por Rey Emmanuel Andújar

En el amor y en el boxeo
todo es cuestión de distancia.
Cristina Peri Rossi

Los dolores comenzaron un jueves. El pulgar se puso azulnegrovioláceo inmediatamente y me palpitaba como si el corazón se hubiese trasladado a ese dedo y toda la sangre que se bombeaba al cuerpo era de ese color, de ese dolor. El estruendo del martillo quedó en mis oídos, así como todas las malas palabras que dije en menos de dos minutos. Vivo de las casualidades pero este no fue el caso, estuve pensando, mientras me decía que tuve suerte, la herramienta no me cayó en el dedo del pie, eso ya hubiera sido demasiado. Entonces como por arte de magia, en lo que miraba el maldito clavo en la pared, sonaron el timbre y el teléfono al mismo tiempo. Decidí abrir el portón… la contestadora que se encargue de la llamada; los teléfonos nunca me han gustado.

Josian, llegaste temprano, dije con la cara estrujada por una mueca. Él se mostró más preocupado de lo normal y eso estaba bien. Preguntó qué pasó y le expliqué que estaba tratando de colgar los malditos cuadros. Lachan, mi amiga con la que comparto esta casa nueva, estaba de viaje pero había dejado un mensaje bastante claro: “Deja de hacerte la paja y ponte a arreglar la casa, vacía las maletas, coloca los libros en los libreros, cambia las bombillas y cuelga los cuadros antes de que yo llegue para no matarte, te quiero y adiós”. Me tiré en un mueble y actué un poco más adolorido de lo que en realidad estaba. Josian rebuscó en la habitación hasta encontrar un poco de mentol. A ver esa mano, me dijo con toda su ternura y empezó a acariciarme el dedo que se hinchaba. No deja de sorprenderme este muchacho que no llega a los veinte años y es tan grande, tiene una belleza de energúmeno… quien lo viera ahora, tratando de curar mis golpes con sus manos de gigante y cancioncitas de sana, sana culito de rana, no creería que es boxeador invicto y campeón centroamericano de las 140 libras, todas por knockout.

Tienes un mensaje en la máquina, me dijo mientras buscaba algo de tomar en la nevera. Le tengo sus jugos y sus cosas porque siempre está a dieta de deportista. Pásame una cerveza, están en el freezer, le dije mientras presionaba el botoncito de play en el teléfono para escuchar el mensaje. Era Melissa: “Sé que estás en la ciudad, quiero verte”. Josian me miró sin preguntar quién es ésa ni nada, se excusó diciendo estar cansado y se fue a la habitación. Vienes, preguntó. Sí, concedí y fui a encender el aire acondicionado. Él se puso a ver televisión y yo a escribir. ¿Qué escribes?, preguntó media hora después. Un cuento aburrido, cosas que no llegarán a las escuelas públicas, dije sonriendo. Por favor, escribe algo lindo, deja ya esas historias de balas y sangre, que tú no eres detective. El dolor se me estremeció por las carcajadas verdaderas que emití, le dije que tampoco era poeta pero que estaba bien y pensé en escribir algo para él. Antes de quedarse dormido me dijo: Me gusta eso que pusieron en tu segundo libro, que eras, “Un orfebre metido a boxeador”. Por cierto, ¿qué es un orfebre? Le dije que ya, que descansara, que después le explicaba. Entonces llegó a mi mente el Adriano moribundo de Yourcenar escribiendo acerca de la belleza dormida a su lado. Me prometí escribir un relato con respiración y palomas que no tuviese que ver nada con sangre y gente llorando, quería escribir una historia que hablara de belleza y ternura de este atlas sosteniendo mi mundo de arena, todas las tardes desde que lo conocí en el gimnasio de la Federación Nacional de Boxeo. Recuerdo la ternura de su sonrisa que contrastaba con la fiereza con que tiraba los golpes. Qué hace un escritor boxeando, me preguntó como todo el mundo. Estoy investigando para escribir una pieza para teatro, respondí. Él le recomendó a los demás boxeadores que sólo me golpearan del cuello para abajo. Después me confesó que le gustaba mi cara, que no quería verme desfigurado. Nos empezamos a ver todas las tardes y mi vida decidió recobrar algo de sentido.

Pulp por Elidio La Torre Lagares

Tras mucho esconderme de la ciudad insomne, de apagar las imágenes a puro trago y de masturbarme borracho hasta caer exhausto, decidí salir de mi hacinado estudio, donde sólo leía y bebía, para respirar el mundo. Entonces, sustituí mi realidad con otro punto de vista y me fui al club de strippers Godessia.

