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Sun Maid Raisins

por Nydia Antonia Russe

Después de una larga investigación, mi amante, el sexólogo Orlandi Valuta y yo habíamos descubierto que todo este tiempo lo que comíamos no eran pasas, si no más bien clítoris. Ningún otro ejecutivo de la Organización Mundial de Sexología había logrado semejante descubrimiento. Cuando entramos a aquella fábrica se quedó perplejo y sin decir una sola palabra. Lo único que hacía era respirar el aroma entorpecedor y embriagante de aquellos clítoris. Allí estaban miles de ellos amontonados, arrugados, indefensos, sin identidad, denominados en conjunto por el genérico nombre de pasas. Se preguntaba, cómo es posible y ahora que estoy frente a ellos, qué hago, cómo encuentro el tuyo, Naomi. La tarea era díficil, pero él llegó hasta allí decidido a encontrarlo y si en ese millón de pasas estaba mi clítoris, él lo buscaría hasta recuperarlo, porque estaba obsesionado conmigo. Y aunque en su cuerpo todavía se podía respirar infinidad de aromas de mujeres, como olores de incienso, yo fui el último aroma de Zimbabue que se impregnó en su piel.

Sabía que me amaba sólo a mí, pero me fastidiaba que él coleccionara miradas, gestos, recuerdos de vino tinto mezclado con crema batida de otras mujeres. Era innevitable ver su espalda llena de cicatrices trazadas por uñas de pasiones diferentes. Además, en sus ojos de lienzo llevaba dibujadas miles de siluetas esbeltas, redondas y cuadradas. Y cuánto había bailado con sus zapatos de Fred Astaire, en pistas de cinturas y caderas hasta la saciedad. Cuántas melodías clásicas había inventado en su espalda de cuerdas. Coreografías que nunca repitió, porque él era un experto en el Kamasutra, un sexólogo a domicilio que compartía todo ese tipo de conocimiento con las mujeres solteras y casadas que lo llamaban a su número, buscando satisfacción garantizada. Todas esas maravillas en el arte del amor, él las intentó conmigo. Pero nada me satisfacía. Intentó la pornografía, pues poseía una amplia colección de películas, que guardaba en un húmedo estuche, construido especialmente para que no perdieran la viscocidad. Incluso fabricó todo tipo de fantasias, como el día que se vistió de homosexual, para que yo lo recogiera en la calle. Compró falsas pinturas de Van Gogh, Picasso, Dalí, y las pegó por todo el piso, y en todas ellas me revolcó como pinceladas neuróticas y lo único que disfrutó del momento fue el sabor a madera del whiskey de mi piel. Nada me satisfacía. Y es que Orlandi Valuta no sospechaba la horrible mutilación que yo había sufrido cuando niña, porque me había hecho un implante falso, para despistar a mis amantes. Pero ya no aguantaba más la obsesión de Orlandi Valuta por complacerme y en una de esas noches de esmero, en las que él planificaba una orgía sadomasoquista, le conté la verdad. Maldita realidad para un sexólogo tan codiciado y eficiente. Con rabia metió los dedos en mi vagina, la rebuscó y tocó el implante. Y cuando sacó su mano, se tragó mi olor como un sabueso y desde ese momento no la lavó y juró no hacerlo hasta encontrar de nuevo mi clítoris. Por eso viajamos juntos hasta Africa buscando el último aroma de Zimbabue. Buscamos en hospitales, tribus y aldeas, y entre averiguaciones clandestinas dimos con las pistas que nos llevaron a aquella fábrica de pasas. Allí era donde iban a parar las horribles mutilaciones que le hacían a millones de niñas africanas.

Cada clítoris extirpado, lo depositaban con delicadeza en frascos de cristal, que trasladaban en cajas hasta un camión que tenía impreso la firma de Sun-Maid Raisins. Podíamos ver,por los cristales, aquellos clítoris frescos, listos para convertirse en pasas. Pero ya Orlandi Valuta había cerrado los ojos y con mucho terciopelo iba abriendo las cajitas de pasas, en un viaje oscuro, ¿dónde estará el tuyo Naomi? ¿dónde está? ¿lo encontraré? Mientras, sus manos temblaban ante el preludio de lo que sería un extásis interminable. Estaba embriagado, seducido, por tantos órganos, tantas pasas.

Oralandi, con la punta de sus dedos, tomó una y la colocó en la lengua. Cerró la boca y la apretó contra el paladar. Intoxicado de placer comenzó a coger las pasas por puñados, mientras en el piso se iban amontonando las diminutas cajas rojas. Las que se detuvo a saborear tuvieron suerte. Las que se comió, jamás pudieron vibrar, temblar y explotar en la lengua de Orlandi Valuta.

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Tortugo (Conclusión)

por Elidio La Torre Lagares

Camino hasta la playa de Ocean Park y el esfuerzo me ha debilitado terriblemente. Los latidos se van haciendo cada vez más lentos, como si el corazón ya no quisiera latir. Me acuesto en la arena mojada, sobre el horizonte que separa la orilla de las olas, dejo que el vaivén del mar limpie mi herida.

Ya no queda nada que completar. Se ha llenado el vacío de manera sorpresiva y violenta. Mi cuerpo se tiende como una extensión del mar. Tomo aire. Tengo sed. Siento frío. De pronto, me parece distinguir una figura que proviene desde el mar. Aunque mi vista se nubla, sé que es una mujer porque puedo olerla.

