Harriet

Para Luzia Peltier, que supe de ella

“No fundo do peito, esse fruto apodrecendo a cada dentada.”

(Macalé & Duda Machado: Hotel das estrelas)

Se llamaba Harriet, pero no era rubia. Las personas siempre esperaban de ella cosas como largas trenzas, ojos azules y voz mansa. Se espantaban con los hombros anchos, la cabellera media áspera, el rostro marcado y duro, los ojos endurecidos. Harriet no jugaba con los otros cuando éramos niños, Harriet siempre se quedaba sola. Pero aun así, a las personas les gustaba.

Casi todo el mundo fue a la estación cuando ellos se fueron para la capital. Ella estaba apoyada en la ventana, con el pelo áspero en torno a las mejillas protuberantes. Yo me quedé mirando a Harriet sin llegar a imaginármela entre los edificios y los carros. Creo que sentí pena -y creo que ella sintió que sentí pena, porque de repente hizo una cosa completamente inesperada. Harriet bajó del tren y me dio un beso en el rostro. Un beso duro y seco. Cualquier cosa como una vergüenza de gustar.

Ésa fue la primera vez que vi los pies de ella. Estaban descalzos y un poco sucios. Los pies de ella eran los pies que la gente esperaba de una Harriet. Pequeños y blancos de uñas azuladas como de niño pequeño. Yo deseaba mucho quedarme mirando sus pies porque pensé que sólo había descubierto a Harriet en el momento de su partida. Pero el tren se fue. Y ella no miró por la ventana.

Un tiempo después vimos una foto de ella en una revista, con un vestido de baile. Harriet era modelo en la capital. Todo el mundo lo dijo y compró la revista. Casi todos los días veíamos su foto en el periódico. Harriet era famosa. La ciudad la adoraba, pero ella nunca le escribió una  carta a nadie.

Mucho tiempo después, yo la vi otra vez. Yo estaba trabajando en un periódico y le tenía que hacer una entrevista. Harriet estaba sola y no se puso contenta de verme.  Continuaba alta y consumida y tenía en los ojos una sombra llena de dolor. Fumaba. Le hablé de la ciudad, de las personas, de las calles -pero ella pareció no recordar. Me contó de sus películas, sus desfiles, sus viajes- contó todo con una voz lenta y ronca. Después, sin que yo entendiera por qué, me mostró una cosa que había escrito. Una cosa triste que parecía una carta. Había un pedazo que nunca jamás conseguí olvidar, y que decía así:

sabes que el que tú me gustaras llegó a ser amor porque yo me conmovía viéndote si yo me despertaba en el medio de la noche nada más para verte durmiendo dios mío cómo me dolías devezencuando yo me voy a quedar esperándote en una tarde cenicienta de invierno en el mismo medio de una plaza  y entonces mis brazos no serán suficientes para abrazarte y mi voz va a querer decirte tantas cosas que me voy a quedar callada un tiempo enorme solamente mirándote tú sin decir nada solamente mirando mirando y pensando ay dios mío ay dios mío cómo tú me dueles devezencuando

Cuando terminé de leer tuve ganas de llorar y me quedé una parte del tiempo mirando los pies de ella. Y pensé que parecía que ella había escrito aquello con sus pies de niño pequeño, no con sus manos huesudas. Yo le dije a Harriet que era lindo, pero ella me miró con aquella cara dura que las personas no esperan de una Harriet y dijo que para nada importaba que fuera lindo. Tuve ganas de hacer algo por ella. Pero yo sólo tenía un cuarto en una pensión ordinaria con la línea del teléfono dañada siempre. Yo no podía hacer nada. Y si pudiera, ella tampoco me dejaría. Me fui con la impresión de que ella también quería decir algo.

Tres días después supimos que ella se había tomado un montón de comprimidos para dormir, se cortó las venas y metió la cabeza en el horno de la estufa de gas. Hubo mucha gente en el entierro y se quedaron inventando historias sucias y tristes. Pero nadie lo supo. Nadie supo de los pies de Harriet. Solamente yo. Uno de estos inviernos me voy a encontrar con ella en una plaza cenicienta y me voy a quedar una parte del tiempo sin decir nada sólo mirando y pensando: qué pena -qué pena, Harriet, que no hayas sido rubia. Devezencuando, por lo menos.

 

Traducción de Adriana Santiago

3 pensamientos sobre “Harriet”

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  2. Adriana escribe y traduce a veces, aunque esto francamente no puedo afirmarlo con absoluta certeza. Pero si puedo decir que a parte de su bitácora nómada, es con los dedos de una sola de mis manos que puedo contar la prosa y los versos que la autora escribió y me permitió leer, al menos durante el último quinquenio, o más. Y todo ha sido espléndido. Eso es lo bueno de no despilfarrar el potencial de los géneros o transgéneros narrativos.

    Y a propósito del cuento espartano que Adriana tradujo para presentarnos a Caio -bueno, al menos en mi caso fue eso: una presentación-, sólo quiero sugerir que si el suicidio es la consecuencia de alambicar, clandestinamente y por largo rato, el tedio y el amor en ¨una cosa triste que parecía una carta¨, entonces me parece muy bien asegurarse de tres maneras distintas que no habrá vuelta atrás. Lo lindo del cuento es que la suicida deja abierta la posibilidad de que su decisión sea un simple epifenómeno del amor.

    Buen cuentista este Abreu. Casualmente yo estoy leyendo al brasileño Rubem Fonseca, aquel que escribió: ¨Del fondo del mundo prostituto solo amores guardé para mi puro¨, y no está demás decir que después de leer Harriet y, un par de horas atrás la narración ¨Ciudad de Dios¨ de Fonseca, siento que el amor es más aspero y violento de lo que creía. ¿Existirá de verdad?

    Como sea, feliz día del amor. ¡Ja!

    Siempre es precioso saber de vos Adriana.

  3. Ven aca, estamos hablando de la misma Adriana Santiago? Mi profesora de espanol en la universidad? Bueno, ahora me entero de lo que hace esa mujer y me siento orgulloso de tenerla de mi lado. Se notaba su inteligencia, pero no sabia que llegaba a tal grado que hasta internacionalmente es conocida. Lastima que solo es por un semestre, gente asi no es bueno tenerlas por tiempo limitado. (Disculpen la falta de acentos, no se como ponerlos desde mi laptop).

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