Durante el espectáculo, una hermosa bailarina entró vestida de colegiala-glam y quedé prendado de su imagen. La mente me traicionó y me regresó a aquello de lo que tanto huía: el recuerdo de Mina. (Mina, Mina, ¿por qué?) Fue entonces que un tipo grueso y de intensas gafas oscuras comenzó a insultar a la bailarina, y luego se acercaba de manera insistente a los pies del escenario y alcanzaba a tocar a la mujer que bailaba, quien evidentemente se sentía incómoda con la situación, pero nadie la auxiliaba. Una de las reglas del club es no tocar las chicas, pero el hombre pretendía tomar más de lo que le tocaba y nadie lo detenía. El tipo aparentemente ejercía cierto dominio sobre la escena, tal vez por la frecuencia con que debía visitar el club, o simplemente por su cara de perla, porque actuaba a sus anchas. Al terminar su rutina, la mujer se acercó a él. Intercambiaron unas palabras. El tipo la agarró por el brazo y, sin confrontar resistencia ni intervención de los bouncers, arrastró a Dorelia a las afueras del local. Sin pensarlo, terminé mi trago y los seguí.

En la acera, miré a ambos lados, pero no había rastros de vida pese a que la Avenida Ashford es la vena principal que lleva al cerebro de la ciudad. Escuché un ruido metálico y un grito de mujer muy cercanamente. Provenía de un callejón que daba a uno de los flancos del club por donde se manejaban los desperdicios. Al acudir allí, encontré al cara de perla golpeando a la mujer entre risas y reproches. Que te lo dije, que aquí el papi soy yo; que no me vengas con excusas de puta; te vienes conmigo ahora, insistía. Yo, en principio, pensé en meterme en mi concha e irme de allí, porque la cosa no era conmigo, pero el cara de perla advirtió mi presencia.

—¡Oye! ¿Qué haces aquí? —me gritó, y al yo no contestar, repitió—: ¡Oye, tú, bonito! Que qué haces aquí. ¿Alguien te llamó? ¿Eh?

El hombre soltó a la mujer y se dirigió hacia mí.

—Váyase —suplicó la mujer—. No se meta en lo que no le importa.

—Como quieras —dije, pero en ese momento el hombre se abalanzó sobre mí con una navaja que extrajo de alguna manera que no pude distinguir entre la oscuridad, la misma oscuridad que no le permitió atinar bien el zarpazo. El cara de perla tropezó y cayó al suelo, por lo que aproveché para patearle despiadadamente el rostro. Cabrón. Toma. Siente mi bota steel toe en la boca. Toma, toma. Y pude haber estado pateándole toda la noche, pero sentí una mano sobre mi hombro.

—Vámonos de aquí —suplicó la voz. Me dijo que se llamaba Dorelia y así huimos juntos.

Esa noche, Dorelia se entregó como premio al valor de su salvador. Afirmaba que me debía la vida y que como tal, estaría para servirme el resto de sus días. Me hizo el amor toda la noche y yo le hice el amor a Mina.

Del difunto, nunca más supieron de él. No figuró en los partes policíacos y no salió en los periódicos. Pero, en la mañana llegó hasta el apartamento de Dorelia el tipo de la capa púrpura con gemas y cristales.

—Te debo —dijo al verme, y entró con suma familiaridad al apartamento.

—Lo que sea, considéralo saldo.

—Es Iscariote, mi jefe—dijo Dorelia, algo nerviosa y cubriéndose con las sábanas de satén blanco.

—Me sacaste de encima al Trémulo. ¿Cómo te llamas?

—Uraschi Mataro —dije, y luego pregunté—: ¿Quién diablos es el Trémulo?

—El tipo al que le rompiste el tabique, la quijada y varios otros huesos faciales. El pobre murió de asfixia. Era mi socio. Pero nada. Ahora quedo solo con todo esto. ¿Tienes trabajo?

—Un asesino siempre tiene que tener la sangre fría —me dijo el Iscariote, acercándose a mi oído—. ¿Primer muerto?

Asentí. Dorelia sonrió como una chiquilla.

—Eres un animal, de verdad. Pero necesitas medios más civilizados —dijo, a la vez que me ofrecía una hermosa Glock 26, bastante compacta y ágil—. ¿Quieres trabajo?

—Prefiero efectivo.

—¿Y qué vas a hacer con el dinero?