—Llegas tarde —me dice—. Me voy a Isla Tortuga. ¿Vienes?

—Seguro —es todo lo que se me ocurre decirle—. Tengo treinta mil dólares adicionales para gastar.

—Vamos, entonces. No hay más que esperar.

La mujer se adelanta y vuelve por donde mismo vino, su cuerpo se confunde con el mar. Levanto mi cabeza con dificultad y me parece ver un caparazón enorme sumergirse entre las olas. Siento mi cuerpo borrarse como si fuera el poema que nunca se debió haber escrito.

Y lo veo todo. Y siento la tierra moverse. El universo viaja sobre una tortuga.

Sonrío.

Parecería lunes, pero por fin es miércoles.

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Presente estático

por J.J. Rodríguez

Siempre que juego me pongo a pensar en su cara. No sé por qué razón, pero cada vez que veía la sangre en la pantalla, la recordaba tendida en su cama. Tenía los brazos estirados hacia arriba y sus ojos habían quedado fijos en el punto rojo que emitía el interruptor de la lámpara de la flor de loto en la habitación. A veces sueño que estoy parado debajo del umbral de la puerta observando cómo ella se desangra. Su rostro está borroso, una neblina densa lo cubre. En ese instante no puedo moverme, me siento frío, estoy cautivado por las gráficas de la imagen.

Pausa

Me fui a vivir con mi padre a uno de sus apartamentos, el más lujoso, creo. Comencé con los videojuegos cuando tenía siete años, pero mi afición a ellos aumentó justo después de que mi madre murió. Los primeros días le tuve miedo; pensaba que todavía era el mismo de antes. Por eso no lo molestaba, no hablaba con él y me pasaba en el cuarto jugando videojuegos cada vez que llegaba del colegio. En esos días lo noté un poco extraño, ya no pasaba tanto tiempo en su bufete y toda la atención era para mí. Una mañana quise probar mi suerte y experimenté derramando el cereal encima de la mesa del comedor. Esperé que su puño aterrizara en mi rostro. Se puso de pie y me demostró una sonrisa tímida. Esas cosas pasan, me dijo y recogió el desorden. El temor que le tenía poco a poco se borraba de mi cerebro. Ahora me demostraba su afecto a través de los regalos que me hacía, que la mayor parte del tiempo eran sin motivo alguno.

Él sabía que me gustaban los juegos de video y no escatimaba en gastar lo que fuera para complacerme y mantenerme contento. A veces me pedía que escogiera los últimos que salían al mercado, sin importar cuántos fueran y cuán caros eran. Era feliz con encerrarme en mi cuarto y estar horas frente al televisor jugando hasta que la vista me doliera. Ayer fui un robot combatiendo alienígenas intergalácticos que invadían el planeta tierra. Hoy quiero ser el jefe de un clan de samuráis que salva el reino de un ataque de demonios del inframundo. Quizás mañana seré un asesino sin sentimientos que adora matar. Lo mejor es que aquí dentro puedo ser un dios.

Pausa

Estaba en el Japón de la era de los samuráis. Yo era el jefe del clan Kioka en la aldea de Satsuma. Comandaba unos 24 guerreros, todos familiares míos. Ese día, durante la mañana se podía sentir una extraña ansiedad que sumió a la aldea entera en una tristeza inconsolable. En la tarde, el presagio de algo horrible se comenzó a materializar en las nubes, cuando éstas se tornaron plomizas y el aire más denso, semejante al estado que preceden a las tormentas. Me encontraba en mi casa y platicaba con uno de mis discípulos esperando que llegara mi esposa de la aldea. “The sky has the color of the sword, master. A terrible feeling turns me weak. It reminds me of a dream that I had”, cuando uno de los sacerdotes de Izanagui entró a decirme que los onis y gakis rompieron los sellos infernales. Habían escapado y se dirigían hacia la casa imperial para destruirla y atormentarnos. “The demons have left their kingdom and destroy the sacred temple. Our village is in a great danger.” Ante esta llamada, me dirigí a buscar a mi esposa y avisarle de lo ocurrido. Encontré que la aldea había sido asolada por los demonios. Las cabezas humanas formaban pirámides en las esquinas y los torsos estaban empalados en lanzas que les salían por la parte de arriba. En el suelo yacían degollados ancianos y niños, algunas madres, aún con sus bebés muertos en los brazos, traspasadas sin misericordia. El rastro de la sangre que dejaban los cuerpos, despertó en mí el recuerdo de mi madre muerta.

Pausa

Cuando vi el líquido escarlata en la pantalla la volví a recordar. Esta vez fue más real. La cama se encontraba empapada, el cuarto estaba en un completo desorden, como si allí se hubiese dado una pelea por la vida. “This is the work of a demon, master.” A mi madre le encantaba la lámpara de la flor de loto que había traído de Japón. Ahora yacía en el suelo hecha pedazos. La mirada que antes se fijaba en el punto rojo, había cambiado y sus ojos ahora estaban más definidos, distantes. Mi madre había muerto contemplando un cuchillo lleno de sangre que estaba en el suelo. No se inmutaba, ya estaba muerta, su aliento se había desvanecido.

