Derivas
No me acuerdo de París por Axel Alfaro

El problema se acrecienta porque lo interior se vuelve más tenue también, o tal vez lo contrario: denso, abarcador. Cuando escribo de prisiones del cuerpo está implícita la idea, a mi pesar, de la mente como una esencia de la persona. Pero cuando la mente pierde la sincronía con la realidad no por su incapacidad de percibirla sensorialmente o de manipularla cinéticamente, sino porque comienza a inventar y añadirle —a desvariar, como le llama doña Isabel, un tanto poéticamente, a las manifestaciones de senectud—, ¿dónde queda la persona? Cuando cualquier otra persona pierde el contacto con la realidad según los demás, la desconexión es más tangible: el esquizofrénico oye voces o ve seres superpuestos al panorama que otros perciben como normal. Pero cuando una persona que apenas ve ni escucha, que no tiene la capacidad de moverse por el mundo y experimentarlo, ve y escucha cosas en el lugar de lo que debería ver y escuchar, ¿cómo medimos su equívoco? Nos tomamos la libertad de imponer nuestras percepciones porque la senectud viene con acusaciones peligrosas, pero sería irresponsable creerlo así de simple.

Mi peor manía es querer razonarlo todo, buscarle una explicación a la senilidad, a lo irracional. Le digo a Isa que si no fuera más que un cuerpo, solo con sus pensamientos, que necesita que le den comida y lo carguen y lo pongan sobre el inodoro y lo limpien y lo bañen pero está lleno de recuerdos y pensamientos y especialmente de deseos que no puede satisfacer, también me volvería loco. Otras veces me he preguntado si sus confusiones se deben a una incapacidad de distinguir los sueños y las pesadillas de la realidad. Sus fantasías siempre emplean los colores y los tropos de los sueños. Si no tiene experiencias sensoriales durante el día, no tiene con qué contrastar los sueños. Un sueño, como casi todo, lo identificamos por cómo no es: no tan claro, tan definido, tan tangible, como la vida real; pero tal vez para ella, que no tiene una vida clara, definida, tangible, que no puede caminar ni sostener objetos ni manipularlos ni ver ni escuchar, la niebla de los sueños —que muchas veces no percibimos hasta que despertamos y podemos reconocer y percibir lo mucho más real que se siente la vida despierta— da igual que la del día. Isabel objeta a esta hipótesis, porque cuando su abuela tiene sueños los cuenta como sueños.

El otro día había despertado con visiones apocalípticas. Se levantaron unas placas tectónicas y se destruyó la mitad del mundo, le dijo a Isa. Luego razonó que no podía ser verdad: En el sueño lo vi; imagínate, si yo no veo.

Pero la confusión inicial parecería apoyar mi hipótesis. Le dije a Isa, Pudo razonar la diferencia entre sueño y realidad porque este sueño fue suficientemente inverosímil. Claro que el mundo no está en ruinas (según ella lo describió). La confusión perdura cuando la situación de sus sueños parece posible, cuando nada la ayuda a aclarar.

Pero yo mismo reconozco los problemas de la teoría. Sí hay una diferencia entre los sueños y la realidad de Alicia —no que los sueños sean brumosos, sino que parecen ser más claros y definidos que su vida. En ellos camina y ve y oye y conversa con gente. Eso podría explicar que los prefiriera a la vida, que decidiera no creer más esta pesadilla de veinte horas del día inmóvil en una niebla, e ignorarnos cuando la tratemos de convencer, hasta el momento en que pueda regresar a la vida más real. Pero no explica que confunda las dos, que no entienda la diferencia entre un plano y otro, que no capte que un recuerdo reciente que depende de que estuviera caminando por la calle y hablando con gente no pudo haber ocurrido en este mundo.

No me acuerdo de París por Axel Alfaro

La situación de doña Alicia es materia de pesadillas. Sin vista, sin audición, sin movilidad, es un cuerpo cuyas voluntades han perdido la sincronía con la realidad. La vejez ha llevado contra su cuerpo un lento sabotaje de historia de submarinos nucleares o naves especiales, descomponiendo uno por uno los sistemas que la hacen funcionar. El radar se oscurece, se pierden las comunicaciones, y finalmente los motores estallan y la nave queda a la deriva. Cuando el cuerpo pierde la manera de satisfacer sus deseos y necesidades, de responder a los mandatos de la mente mediante los brazos y las piernas, deja de ser una nave para conducirse por la vida y se vuelve un recipiente que la atrapa. Un limbo, unos puntos suspensivos.

Lo único deseable parecería ser la muerte, porque a los 94 años la salud sólo puede ir cuesta abajo, y sería la única manera de frenar ese descenso. Algunas veces esta angustia, más liviana que el cuerpo que la contiene, sale a la superficie de Alicia. La llama Justa desde Florida; tienen la misma edad y son amigas desde que tenían 15 años, en Cuba, pero el cuerpo de Justa aún no le ha fallado. Alicia dice (a nadie en particular, hablando sola incluso cuando habla con gente), que Justa es como una filósofa, que le gusta pensar en las palabras, y que le dijo: “Paciencia es paz y ciencia, la ciencia de la paz. Tienes que tener paciencia”.

Otras veces, sin embargo, limitarse a esperar la muerte parece imposible. Está tan fuera del alcance de su voluntad como ponerse de pie, caminar o servirse su propia comida. De vez en cuando dice que su vista está mejorando, o que volverá a caminar. Según Isabel, su abuela antes era una silbadora experta, con un silbido fuerte y distintivo. Le alegra llegar y encontrarla tratando de silbar, otra resistencia al deterioro de su cuerpo. De repente doña Alicia parece proponer un acertijo: “¿Qué animal no tiene lengua para comer?”. Pero cuando Isabel le dice, “No sé”, su abuela dice, “Yo tampoco”. Alguna vez lo aprendió, pero ya lo olvidó. Sus pensamientos parecen concentrarse en el cuerpo, en los dientes que le faltan para poder silbar, en lo que le falta al animal que no tiene lengua para comer, en la función de la lengua, de los órganos, de la carne.

Mi suegra reacciona al convencimiento de su madre sin pena ni alegría. Me dice que Alicia está reaccionando con el optimismo que ha mostrado toda su vida. Pienso en su pasado. Se adaptó a los caprichos de la dictadura de Machado, a la vida en el campo cuando la pobreza los exprimió de Santiago de Cuba. Ahora dice que esa época no fue dañina porque tenían para comer, porque su padre sembró boniato y viandas y su madre siguió ejerciendo de maestra en el campo. Durante el régimen de Batista, mandaba primeros auxilios, colchas y sudarios a la sierra Maestra. En su último día como revolucionaria, celebraba en Santiago el ascenso de Fidel. “Cuando me acosté era revolucionaria, ayudaba a la Sierra, pero cuando me levanté y supe que habían fusilado a 91 hombres esa noche, que abrieron una fosa común y los tiraron ahí como perros, dejó de gustarme.” Desde entonces fue contrarrevolucionaria, miembro del Frente Anti Comunista de Liberación. Una vez a la semana iba a Guantánamo para recoger mensajes, luego a La Habana para llevarlos. Pero la arrestaron y pasó cinco años en la cárcel. Cuando cumplió su condena, iba todos los días a pedir permiso para salir de Cuba, hasta que se lo concedieron.

Entonces comienzo a pensar que es inevitable que una vez más reaccione a su situación con una resistencia testaruda. Aunque tiene 94 años, piensa que por pura fuerza de voluntad su vista se desanublará y sus oídos escucharán.