Pensé un breve instante y finalmente dije:

—Me voy a Isla Tortuga.

—Bien, mi tortugo, y luego, ¿de qué vas a vivir allí?

—Carpe diem tremens.

—¿Eh?

—Nada. Ya resolveré eso.

Iscariote tomó mi mano y coloco el arma en ella.

—Yo creo que tú eres un asesino natural. ¿Aceptas?

El arma tenía el poder de un fetiche. Me hacía sentir vivo. Poderoso. Temido. Necesitado. Hasta había ganado un nuevo nombre, aunque, a fin de cuentas, seguía incompleto.

Pulp por Elidio La Torre Lagares

Son las cinco de la tarde y el rugido de la ciudad en transformación entra por la ventana. Dorelia se acurruca sobre mi pecho y se queda dormida. Es un eco, ciertamente, de Mina, de la que aún conservo impresos aquellos emails de amor incondicional que cruza todas las barreras, que no tiene edad ni otros abismos del tiempo, y que me eran frecuentes mientras ella era mi discípula. Mina, mine, mi nada. Aquel intocable nexo con la perfección era a la misma vez la distancia que nos separaba, precisamente, debido a la edad y otros abismos del tiempo. Su último correo decía: “Espera por mí”, mensaje que de algún modo llegó a las manos de la Sister del colegio y quien determinó como prueba circunstancial aquel libro de Nabokov que Mina leía y releía, más que como tarea de clase, como fijación de una fantasía. Además, decía la directora, ¿qué brecha amplia queda entre una joven de 18 años y un profesor de 25?

Al ser expulsado del colegio, recibí una llamada de la madre de Mina. Me culpaba de pervertidor de menores, de abusador de conciencias. Mina, al sentir mi ausencia, había caído en un estado depresivo que la había llevado a un intento de suicidio. Espero que esté satisfecho, cerdo, me dijo la madre de Mina. Le deseo que la luz entre por sus pupilas. Y yo pensaba que ya era tarde –por lo de la luz entre mis pupilas– y pensaba en los ojos de la chica, prendados de los míos, de aquel verde anfibio que nadaba en su mirada, y entonces la veía más distante, intocable e imposible, aunque a sólo un aliento de distancia. ¿Cuándo en mi vida merecí tanta dicha del alma? Algunos principios se componen de finales.

Pulp por Manuel Clavell

Antes de lanzarse a dominar el mundo luego de su transfiguración, el novato She-Male tiene que salir de la crisálida. Ello consiste en reconocer a uno no tanto como él en la multitud de sujetos no parecidos para llevárselo para su casa. Una vez allí, el She-Male procede a ofrecerle un refresco y, luego de pedir permiso, desvestirlo. Desnudo, el sujeto no parecido tiembla de miedo, síntoma directamente derivado del presentamiento a medias, con puro “fronte”, o la curiosidad. De hecho, para eso están los sujetos no parecidos en el espacio, para precisamente encontrar o hacer que se encuentren con sus abismos los She-Males.

Liberado de adolescencias superfluas y complejos de dualidad, el novato pasa a ser candidato “per se”. Sin embargo, los asesinatos comenzarán y no pararán hasta su muerte, una vez ocurrida dicha superación de umbral.

Usualmente, sacan las cuchillas cuando el contacto de la piel de las nalgas contra el “matress”, más las caricias bruscas de los hijos semibarbudos de la ingenuidad, logran que se les paren los pezones y se les lubriquen los glandes. Por allí es que les sale la viscosidad que los vuelve loquitos al tacto. Con esa sustancia gelatinosa es que engrasan las cuchillas antes de asestar golpes certeros y profundos para que la sangre caliente tenga lugares de desague (como acantilados) por donde brotar. Eso casi siempre pasa en una cama de motel barato en los que los dependientes casi siempre viven allí con su mamá.

Luego de los hechos iniciáticos, los líderes de la mara (reunida detrás de los barrotes) cuentan los tatuajes de los de nuevo ingreso. Deben tener una mariposa negra en el cuello cual gótico “bar code” y una palabra ininteligible –su clave– debajo del ombligo, para que el Master Commander los pueda nombrar. Si han chupado a un policía justo antes de matarlo en pleno clímax, los She-Males se aseguran múltiple ración y la boca tibia (ahora con sangrita vampirezca entre los colmillos) del Master Comander una vez al mes.

