Geomortis y un café

Para los niños envueltos en la net de la deriva

Las figuras son espacio igual que los sucesos, la única diferencia es que las figuras son cosas formadas por la naturaleza y la naturaleza de las cosas es la que le da forma a los sucesos…
Imelda Marcos

El cuadrado es la única figura que se inventó el hombre…
Jesús Rafael Soto

El Sr. Redondo es muy cooperador y honesto. Su esposa, la Sra. Redondo, es muy dulce y hermosa. El día de su aniversario, ambos celebraron en un restaurante muy fino de la ciudad geométrica. Se divertían mucho mientras bailaban y reían. Después de un rato, la Sra. Redondo se excusó para ir un minuto a empolvarse la nariz y retocarse el peinado. El Sr. Redondo, muy contento, se quedó en la mesa esperándola.

—Disculpe, Sr. Redondo, el Sr. Cuadrado de la otra mesa me envió a preguntarle si usted podría ser tan amable como para hacerle un favor.

—Claro que sí. ¿Qué se le ofrece?

—Sí, él le está enviando una taza de café envenenada para que usted se la tome y se muera rápidamente.

—¿Rápidamente?

—Sí, rápidamente.

—Pues, cómo no. Dígale al Sr. Cuadrado que cuente con eso, sólo que quisiera esperar a que llegara mi mujer para besarla y despedirme de ella.

—¡No! El Sr. Cuadrado insiste en que usted se beba el veneno inmediatamente para que así su esposa no lo vea agonizando.

—¿Agonizando?

—Sí, agonizando.

—Bueno, si el señor insiste, páseme acá esa tacita de café. ¿Tiene azúcar?

—Sí, cuatro cucharaditas, yo misma las puse.

—¡Qué bien! Exactamente como a mí me gusta.

El Sr. Redondo se bebió la taza de café de cuatro sorbos y al instante comenzó a sentirse muy mal. Empezó a marearse y a sentir muchísimas ganas de vomitar. Le faltaba el aire y sudaba frío. Finalmente, murió sentado en su silla con la cara hundida en un plato de sopa de lentejas a medio terminar.

Cuando la Sra. Redondo regresó, llegó toda bien maquillada y peinada. Vio a una pequeña multitud reunida alrededor de la mesa que compartía con su marido. Abriéndose paso entre óvalos, triángulos y pentágonos, vio a su esposo muerto, con la cara sumergida en la sopa de lentejas. Descontrolada, comenzó a gritar:

—¡Auxilio! ¡Auxilio! Alguien llame a una ambulancia. Mi esposo está muerto.

Enseguida, llegó a su lado el Sr. Cuadrado.

—Tranquilícese, dama. No se preocupe, todo va a estar bien; confíe en mí.

La Sra. Redondo se calmó un poco. Después de que la ambulancia se llevara el cadáver de Redondo, el Sr. Cuadrado, muy amablemente, se ofreció a llevarla a su casa. En el camino, Cuadrado miraba cuidadosamente los pechos y los muslos redondos de la Sra. Redondo. Se impacientaba mucho por llegar con ella a donde ésta vivía.

Cuando finalmente llegaron, el Sr. Cuadrado se bajó rápidamente de su automóvil para, muy caballerosamente, abrirle la puerta a la viuda de Redondo. Ella, con lágrimas en los ojos, le dio las gracias y le invitó a entrar a tomar una tacita de café.

—Sí, claro que sí.

Ambos se fueron caminando juntos desde el automóvil hasta la puerta. El Sr. Cuadrado, muy excitado, miraba para todas partes sin poder creer que su malévolo plan estaba dando tan buen resultado. Al llegar a la puerta, la viuda de Redondo sacó las llaves de su bolso, la abrió y entró a su casa sin ningún problema. Pero cuando el Sr. Cuadrado se disponía a entrar, no pudo. Por más que trató y trató, no cupo ni por la puerta, ni por las ventanas, ni tampoco por la chimenea, porque eran redondas y no cuadradas.

Después de muchos intentos, el Sr. Cuadrado se puso muy furioso y decidió marcharse inmediatamente a su casa, donde la Sra. Cuadrado lo esperaba. Cuando llegó, la puerta de su casa estaba bien cerrada. Adentro encontró al Sr. Rectángulo con su esposa, la Sra. Cuadrado, bebiendo té mientras conversaban felizmente en el sofá.

—¿Podrías servirme un poco de té, querida?

—No, querido, lo siento. El té y el azúcar se me han terminado. Pero aquí está una tacita de café que el señor Rectángulo ha traído para ti. ¿Quieres?

—Sí, pero ahora vengo. Sé quién tiene mucha azúcar, voy por un poco.

—¡No! El Sr. Rectángulo quiere que te lo bebas ahora.

—¿Sin azúcar?

—Sí, sin azúcar.

—Bueno, pues si ambos insisten, pásenme para acá esa tacita de café. ¿Tiene veneno?

—Sí, cuatro cucharaditas, yo misma las puse.

—Pues qué bien coño, excelente, buenísimo. ¿Cómo adivinaste? Así es exactamente como a mí me gusta…

2 pensamientos sobre “Geomortis y un café”

  1. Dios. Estos relatos siguen perturbándome el cerebro. Eso debe ser bueno…
    para ustedes!

    La verdad es que está chévere esto. Lo que no sé es por qué. Aunque no importa. Pero sí deja un sabor raro en la boca. Como las papitas lays, que no puedes comer solo una, y de pronto se acaban… algo así.

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