Pausa

Estaba resuelto a vengarme de ellos, mi odio aumentaba con cada minuto. El filo de mi espada estaba ansioso por rebanar los deformes cuerpos de los demonios. Con ella di muerte a cuatro de ellos que se me cruzaron en el medio. Los partí por la mitad como si cortara el viento. “Gakis are powerful, but they can’t stand the power of 30 generations of my ancestors.” Vi cómo su asquerosa piel se deshacía y al mismo tiempo expeler un gas violáceo y turbio. No me había percatado de que en el suelo, a la orilla del camino, se encontraba mi esposa tendida boca arriba con los brazos extendidos hacia arriba. Ella miraba resignada la hoja de acero clavada en su pecho. Me acerqué lo más rápido que pude para recostar su cabeza en mi regazo. “Don’t die, my love. Your body and blood beg for justice.”

Pausa

Solté el control, impresionado por los espejismos que ocupaban mi vista. En el juego, la cara de la esposa muerta del samurai se fue convirtiendo en la de mi madre. Sentía un terror inefable, pero sin la urgencia de salir huyendo de mi cuarto. Al contrario, quería quedarme allí para recordarla más. Lo primero que se me ocurrió fue buscar a mi padre en su cuarto, aunque supiera que él y ella al final ya no se querían. Detuve el juego y me dirigí hasta allí. Estaba en la hora de su siesta y no lo quise perturbar. Me fui a la cocina a prepararme un sándwich. Halé la gaveta y agarré un cuchillo. En ese instante sentí un ruido que provenía de la habitación de mi padre. Presumí que había despertado, sin pensarlo dejé lo que estaba haciendo y corrí a su cuarto. No me había percatado de que aún tenía el cuchillo en mi mano.

Pausa

Me detuve en el umbral de la puerta y me quedé estático por lo que estaba observando. El lugar se transformó en donde había estado mi madre desangrándose. Ella estaba en la cama con los brazos extendidos hacia arriba, pero esta vez se encontraba vestida como la esposa del samurai del juego. Llevaba un kimono blanco, muy brilloso, y contrastaba con la sangre que brotaba de su pecho. A su lado izquierdo había uno de los oni del juego. Era grande y tenía una armadura de hierro negra que le cubría el pecho y la espalda; su piel era roja y el cabello negro. Me vio y en su cara encendida pude distinguir las facciones del rostro de mi padre. Era como si el oni hubiese absorbido parte del físico de mi padre. Cuando me dio la espalda se transformó por completo en él y observé que llevaba un traje de vestir color azul, semejante a los que usaba para ir al bufete. Noté que sus manos estaban llenas de sangre y como ésta manchaba el piso del cuarto. Se volteó y pude constatar que era el oni. “Your body and blood beg for justice.” Ahora estaba sentada en la cama llorando. Yo me encontraba parado en el umbral de la puerta. Mi padre entró moviendo las manos de manera agitada, similar a los manoteos que se generan en una discusión. Yo podía sentir como el ánimo de él y de mi madre crecía con cada minuto. Se acercó a la cara de ella y le dijo algo que no logré oír. No sé si fui yo o el tiempo, pero dentro del cuarto todo se detuvo en un presente estático y ninguno de nosotros pudimos movernos de aquel lugar. El sonido del motor de algún auto al pasar por la calle, alguien abriendo y cerrando una ventana, un perro ladrando en la noche, el movimiento de los ratones hurgando en la basura y el interruptor para encender la luz en toda aquella oscuridad… todo se había detenido en ese instante. Vi a mi madre quitarse el anillo de bodas y lanzárselo en la cara al oni. Éste le propinó un golpe que la tendió en la cama. Su mano le dio a la lámpara de la flor de loto que estaba en la mesa de noche. Ella se levantó tambaleándose, fue al ropero y sacó una maleta. El oni se le acercó y le dijo algo al oído, y de repente salió corriendo de la habitación. Mi madre comenzó a tirar su ropa en la maleta, justo cuando él reapareció. No logré ver lo que llevaba en la mano, hasta que se acercó a su espalda. La asió por la cintura y a la fuerza la volteó. Ella lo miró directo a los ojos y luego él la abrazó. Mi madre, recostada en su hombro, daba unos movimientos descompasados. La mano derecha de mi padre soltó un cuchillo al suelo que emitió un eco vacío al chocar con las losetas del mármol blanco de la habitación. No hice nada para detener a mi padre, ahora ya es imposible recuperarla.

Pausa final

No me había movido del umbral, recordando la escena olvidada. Lo observaba mientras dormía; aún no despertaba. “Your body and blood beg for justice.” Me acordé de esta línea y vi que aún no había soltado el cuchillo que traje desde la cocina. Yo estaba armado y había comprendido que podía acabar de una vez y por todas con ese demonio.

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Tortugo (X)

por Elidio La Torre Lagares

Hacemos el amor y el cielo se estremece. Truena y relampaguea. La lluvia continúa mojándolo todo. Somos una canción de Aute. Revolvemos al aire. Hay dos cosas que son muy difíciles disimular: cuando uno está borracho y cuando se desea a otra persona. Huele a canela y a pudín de chocolate. Sudamos copiosamente. Me veo tocar la eternidad dentro de ella, su cuerpo liviano aferrado al mío, sus labios desesperados ahogados en los míos. Nos estremecemos y sufrimos el temblor sustancioso del éxtasis. Nos venimos en galaxias. Recuperamos las migajas de memorias apocadas por la negación.

Más tarde, flotamos entre sábanas. Pienso en qué momento de mi miserable vida merecí tanta dicha pero carezco de referente, o de recuerdos. Da igual. Mina se acuesta sobre mí. Su sexo mojado juega con el mío y me levanta sensaciones. Comienza a frotarme lentamente.

—Es tal como me lo imagine —dice.

—Quisiera no despertar.

—Busca tu pistola.

La sugerencia es cruel e injusta, mas no menos verdadera. Estoy aquí para matarla.

—No quiero —digo.

—Si me vas a matar, mátame contigo adentro.

Trato de alejarla de mí, pero ella se aferra y sonríe.

—Anda. Métemelo.

Ella se acomoda sobre mí y en solo suspiros estoy dentro de ella.

—Ven… así… dispárame…

Mientras se mueve, alcanza a Melquíades y lo coloca en mi mano.

—No quiero.

—Sí… diiisssspaaaaaraaaa…meeee… —dice, mientras toma mi mano, que empuña la pistola, y se la coloca en la cabeza.

—Noooo… amor, ¿cómo destruir tanta belleza?

Me estremezco mientras penetro carne arriba. Ya me siento bullir dentro de ella, cuando de pronto, se escucha un sonido vibrante como de cepillo dental en la habitación. Mina abandona su cabalgata bruscamente y se torna hacia la voz. Mis ojos han visto extrañezas, muertes y muertos, pero nunca dos improbabilidades hacerse posibles tan seguidamente. Primero, Mina en mis brazos, y ahora, Dorelia en medio del cuarto con un vibrador en la mano.

—¡Dorelia! —dice Mina exaltada al brincar fuera de la cama y cubrirse con las sábanas de la cama. En el movimiento, golpea mi mano y la pistola cae al pie de la cama. Los ojos de Dorelia se van agrietando entre susto, incomprensión y aturdimiento.

—¿Uraschi? —dice confundida a la vez que suelta el vibrador.

No se otorga la oportunidad de corroborar la sensación nerviosa que entra por sus ojos y se desglosa en imagen en su cerebro. Simplemente, deja el instinto evidente llevar su mano hasta dentro de la cartera, de donde extrae el calibre 22 y dispara contra Mina.

Todavía me estoy viniendo cuando el cuerpo de Mina se desploma sobre el mío en complejos matices de un rojo profundo, sus labios titilando en palabras que apenas percibo.

—¡Mina! ¡Mina! —intento que se mantenga alerta, pero como muchos otros deseos míos, todo termina en futilidad.

La última mirada es tierna. Iluminada. Como quien recién descubre una paz nueva e intenta darle forma de palabra. Sus pupilas son dos bocas que llaman desde el otro lado, pero no las escucho, solo las veo desintegrarse en una dilatación final extrañamente indolora y feliz. Y de pronto, aprendo a llorar.

—¿Qué has hecho? —le digo a Dorelia—. ¿Qué haces aquí?

—Yo hacía mi trabajo. Pero, ¿y tú? —dice a lagrima muerta—. ¿Cómo llegaste a la cama de la mosquita? La cabrona. Tanto que lloraba y lloraba. Que si su marido no la tocaba. Que si le hacían falta nuevas sensaciones en la vida. ¡Puta! ¡Puta! ¿Tenía que meterse con mi marido?

—No soy tu marido —aclaro.

—¡Cállate! —dice, y entonces me dispara.

La sangre brota desde el hombro izquierdo y baña el rostro de Mina. Somos uno en un ritual. Dorelia comienza a llorar y se inmoviliza mientras el infierno baila en mi piel. Reclama que lo siento, Daddy, lo siento. La maldigo mil veces. Dorelia agita el arma al aire y se lleva las manos a la cabeza.

—¡Cabrón! ¡Por tu culpa! ¡Yo te amo! ¡Te amo! ¡Te dije que mataría por ti! Desde la cama, adolorido, y sosteniendo el cuerpo muerto de Mina, hago un esfuerzo y levanto mi brazo derecho. Melquíades aún está envuelto en mi puño.

—También dijiste que morirías.

Dorilea deja caer su arma y hace amague de decir algo, pero ya es tarde. El disparo le traspasa entre sus ojos. Se desploma como albatros baleado.

Con el lado derecho del pecho adormecido, me visto y recojo mis cosas. Me inclino sobre Mina y me parece que experimento otra modalidad de belleza imperecedera. Su piel parece haberse liberado del peso y la tensión de la memoria. Se ha hecho una imagen. Un verso. Cambio de materia. Beso sus labios ensangrentados y me parece que la escucho llamar mi nombre.

Sueño y muerte, todo sucedido en una tarde.

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Tortugo (IX)

por Elidio La Torre Lagares

Sentado en una esquina del baño, fumo insistentemente mientras Melquíades descansa sobre uno de mis muslos. Opuesta a mí, Mina me observa, con las rodillas comprimidas en posición fetal. Es una pesadilla. Es un sueño.

—¿Fue él? —inquiere.

Fumo.

—¿Fue él quien te ordenó que me mataras?

Exhalo.

—Maricón —dice—. Quiere quedarse con mi dinero y traer a vivir aquí a su novio.