Las computadoras de la prisión están disponibles dos horas al día para los She-Males “enmarañados”, porque también los hay rebeldes. Normalmente, esos últimos renegados del poder de la mara llevan un “piercing” y una banda de cuero en el escroto, como quien dice, para que se les note que ahorita se negaron públicamente a matar. Los rebeldes no tienen derecho al voto en las decisiones internas extraordinarias de los She-Males apuntados en el róster de la mara, pero sí ejercen un enorme grado de presión en términos del contrabando de las pastillas y el acceso a la Internet.

Los oficiales correccionales lo han tratado todo en contra de la privacidad, pero los She-Males de la logia siempre consiguen realizar sus ceremonias maquillándose como mamarrachos sin temblequeras al amanecer. Cuando el poquito de sol que se refleja en la atmósfera luego de la contaminación del pasado periodo “choigron” imperial sale por el Este, las criaturas tatuadas dos veces observan la penetración de los rayos en su interior. Saludan al astro candente al unísono, inclinándose unos frente a los otros al antiguo modo musulmán; pero siempre pendientes a lo que pueda tramar contra ellos el resto de la colonia penitenciaria.

Lo más importante es el discurso que se ha creado alrededor de la subcultura She-Male en los edificios públicos y en los campamentos de verano gracias a las imprentas de “flyers” y los papelitos grapados en los postes de la luz. El sujeto “varonvarona” vive de lo que se dice de él acomodándose las bragas para que no se le escape un piropo contra un guardia penal, un comunero de luchas o una empleada de mantenimiento comprada como esclavita por ellos como si fuese un zombi a su entera disposición.

Para echarse la comida a la boca en el desayuno, después del saludo al sol, el She-Male debe gritar: “Uyyyyyyyyyyyy, cariño, sácame de aquí. Los tutsis estos estúpidos me quieren eliminar”. Cariño responde que no, y cae al suelo inconsciente. Los demás gritan al unísono, “Chula, levanta ahí. Come y deja el show”.

El resto es historia. Los elementos en cuestión intercambian consoladores antisépticos con potencial de suciedad para enajenarse de la realidad colectivamente cruel de la ganga y se infectan por delante y por detrás porque sólo hay dinero para las hormonas, el entra y sale, y mucha desesperación. No hay agujas en el poblado extramuros, me dicen mientras investigo estas sospechas sobre el grupo como agente encubierto del “terminator taskforce” anticoagulante de los CDC. Las autoridades concernidas han tratado de contener los liqueos hepáticos echando cal por el alcantarillado cada 24 horas para que no se contagie el resto de los ciudadanos, pero una onda electromagnética en forma de huevo transparente gigante impide el paso de la brigada de superhéroes no acuclillados en contra de la despiadada mara municipal.

Junto con el enigma de cómo fue posible el mal manejo de la disposición antitóxica de los pellejos postoperativos y los cadáveres apilados al pie de las puertas de los crematorios en las afueras de la ciudad ardiente, se trata de otro misterio salvatruchezco de la secta asesina de los She-Males salvajes que aún queda sin resolver.

Pulp por Elidio La Torre Lagares

—¿A quién vas a matar?

Matar es un acto de creación, pienso.

—Dime, Tortugo, dime.

Fumo mientras mi mirada se pierde por el techo.

—Desconozco todavía —contesto.

—Me encanta cuando vas matar a alguien. Te pones así… así… tan machote.

Ironía: siempre que me limpio a alguien pienso que me aniquilo a mí mismo.

Los ojos de Dorilea lucen sobresaltados con la excitación infantil de quien visita un parque de diversiones por vez primera. Le queda en el rostro el maquillaje y la soledad.

—Te energiza. Te vuelve una bestia. Es cuando mejor me clavas.

Es cuando más creativo me siento. Soy como un bebé que descubre su propia mierda.

—Es parte de esto —le digo a Dorelia mientras acaricio su cabello de rubio peróxido.

—¿Sabes? He conocido muchos hombres, pero tú eres mi papi. El Daddy.

Seguro.

—¿No te pone celoso saber que he tenido otros hombres?

Mi mente viaja a la única mujer que jamás he tocado. Quedo suspendido en un vacío.

—Despiértame en una hora —dice Doriela ante la pausa prolongada—. Tengo trabajo esta noche. Y mañana hago baby sitting a alguien que ha de quedarse sola un tiempo.

—¿Sola?

—Un-ju.

Encomiendas especiales de Iscariote, pienso.

—¿Daddy?

—¿Sí?

—Nunca me dejes…

Pulp por Luis Othoniel

–La ciencia no te podrá salvar del Horror.

–Pero sí podrá cancelar Todo-ese-Dolor que siento.

El laboratorio consistía de una pizarra con fórmulas matemáticas que describían la constitución química del Miedo, una mesa con tubos de ensayos y líquidos efervescentes de varios colores, y una máquina que parecía contener el cuerpo de una mujer desnuda. Desde una de las ventanas, el doctor miraba los monstruos marinos que saltaban desde las profundidades del mar y daban vueltas en el aire. La Pasión estaba inquieta. Casi sin inmutarse bajó la palanca que activaba la máquina. Pensó en reír con carcajadas malévolas pero pensó que el Lector se sentiría incómodo. De pronto los monstruos marinos empezaron a comerse los unos a los otros. Era una Guerra de todos contra todos. El Doctor pensó que la mujer le hablaba. Escuchó su voz como tantas otras noches. “La ciencia no te podrá salvar del Horror.” Los monstruos marinos lo asustaban. Sintió el miedo de inexistir, pero no el Todo-Dolor. Se acercó a Ella rediviva.

–El horror ya no te podrá salvar de mi ciencia.

–Pero si podrá cancelar Todo-ese-Amor que sientes.

Pulp por Elidio La Torre Lagares

Camino al apartamento, parecemos siameses. Dorelia va encendida y saliva a la vez que me dice que no se puede aguantar, Daddy, que me relamo al verte con actitud enérgica. Aguanta ahí, le digo. Esto va de a paso lento, pero seguro. Como las tortugas, me dice, y ríe. Yo me entiendo con la paciencia. Observo a Dorelia y noto que en su mirada, a pesar de su oficio, habita un trazo de inocencia, de algo tal vez intocado y puro a pesar de la podredumbre de espíritu. Hay algo dúctil y nítido y no sé qué es, pero me reclama la memoria: me recuerda a Mina. Entonces, me apresuro junto a ella hacia el Bam-Booze, la tienda de licores de la esquina. Allí nos llevamos una botella de escocés, cigarrillos, donas azucaradas para mí y una caja de cerezas cubiertas de chocolate barato. Pagamos y nos largamos.

No bien habíamos cerrado la puerta del majestuoso cuarto que Iscariote arrienda para Dorelia en aquel edificio de viejo art noveau, cuando me desabrocha los pantalones y se dirige ansiosa hacia mi miembro. Lo acapara todo con su gran boca y le recuerdo que escupa el chiclet antes de proseguir. Ella detiene su labor y ríe como una chiquilla a la que le reprenden por una travesura. Enciendo un cigarrillo mientras ella retoma el asunto de la mamada. Miro por la ventana y veo que en el edificio adyacente hay una mujer mirándonos. No es joven, pero se ve que tiene buen cuerpo. Se aferra al alféizar sin separar su mirada de la mía, que se esconde tras las bocanadas de humo que voy soltando. La mujer se levanta el traje poco a poco, se remueve las panties un tanto, y comienza a masturbarse mientras la inmensa boca de Dorelia me traga. Sus manos sirven de resguardo a la faena. Miro en dirección de la mujer de la ventana y la veo ondular con lentitud. Me quito el cigarrillo de la boca, me doy un trago del escocés, y vuelvo a fumar. No sé quién se viene primero, pero toda vez que termino de eyacular, la distingo sonreír y retirarse de la ventana. Entonces, Dorelia, que tiene poder de concentración para asuntos competentes al sexo, me dice: «Métemelo por el culo».

Me percato que en mi boca solo queda el filtro del cigarrillo. Lo arrojo por la ventana, extraigo la vaselina de la mesa de noche y levanto la falda de colegiala. Cierro los ojos. Sueño.

Pulp por Elidio La Torre Lagares

Suena el móvil que descansa sobre la barra y miro el número de procedencia, por si lo reconozco. La unidad es prepagada y no tiene ninguna de las ventajas glamorosas de los planes de telefonía, por tanto, las llamadas que entran se pagan igual que las que salen. Es el Tao de los celulares prepagados. La pantalla lee “Private”. Sin la tilde en la “i”. De lo contrario, sería un imperativo innecesario, pues mi vida ha sido privación desde que me echaron de aquel colegio para niñas en donde, pensando en cuestiones literarias, cometí el error de asignar la lectura de la Lolita de Nabokov, en consideración de sus atributos literarios y no por la perversión del narrador.

