Haciendo el amor

Hoy mi mejor amiga me contó, detalladamente, cómo se “tiró” a un mesero que apenas conocía y que probablemente, no volverá a ver. Entonces noto que cuando me narra su excitante experiencia, no hace mención de la palabra amor. Para ella es sólo un encontronazo con un pecho nuevo, un olor diferente, y algunos movimientos pélvicos inesperados. Y ella es feliz (con esa carita post coito tan encantadora) mientras lo cuenta, y sus ojos brillan tanto o más que los de mi otra amiga mientras desfilaba hacia el altar el día de su boda.

Me pregunto constantemente qué significa hacer el amor. Y cuando me lo planteo no puedo dejar de imaginarme dos cuerpos desnudos y sudados, tanteando posibilidades, buscando entradas y salidas a fin de rasgar un poco la felicidad. Y entonces creo que lo he resuelto, con ayuda de la televisión que me regala a diario escenas de películas, o novelas melodramáticas donde el amor es esa cosa gigante (separada para unos pocos: los buenos y los pobres, los demás no hacen el amor, sólo tienen sexo) que llena definitivamente, todos los recovecos vacíos de nuestra pobre existencia. Eso es hacer el amor. Dos personas en una habitación. Dos seres que se conocen, y se reconocen en el paso del tiempo, y deciden entregarse a una intimidad que sólo es posible entre aquellos que se saben, que se buscan y que se aman. Y me pregunto, ¿por qué relegamos eso de hacer el amor a quienes pertenecen a una relación, digamos, formal o tradicional? Olvidamos que amor es lo que nos da la gana de llamar amor. Olvidamos que amor es sólo una palabra, una invención para subsidiar dignamente ciertas áreas de nuestra vida. Por tanto, amor puede ser lo que sea, cuando quiera serlo. Pero es casi imposible disuadir esa idea aprendida, y aprehendida, de lo que debe ser el amor. Eso pensaba yo mientras veía los ojos relucientes de mi amiga, su sonrisa abierta, sus poros aún hinchados, y su pelo desgreñado que parecía reírse de todo y de todos. Era una mujer feliz, y aunque su cuerpo hablara por ella y me dijera que estaba segura de haber hecho el amor, su cabeza no podía asimilar de esa forma su experiencia. Aquello no era amor, aunque lo fuera. No podía serlo porque nos hemos empeñado en que todo lo que entra por la puerta trasera, no es real, o no merece ser reconocido como tal.

Ojalá pudiéramos entender que no es necesario andar por la vía principal, para poder andar. A veces las aceras, las esquinas que nadie ve, son nuestras avenidas principales. Tal vez, si pudiéramos ver eso, los homosexuales se la pasarían mejor, sin tener que andar aguantando todas las tonterías de nosotros, los Otros que creemos vivir bien, por ejemplo.

Mientras mi amiga me contaba, me tomaba la mano como para transmitirme alguna sensación, y me daba un pasaje hasta aquella cama que nunca he visto, ni veré. Y me daba cuenta de que yo también hacía el amor con ellos dos, porque ella fue feliz haciéndolo, y era feliz narrándolo. Y yo fui feliz escuchándola. ¿Cómo pudo un desconocido hacer tan feliz a mi amiga, aunque fuera por unas pocas horas? Amor. Es amor. Ojalá no fuera tan problemático reconocer nuestra capacidad amatoria, y el don de la naturaleza (por más que queramos divorciarnos de los animales) que nos permite ser y hacer felices a otros. Ojalá las relaciones no fueran casas cerradas, y permitieran un flujo más sensato de personas capaces de nutrirlas. Ojalá que todos tuviéramos derecho a hacer el amor, y no sólo esos pocos que se llenan la boca por llevar algo “en serio”, algo que valide formalmente un orgasmo o una eyaculación.

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