La ignoro. Es demasiado golpe para diluirme en una conversación que, como muchas otras cosas, no me importa en nada.

—¿Vas a matarme?

Apago el cigarrillo en el lavamanos. El baño se ha llenado de humo.

—Pero qué digo. Ya lo hiciste una vez. ¿Qué cuesta repetirte? Sólo somos un eco, solías decir en clase.

Cierro los ojos. No sé por qué confío, pero cierro los ojos. Me parece verla con su falda cuadriculada y su olor a frutas cuando cruzaba frente a mi escritorio para sentarse en el primer pupitre. Lo intocable hecho piel. Incorruptible, excepto por mi mano.

—Nunca contestaste ninguno de mis correos. ¿Por qué? Sufrí mucho cuando te despidieron. Me sentí culpable.

—Nada que lamentar, Mina. Fuiste buena estudiante.

—Quería ser buena en más que eso.

—Pero no, ¿no entiendes? No se podía.

—Claro.

—Era comprometedora la situación. Perdía mucho.

—Perdiste como quiera, René. Mírate. Eres un sicario, por Dios.

René. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me llamó por mi verdadero nombre?

—¿Cómo has caído en esto?

Me pregunto lo mismo, pienso.

—Mi maestro, mi sueño, mi ídolo, ¿un asesino?

Carezco de materia prima: me faltan las palabras. Me siento aturdido y conmovido a la vez. Empuño a Melquíades.

—¿Cuánto te pagó por el trabajo?

—Treinta mil.

—Hijo de puta —dice entre dientes y se levanta bruscamente y sale del baño.

De pronto me siento que el caos es mayor que el misterio y me pregunto qué hacer.

—Mina, escucha… —corro tras ella.

En medio del pasillo, se torna hacia mí. Comienza a golpearme como puede, dado que trato de sujetar sus manos.

—¡Mátame! ¡Mátame! ¡Anda! —dice entre lágrimas, y luego se desploma en desconsuelo sobre mí—.

¡No sabes cuánto he sufrido! No sabes lo que he pasado. No sabes nada de esta vida de ornamento social. Y yo que toda mi vida he esperado volver a verte; y me he preguntado qué sería de tu vida, qué estarías haciendo; si tendrías hijos y esposa; si estarías fuera del país. Te he pensado y te he deseado sin nunca tenerte y, mientras tanto, he sido presa de aquella foto que nos tomamos juntos en el gimnasio del colegio. ¿Recuerdas? Era el Día del Maestro. Te besé el cachete. Y te deseé como nunca.

—Mina, calma —es lo único que puedo decir—. Aquello era un amor platónico, un Puppy love…

—Tenía dieciocho años… yo quería que me iniciaras en la vida, que me enseñaras.

—Pero ahora, ¿qué diferencia hace? Ha pasado tiempo. No puedes amarme aún.

—¿Quién te crees para decirme lo que debo sentir o no? ¿Eh? Ah, pero tú… ¿alguna vez sentiste algo?

La presiono contra mi pecho y de pronto concibo su calor desnudo aprisionarse contra mi cuerpo como una ráfaga de azufre. Mis manos recorren su espalda firme. Ella se separa de mí, toma mi rostro en sus manos.

—Dime. ¿Alguna vez sentiste algo?

En su mirada acuosa, me parece que rejuvenezco.

—Sí.

Lentamente, acerca su rostro al mío y deposita un beso suave y se apresta a quitarme la camisa.

—Si has de matarme, quiero morirme mientras me clavas —dice.

La bata cae como un telón.

No sé si el acto comienza o termina. No sé quién es el asesino.

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Tortugo (VIII)

por Elidio La Torre Lagares

Tomo un taxi y le pido que me lleve a la Calle Inga, en Punta Las Marías. ¿Adónde? ¿A la calle Pinga?, dice el taxista y ríe sólo a carcajadas. Me mira por el retrovisor y ve mi cara de hazme-otro-mejor, papi. Es un chiste, aclara el hombre de tez oscura y barba ensortijada. No le veo la gracia, digo. Seguro le pegaría un tiro en la cabeza, pero me contengo. Necesito completar mi tarea y tal vez comenzar a olvidarme de esta vida. Perdona flor, si te arranqué un pétalo, dice el taxista, y luego de una pausa gélida, arranca en risotadas nuevamente. Afuera se nubla repentinamente y comienza a llover. El tiempo discurre lento pero a toda prisa.

Al llegar a la dirección indicada, pago al taxista y me dirijo a la entrada de la casa. No hay mucha gente caminando por las aceras, observo. De todos modos, nadie camina en esta ciudad, excepto los turistas. Así que, una vez estoy frente a la puerta, entro el código que desactiva la alarma, introduzco la llave en la perilla y me adentro a la casa, como si siempre me hubiese esperado.

El interior parece un museo. Varias obras de arte, mucho espacio y una decoración minimalista bastante conservadora. Parecería una casa de muñecas por su impecable apariencia que le daba cierto rasgo inhumano a la residencia. Todo frío, fijo, como si nadie viviera allí. Miro alrededor y me parece que una casa tan grande encierra una soledad terrible. Dentro de todo el estruendoso silencio, se escucha en la lejanía una pequeña vibración motora, como la de los cepillos dentales de baterías. Perfecto, pienso. Debe estar en el baño.
Las escaleras están alfombradas, como el resto de la casa. Esto puede ser un problema a la hora de limpiar, me digo a mí mismo. Pero si ella se encuentra en el baño, asunto resuelto. Sigilosamente asciendo las escaleras y me da con pensar en Led Zeppelin, la banda que da sonoridad a mi vida. La vibración se hace cada vez más reconocible. Me dirijo a la puerta del fondo del pasillo, que está entreabierta, y de la cual escapa una espiga de luz como si quisiera buscar, por alguna condición de su materia, la oscuridad.

Desenfundo a Melquíades, le doy el beso de la buena suerte. Me paso la lengua por los labios y saboreo el metal. A pasos acrobáticos llego y con un leve golpe con la punta de los dedos, hago que la puerta se abra. Todo es inmaculadamente blanco en la inmensa recamara. La luz escinde los azulejos y ciega. Sentada en el bidet, una mujer queda dándome la espalda. Su bata es blanca y cae hacia los lados como dos alas cansadas. Sus piernas abiertas: una apoyada de la barra en la cual cuelgan un par de toallas; la otra, con el pie en pose de bailarina sobre el suelo. Su cabello marrón destila sobre su espalda. Tiene los ojos cerrados y la cabeza inclinada como si mirara el techo. En sus manos, un vibrador. Todos guardamos torceduras muy adentro, ciertamente.

—Te esperaba —dice.

Al abrir los ojos, clava su mirada en la mía. Tiene un carácter anfibio.

No grita. Se queda paralizada. Apaga el vibrador.

—¿Te conozco?

—No creo —digo mientras acerco a Melquíades a su cabeza.

La mujer apaga el falo alcalino y se incorpora lentamente, girando ahora, con la pistola en su frente, sin separar su mirada de la mía.

De pronto, su rostro comienza a componerse como vectores traídos desde diversos planos. Una imagen que se formaba en el tiempo como si el pasado presionara su rostro esperpéntico contra un molde de alfileres.
Era Mina.

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Tortugo (VII)

por Elidio La Torre Lagares

Al otro día en la mañana, encuentro a Dorelia sentada mirando por la ventana. No durmió nada, me dice. Ayer se cansó. ¿Alguna vez te has cansado?, pregunta. ¿Alguna vez ha llegado esa idea a tu cabeza que todo lo que haces no vale nada la pena? Ciertamente, contesto. Todo el tiempo, pienso. ¿Cuándo es cuándo? ¿Cuándo es demasiado?, dice, y me sorprenden sus atisbos filosóficos a su problema. Si te falla el hígado, el cuerpo te lo hace saber; si te falla el corazón, igual. Pero, ¿cuándo falla lo que uno tiene por dentro? El corazón y el hígado van por dentro, aclaro. Dorelia se molesta, me dice idiota y se encierra en el baño. Odia cuando le hago sentir su propia estupidez. Hay tanto que depende de una puerta cerrada, además de la perilla mohosa.

Me preparo para salir. Me doy un trago. Tomo a Melquíades y salgo como si nada hubiese ocurrido. Sin embargo, regreso y toco a la puerta del baño.

—¿Estás viva? —le digo.

—¡Vete al carajo!

—Okay. Mira, tengo un trabajo que completar.

—Qué me importa. Yo también.

—Que te vaya bien, entonces.

La puerta del baño se abre violentamente. Me encuentro con un calibre 22 que me apunta a los ojos.

—¿Y eso? —digo inmutado.

—¡Mío! ¡Para mi protección!

—¿De dónde lo sacaste?

—Me lo dio Iscariote para amansar a los que se les va la mano conmigo.

Sin mayores impresiones, giro y retomo mi camino de salida.

—¿Cómo puedes dejar que me acueste con otros hombres y seguir tan campante?

—Te conocí así. Ésa eres tú.

—Eres un cobarde. Matas por cobardía.

Sigo mi camino.

—¿No te das cuenta? ¡Me debo a ti! ¡Soy capaz de cualquier cosa por ti!

—Ya veo. Me acabas de amenazar con un arma que ni sabía que tenías.

—¡Estúpido! ¿No entiendes? Moriría por ti. Mataría por ti.

Me detengo en la puerta y la miro seriamente ante la elocuencia filosa de su confesión.

—Necesitas un trago —le digo y salgo.

Vuelve temprano, escucho su voz en la lejanía. Hoy traeré arroz chino.

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Tortugo (VI)

por Elidio La Torre Lagares

Dorelia duerme la borrachera de anoche al momento de levantarme en la mañana. No la sentí llegar. Tiene caminar de gata, siempre digo. Decido dejarla descansar y me sorprendo de lo considerado que me he tornado con ella, con quien francamente sigo por dos razones disímiles: una, que ella cree que se debe a mí por salvarle la vida hace tres años; la otra, porque Iscariote le cede el lujoso apartamento donde ella vive, cosa de lo que me aprovecho, pues yo ando con el hogar a cuestas. Todo es transitoriedad. Eso sí: el dinero que gano lo guardo en una cuenta bancaria con la idea de retirarme algún día –pronto– a la Isla Tortuga, entre las aguas costarricenses, a mirar el Pacífico, que me llama.

Me cepillo, me afeito, me visto. Salgo a la cita con el individuo.

