Notas introductorias para cuentistas emergentes en P.R.

El cuento literalmente tiene que oler a cuneta. Hace falta un nene que cuando se mire en el espejo vea a una nena o a su viejo o a su maestro de educación física en suspensorios exigiéndole tres vueltas alrededor de la salita. El nene por supuesto vive en un apartamento de la capital. Como en las películas, nunca va al baño a menos que un suceso trascendental en su vida suponga ocurrir en el baño. Es decir, nadie mea mirando la pared sin que la pared cobre la forma de un minotauro o se disuelva casi instantáneamente como el Quik en la leche. (Al menos una referencia a la niñez en los ochenta, obligao). Llueven drogas. Se cuelan por alguna de las cincos goteras necesarias para que el apartamento luzca lo suficientemente decadente. El nene, sin embargo, lee a Cortázar y tiene una novia que dibuja corazoncitos sobre las íes en su nombre. La novia simboliza la inocencia perdida del personaje principal. Se sobreentiende que muere en circunstancias no aclaradas. El nene se vuelve gótico. Empieza a gotear sangre de donde antes caían drogas. Se mira en el espejo y no hay nadie. Atolondrado se para frente al toilet y mea hasta que de momento la pared se desintegra y una fuerza le desamarra los gabetes y se lo lleva.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *