeldes no tienen derecho al voto en las decisiones internas extraordinarias de los She-Males apuntados en el róster de la mara, pero sí ejercen un enorme grado de presión en términos del contrabando de las pastillas y el acceso a la Internet.

Los oficiales correccionales lo han tratado todo en contra de la privacidad, pero los She-Males de la logia siempre consiguen realizar sus ceremonias maquillándose como mamarrachos sin temblequeras al amanecer. Cuando el poquito de sol que se refleja en la atmósfera luego de la contaminación del pasado periodo “choigron” imperial sale por el Este, las criaturas tatuadas dos veces observan la penetración de los rayos en su interior. Saludan al astro candente al unísono, inclinándose unos frente a los otros al antiguo modo musulmán; pero siempre pendientes a lo que pueda tramar contra ellos el resto de la colonia penitenciaria.

Lo más importante es el discurso que se ha creado alrededor de la subcultura She-Male en los edificios públicos y en los campamentos de verano gracias a las imprentas de “flyers” y los papelitos grapados en los postes de la luz. El sujeto “varonvarona” vive de lo que se dice de él acomodándose las bragas para que no se le escape un piropo contra un guardia penal, un comunero de luchas o una empleada de mantenimiento comprada como esclavita por ellos como si fuese un zombi a su entera disposición.

Para echarse la comida a la boca en el desayuno, después del saludo al sol, el She-Male debe gritar: “Uyyyyyyyyyyyy, cariño, sácame de aquí. Los tutsis estos estúpidos me quieren eliminar”. Cariño responde que no, y cae al suelo inconsciente. Los demás gritan al unísono, “Chula, levanta ahí. Come y deja el show”.

El resto es historia. Los elementos en cuestión intercambian consoladores antisépticos con potencial de suciedad para enajenarse de la realidad colectivamente cruel de la ganga y se infectan por delante y por detrás porque sólo hay dinero para las hormonas, el entra y sale, y mucha desesperación. No hay agujas en el poblado extramuros, me dicen mientras investigo estas sospechas sobre el grupo como agente encubierto del “terminator taskforce” anticoagulante de los CDC. Las autoridades concernidas han tratado de contener los liqueos hepáticos echando cal por el alcantarillado cada 24 horas para que no se contagie el resto de los ciudadanos, pero una onda electromagnética en forma de huevo transparente gigante impide el paso de la brigada de superhéroes no acuclillados en contra de la despiadada mara municipal.

Junto con el enigma de cómo fue posible el mal manejo de la disposición antitóxica de los pellejos postoperativos y los cadáveres apilados al pie de las puertas de los crematorios en las afueras de la ciudad ardiente, se trata de otro misterio salvatruchezco de la secta asesina de los She-Males salvajes que aún queda sin resolver.

Tortuga tecnológica

–La ciencia no te podrá salvar del Horror.

–Pero sí podrá cancelar Todo-ese-Dolor que siento.

El laboratorio consistía de una pizarra con fórmulas matemáticas que describían la constitución química del Miedo, una mesa con tubos de ensayos y líquidos efervescentes de varios colores, y una máquina que parecía contener el cuerpo de una mujer desnuda. Desde una de las ventanas, el doctor miraba los monstruos marinos que saltaban desde las profundidades del mar y daban vueltas en el aire. La Pasión estaba inquieta. Casi sin inmutarse bajó la palanca que activaba la máquina. Pensó en reír con carcajadas malévolas pero pensó que el Lector se sentiría incómodo. De pronto los monstruos marinos empezaron a comerse los unos a los otros. Era una Guerra de todos contra todos. El Doctor pensó que la mujer le hablaba. Escuchó su voz como tantas otras noches. “La ciencia no te podrá salvar del Horror.” Los monstruos marinos lo asustaban. Sintió el miedo de inexistir, pero no el Todo-Dolor. Se acercó a Ella rediviva.

–El horror ya no te podrá salvar de mi ciencia.

–Pero si podrá cancelar Todo-ese-Amor que sientes.