Derivas
No me acuerdo de París por Axel Alfaro

La situación de doña Alicia es materia de pesadillas. Sin vista, sin audición, sin movilidad, es un cuerpo cuyas voluntades han perdido la sincronía con la realidad. La vejez ha llevado contra su cuerpo un lento sabotaje de historia de submarinos nucleares o naves especiales, descomponiendo uno por uno los sistemas que la hacen funcionar. El radar se oscurece, se pierden las comunicaciones, y finalmente los motores estallan y la nave queda a la deriva. Cuando el cuerpo pierde la manera de satisfacer sus deseos y necesidades, de responder a los mandatos de la mente mediante los brazos y las piernas, deja de ser una nave para conducirse por la vida y se vuelve un recipiente que la atrapa. Un limbo, unos puntos suspensivos.

Lo único deseable parecería ser la muerte, porque a los 94 años la salud sólo puede ir cuesta abajo, y sería la única manera de frenar ese descenso. Algunas veces esta angustia, más liviana que el cuerpo que la contiene, sale a la superficie de Alicia. La llama Justa desde Florida; tienen la misma edad y son amigas desde que tenían 15 años, en Cuba, pero el cuerpo de Justa aún no le ha fallado. Alicia dice (a nadie en particular, hablando sola incluso cuando habla con gente), que Justa es como una filósofa, que le gusta pensar en las palabras, y que le dijo: “Paciencia es paz y ciencia, la ciencia de la paz. Tienes que tener paciencia”.

Otras veces, sin embargo, limitarse a esperar la muerte parece imposible. Está tan fuera del alcance de su voluntad como ponerse de pie, caminar o servirse su propia comida. De vez en cuando dice que su vista está mejorando, o que volverá a caminar. Según Isabel, su abuela antes era una silbadora experta, con un silbido fuerte y distintivo. Le alegra llegar y encontrarla tratando de silbar, otra resistencia al deterioro de su cuerpo. De repente doña Alicia parece proponer un acertijo: “¿Qué animal no tiene lengua para comer?”. Pero cuando Isabel le dice, “No sé”, su abuela dice, “Yo tampoco”. Alguna vez lo aprendió, pero ya lo olvidó. Sus pensamientos parecen concentrarse en el cuerpo, en los dientes que le faltan para poder silbar, en lo que le falta al animal que no tiene lengua para comer, en la función de la lengua, de los órganos, de la carne.

Mi suegra reacciona al convencimiento de su madre sin pena ni alegría. Me dice que Alicia está reaccionando con el optimismo que ha mostrado toda su vida. Pienso en su pasado. Se adaptó a los caprichos de la dictadura de Machado, a la vida en el campo cuando la pobreza los exprimió de Santiago de Cuba. Ahora dice que esa época no fue dañina porque tenían para comer, porque su padre sembró boniato y viandas y su madre siguió ejerciendo de maestra en el campo. Durante el régimen de Batista, mandaba primeros auxilios, colchas y sudarios a la sierra Maestra. En su último día como revolucionaria, celebraba en Santiago el ascenso de Fidel. “Cuando me acosté era revolucionaria, ayudaba a la Sierra, pero cuando me levanté y supe que habían fusilado a 91 hombres esa noche, que abrieron una fosa común y los tiraron ahí como perros, dejó de gustarme.” Desde entonces fue contrarrevolucionaria, miembro del Frente Anti Comunista de Liberación. Una vez a la semana iba a Guantánamo para recoger mensajes, luego a La Habana para llevarlos. Pero la arrestaron y pasó cinco años en la cárcel. Cuando cumplió su condena, iba todos los días a pedir permiso para salir de Cuba, hasta que se lo concedieron.

Entonces comienzo a pensar que es inevitable que una vez más reaccione a su situación con una resistencia testaruda. Aunque tiene 94 años, piensa que por pura fuerza de voluntad su vista se desanublará y sus oídos escucharán.