Cruzo la avenida, entro al Zacude, y me recibe una peste a pura mierda. Allí, vestido en camisa amarilla, con cara de fin de mundo, está quien queda supuesto como mi cita. Ramón, al verme, me grita:

—¡Qué bueno que llegas, porque tu amigo se ha cagado encima y vas a tener que limpiarlo tú!

—Lo siento, tengo problemas de incontinencia—dice el hombre que, aparte de la camisa amarilla, viste chaqueta negra, kakis y zapatos casuales.

—Jum… igual yo. Por eso me retiré de la poesía —improviso.

—So puerco… —le reprocha Ramón al tipo—. Tuve que limpiar su porquería.

—Tranquilo. Se trata de un problema físico nada más.

—¿Ah, sí? Pero no es tan viejo como para justificar que se cague encima —repudia Ramón—. A éste le han reventado el culo, creo yo.

—Eso no te importa, Ramón… eso pasa —digo, y le guiño un ojo, mientras le facilito cuatro billetes de cien dólares.

—Con que le han dado hasta más no poder… —dice el dueño del Zacude contando los billetes—. No hay problema, entonces.

—¿Podemos tener más privacidad? —pide el hombre de la camisa amarilla, evidentemente incomodado y enojado.

Salimos de allí. Caminamos unas cuadras y nos sentamos en el Mangulete, un restaurante dominicano. Con trasfondo de bachata, allí el tipo dice que su nombre es Albert y que el asunto que nos une es asesinar a su esposa, cosa que necesita que yo haga lo más pronto posible. Lo dice así, fresco lechuga. Sin pensarlo mucho y más bien, como si de tan solo decirlo se liberara de un gran peso.

—¿Qué le parece? —me pregunta.

—Me parece que es horrendo.

Entonces, de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta, me faja con un sobre.

—Hay treinta mil.

—Muy generoso.

—Y también una llave y el código para desactivar el sistema de seguridad.

—Suave.

—No te infles. Lo cambio cada tres días. Como decía, mañana estaré toda la mañana en juntas de negocios. Y a mi regreso a la casa en la tarde, debo encontrar el cuerpo de mi esposa.

Hecho. Por treinta mil dólares, se complacen peticiones. Así, sin pensarlo mucho, me guardo el sobre con el dinero y le pido que me facilite la dirección exacta y una foto de la víctima. La dirección la genera al momento. La foto me la debe, dice, pero que no me preocupe: ella siempre está sola. En la mañana, la asiste un ama de llaves que al medio día se va porque tiene otro trabajo en una cadena de comida rápida. Mi esposa apenas sale, acota. No tiene muchas amistades. Es un primor de mujer. ¿Y por qué querría asesinar a alguien así?, pregunto. Yo no lo haré. Lo hará usted. Claro, por supuesto, enmiendo. ¿Y por qué querría deshacerse de una mujer así, aparte de ser maricón? Eso es asunto mío, me dice, pero que cree que su esposa tiene un amante. Me suena algo apologético, una justificación macabra y enfermiza de una mente de similares categorías, pero, nuevamente, todos guardamos torceduras muy adentro.

No se habla más del asunto. Me levanto y camino de cara al sol.

Llamo a Dorelia y no me contesta. No sé ni por qué lo hago, pero debe ser el hábito de convivir con una mujer que ha hecho tanto por uno, aunque no la estimo como debiera. Debe estar trabajando, presumo. Tareas especiales de último minuto.

La tarde se torna pesada y calurosa. El aire de pronto deja de soplar en la ciudad. Miro mi reloj y pienso que es buen momento para pensar en Isla Tortuga.

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Tortugo (V)

por Elidio La Torre Lagares

Tras mucho esconderme de la ciudad insomne, de apagar las imágenes a puro trago y de masturbarme borracho hasta caer exhausto, decidí salir de mi hacinado estudio, donde sólo leía y bebía, para respirar el mundo. Entonces, sustituí mi realidad con otro punto de vista y me fui al club de strippers Godessia.

Durante el espectáculo, una hermosa bailarina entró vestida de colegiala-glam y quedé prendado de su imagen. La mente me traicionó y me regresó a aquello de lo que tanto huía: el recuerdo de Mina. (Mina, Mina, ¿por qué?) Fue entonces que un tipo grueso y de intensas gafas oscuras comenzó a insultar a la bailarina, y luego se acercaba de manera insistente a los pies del escenario y alcanzaba a tocar a la mujer que bailaba, quien evidentemente se sentía incómoda con la situación, pero nadie la auxiliaba. Una de las reglas del club es no tocar las chicas, pero el hombre pretendía tomar más de lo que le tocaba y nadie lo detenía. El tipo aparentemente ejercía cierto dominio sobre la escena, tal vez por la frecuencia con que debía visitar el club, o simplemente por su cara de perla, porque actuaba a sus anchas. Al terminar su rutina, la mujer se acercó a él. Intercambiaron unas palabras. El tipo la agarró por el brazo y, sin confrontar resistencia ni intervención de los bouncers, arrastró a Dorelia a las afueras del local. Sin pensarlo, terminé mi trago y los seguí.