Vaya manera de carpe diem tremens, pienso. Es lunes, pero todos los días de mi vida parecen el mismo y a veces pienso que viajo dentro del caparazón de la tortuga que sostiene el universo. Y encima de todo, Dorelia intenta levantar el aparato que descansa sobre la barra pero tiene dificultad por las uñas postizas que le sobresalen cuatro pulgadas sobre el horizonte de sus dedos. Es patético el acto y salgo a su rescate.

—Diga —contesto, mientras enciendo un cigarrillo.

—Con Tortugo.

—¿Quién es?

—Eso no tiene importancia en este momento.

—¿Ah, no? —digo, y cuelgo.

—¿Quién era, Daddy? —pregunta Dorelia, quien me llama así de presunto cariño, y que sólo necesita una cerveza para activar la intoxicación permanente de su cuerpo.

—Nadie importante.

El móvil suena nuevamente. Private. La insistencia habla. Es sígnica, whatever that means. Vuelvo:

—¿Quién es?

—No cuelgue, por favor, necesito hablarle.

—No soy psicólogo y esto no es una línea 1-800.

—Ya sé, ya sé. Vengo recomendado por Iscariote.

Iscariote es el Rey de la prostitución de salón, como le llamo al oficio de sus damicelas que rondan las discotecas y los hoteles. Todo es caché y estilo, dice Iscariote, quien frecuenta los más exquisitos lugares de vida nocturna con una capa violeta y bordeada de cristales como un horizonte que destella tras el paso imponente de chulo suave en sus maneras, de un afeminamiento locuaz y ágil, pero cruel y despiadado en la ejecución a la hora de ajustar cuentas.

—¿Cómo conoce a Iscariote? —intento corroborar la veracidad de la información.

—Es… amigo de un amigo. Soy buena gente —me dice la voz.

Es maricón, pienso.

—Pues, ¿qué desea? —disparo.

—Una cita.

—No soy servicio de escolta.

—Es para un trabajo de esos que me dice Isca que usted hace bien.

—¿Ah, sí? Pues le veo mañana en el Zacude.

—¿Dónde?

—El Zacude. Avenida Ponce de León. Santurce. Diez a.m.

—Bueno, al menos hábleme algo de usted. Digo, qué sé yo, me pregunto, ¿cómo voy a reconocerlo?

—No estoy aquí para hacer conversación de domingo. Además, quien debe reconocerlo soy yo a usted. Así que póngase una camisa amarilla, para identificarlo mañana a las diez en el Zacude —dije, y colgué.
Ramón, el dueño del bar, se acerca a mí.

—¿Escuché bien?

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? Hiciste una cita aquí, en mi pub.

—No es un pub, es una barra de mala muerte.

—¡No quiero que uses mi pub de oficina! ¡Lo calientas!

—No es un pub; es una barra de mala muerte. Y no lo utilizo de oficina. Por el contrario, lo que hago es traerte un cliente.

—Gracias por el telemarketing, papi, pero no quiero que lo hagas más, ¿entendido?

Lo ignoro. Ramón tiene un delirio de poder pasajero, seguro. Lo sé porque es mi hermano mayor y, además, no es la primera vez que cierro un contrato en su barra.

—¿Entendido? —insiste ante mi silencio.

Dorelia se desabrocha dos botones de su blusa blanca y se excita ante la posibilidad de que terminemos, como otras veces, a los golpes.

—Dile algo, Daddy —dice ella sonriendo y con la respiración agitada.

—Y no me traigas gente aquí en día de limpieza si no vienen a ayudarme —advierte Ramón—. Y menos si es una mujer que fue mía.

—Nunca fui tuya, Ramón —aclara Dorelia—. Sólo estaba contigo.

—Mira, so…

—Déjala —resuelvo.

—¡Dile! ¡Dile! —insiste Dorelia, mientras se pasa las manos por el cuello.

—Mejor vámonos —le digo.

—Tengo trabajo, Daddy —dice Dorelia, mientras se arregla la falda cuadriculada.

La compadezco. Dorelia trabaja para Iscariote como servicio de acompañamiento. Gana quinientos dólares por hora, pero desde que tiene problemas con la bebida, Iscariote la ha relegado a lo que él llama “encomiendas especiales”. Trabajos livianos con viejos, mayormente. Es claro: Iscariote no confía en ella y yo tampoco.

—Vaya. Nos echamos un polvo y te vas contenta.

Ella sonríe. Se lame los labios. Se arregla el pelo en los espejos de la barra. Nos vamos.

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