En la acera, miré a ambos lados, pero no había rastros de vida pese a que la Avenida Ashford es la vena principal que lleva al cerebro de la ciudad. Escuché un ruido metálico y un grito de mujer muy cercanamente. Provenía de un callejón que daba a uno de los flancos del club por donde se manejaban los desperdicios. Al acudir allí, encontré al cara de perla golpeando a la mujer entre risas y reproches. Que te lo dije, que aquí el papi soy yo; que no me vengas con excusas de puta; te vienes conmigo ahora, insistía. Yo, en principio, pensé en meterme en mi concha e irme de allí, porque la cosa no era conmigo, pero el cara de perla advirtió mi presencia.

—¡Oye! ¿Qué haces aquí? —me gritó, y al yo no contestar, repitió—: ¡Oye, tú, bonito! Que qué haces aquí. ¿Alguien te llamó? ¿Eh?

El hombre soltó a la mujer y se dirigió hacia mí.

—Váyase —suplicó la mujer—. No se meta en lo que no le importa.

—Como quieras —dije, pero en ese momento el hombre se abalanzó sobre mí con una navaja que extrajo de alguna manera que no pude distinguir entre la oscuridad, la misma oscuridad que no le permitió atinar bien el zarpazo. El cara de perla tropezó y cayó al suelo, por lo que aproveché para patearle despiadadamente el rostro. Cabrón. Toma. Siente mi bota steel toe en la boca. Toma, toma. Y pude haber estado pateándole toda la noche, pero sentí una mano sobre mi hombro.

—Vámonos de aquí —suplicó la voz. Me dijo que se llamaba Dorelia y así huimos juntos.

Esa noche, Dorelia se entregó como premio al valor de su salvador. Afirmaba que me debía la vida y que como tal, estaría para servirme el resto de sus días. Me hizo el amor toda la noche y yo le hice el amor a Mina.

Del difunto, nunca más supieron de él. No figuró en los partes policíacos y no salió en los periódicos. Pero, en la mañana llegó hasta el apartamento de Dorelia el tipo de la capa púrpura con gemas y cristales.

—Te debo —dijo al verme, y entró con suma familiaridad al apartamento.

—Lo que sea, considéralo saldo.

—Es Iscariote, mi jefe—dijo Dorelia, algo nerviosa y cubriéndose con las sábanas de satén blanco.

—Me sacaste de encima al Trémulo. ¿Cómo te llamas?

—Uraschi Mataro —dije, y luego pregunté—: ¿Quién diablos es el Trémulo?

—El tipo al que le rompiste el tabique, la quijada y varios otros huesos faciales. El pobre murió de asfixia. Era mi socio. Pero nada. Ahora quedo solo con todo esto. ¿Tienes trabajo?

—Un asesino siempre tiene que tener la sangre fría —me dijo el Iscariote, acercándose a mi oído—. ¿Primer muerto?

Asentí. Dorelia sonrió como una chiquilla.

—Eres un animal, de verdad. Pero necesitas medios más civilizados —dijo, a la vez que me ofrecía una hermosa Glock 26, bastante compacta y ágil—. ¿Quieres trabajo?

—Prefiero efectivo.

—¿Y qué vas a hacer con el dinero?

Pensé un breve instante y finalmente dije:

—Me voy a Isla Tortuga.

—Bien, mi tortugo, y luego, ¿de qué vas a vivir allí?

—Carpe diem tremens.

—¿Eh?

—Nada. Ya resolveré eso.

Iscariote tomó mi mano y coloco el arma en ella.

—Yo creo que tú eres un asesino natural. ¿Aceptas?

El arma tenía el poder de un fetiche. Me hacía sentir vivo. Poderoso. Temido. Necesitado. Hasta había ganado un nuevo nombre, aunque, a fin de cuentas, seguía incompleto.

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Tortugo (IV)

por Elidio La Torre Lagares

Son las cinco de la tarde y el rugido de la ciudad en transformación entra por la ventana. Dorelia se acurruca sobre mi pecho y se queda dormida. Es un eco, ciertamente, de Mina, de la que aún conservo impresos aquellos emails de amor incondicional que cruza todas las barreras, que no tiene edad ni otros abismos del tiempo, y que me eran frecuentes mientras ella era mi discípula. Mina, mine, mi nada. Aquel intocable nexo con la perfección era a la misma vez la distancia que nos separaba, precisamente, debido a la edad y otros abismos del tiempo. Su último correo decía: “Espera por mí”, mensaje que de algún modo llegó a las manos de la Sister del colegio y quien determinó como prueba circunstancial aquel libro de Nabokov que Mina leía y releía, más que como tarea de clase, como fijación de una fantasía. Además, decía la directora, ¿qué brecha amplia queda entre una joven de 18 años y un profesor de 25?

Al ser expulsado del colegio, recibí una llamada de la madre de Mina. Me culpaba de pervertidor de menores, de abusador de conciencias. Mina, al sentir mi ausencia, había caído en un estado depresivo que la había llevado a un intento de suicidio. Espero que esté satisfecho, cerdo, me dijo la madre de Mina. Le deseo que la luz entre por sus pupilas. Y yo pensaba que ya era tarde –por lo de la luz entre mis pupilas– y pensaba en los ojos de la chica, prendados de los míos, de aquel verde anfibio que nadaba en su mirada, y entonces la veía más distante, intocable e imposible, aunque a sólo un aliento de distancia. ¿Cuándo en mi vida merecí tanta dicha del alma? Algunos principios se componen de finales.