En verano

Ya cuando te das cuenta de que has ido al cine tres noches corridas, debes admitir que tu verano no es lo que esperabas que fuera. Ese es mi caso. En el último mes, he ido al cine como cien veces. Y para mi desgracia (y la de todos los que andan como yo), la mayoría de las ocasiones han sido películas malas. Muy malas. Sin embargo, ante este vacío que es el verano, he insistido en regresar al cine, esperando, aunque sea, una película que valga la pena. Y la encontré. El filme se titula “My Summer of Love”, y si bien habrá quienes lo detesten, a mí me ha llevado a reflexionar sobre algunos asuntos que ya venían dando vueltas en mi cabeza, precisamente, durante el verano. A fin de cuentas, eso es lo que busco cuando me siento por dos horas a ver correr una cinta. Un instante (que puede ser eterno) de revelación, un encuentro entre mi mente y la del director que me empuje a querer ver más, a escuchar más, a vivir más. No hablo aquí sobre la película, sino sobre lo que la película provocó en mí, lo que me llevó a considerar, o para ser más honesta, lo que ya había considerado sin haberlo dicho. O escrito, que en este caso es lo mismo.

El verano es un espacio mítico, excesivamente dionisiaco como para ser real. Eso, o el amor es una fuerza tan intensa que sólo cabe en un par de semanas. Claro que siempre podemos pensar que el amor no es más que un intento de enmascarar lo que somos. Un juego inmisericorde, cuya levedad absoluta se convierte en una piedra que nos empuja hasta el fondo del mar. En la guerra y el amor, todo se vale. Ahora se suma otro elemento. En la guerra, en el amor y en el verano, todo se vale. Y es que el verano es la ruptura del año, y como toda ruptura, muestra su pesuña de horror y violencia. Por eso no nos reconocemos en verano, aunque creamos que sí. Aunque pensemos ilusamente que el verano es nuestro momento más auténtico, el intervalo en donde nos reconciliamos con nuestra verdad. Y quién sabe, quizá sea cierto. Quizá somos eso, la ruptura, la otra cosa que se queda afuera porque no cabe en el ritmo natural del año. La paralogía, diría Lyotard. En donde todo lo sagrado, como dijo Marx, es profanado.

Una de dos. O el amor es profanado en verano, o encuentra su verdad absoluta. Es decir, su simulacro más exacto. La fe (como muestra la película) también es una brisa de verano. Frágil, pequeña y gritona. Los gritos, claro, pretenden esconder su debilidad. Las conversiones (no conversaciones) drásticas se dan en verano. De mundano a cristiano, de heterosexual a homosexual (lesbianas en este caso), de tener una hermana muerta, a tener una hermana viva que exige que se le devuelva su “top”, como quien exige que se le devuelva el soplo de vida, y de usar hermosos trajes de baño y pañuelos con bisutería, a meterse en un sobrio y oscuro uniforme escolar.

Las lágrimas más genuinas se derraman en verano, a pesar de que los motivos sean puro invento. Eso es lo de menos. El fin (las lágrimas), justifican el medio (un montón de mentiras que fomentan las relaciones más reales y efímeras). En el verano uno se muere, y resucita también. Es el sol, el olor del mar, el aire hipnótico del ocio, el placer oscuro de saberse libre de tareas.

El verano es una foto en la que a veces quedamos mal. Es raro el verano. Muy raro.

4 pensamientos sobre “En verano”

  1. Es extraño el verano, sí. Cuando pequeña, tendía a odiarlo porque significaba distanciarme totalmente del mundo como lo conocía. No veía a mis amigos más, sino hasta tres meses después. La rutina se trastocaba. Cambiaba de país. Los amigos que pudiera hacer al final se esfumaban como si nunca los hubiera hecho. Recuerdo que la noche antes del primer día de clases no podía dormir por la emoción. Quizás esto sea patético, pero yo amaba la escuela porque era donde mi vida se desarrollaba, mis relaciones, mi aprendizaje. No fue hasta la universidad, cuando el sentido de pertenencia es mucho menor, que empecé a apreciar realmente las vacaciones. El verano entonces se convirtió en el oasis al que parecía nunca llegar, la ansiada época de no hacer un carajo. Ya después de graduarse, cuando uno empieza a trabajar, el verano sólo significa menos tapones en la calle y más filas en los cines.

  2. No te preocupes, a mí me pasaba exactamente lo mismo, por lo menos cuando pequeño. Todo el año escolar deseando vacaciones y todas las vacaciones quejándome del aburrimiento.

    Eso me recuerda, las clases empiezan pronto…

  3. El verano es el calor, con la lluvia que lo acentúa, los hombres que esperan por tu permiso en internet, para conocerte y soplarte verdades sexuales e indecorosas al oído, mientras la ciudad se vuelve insomne, los amigos de Wisconsin se suicidan porque ni aguantan el calor ni la incertidumbre, especialmente cuando acabas de graduarte de bachillerato, en verano precisamente. Somos muchos los que no sabemos cómo hemos sobrevivido. Somos más los que no sabemos si sobreviviremos el próximo.

  4. Creo haberte comentado alguna vez sobre el verano como tal y la amenaza de su perennidad en los países sin invierno. Para mí siempre ha sido un espacio de trabajo, amén de la diversión posible. Los veranos varían. Este verano fue muy particular para mí por muchas razones, entre ellas la capacidad para reinterpretar mi ruta creativa y existencial. No creo que deba entrar en detalles, Una persona como tú podría imaginar o suponer con facilidad este tipo de transformación, pero si he de confesar que en los muchos años que llevo de vida (bastantes, al menos) nunca me sentí tan real y adepto a retarme yo mismo y entenderme desde varias perspectivas. Eso lo debo a varias circunstancias, que hoy valoro y que de alguna forma sigo viviendo como sostén de la multiplicidad de opciones y rutas que no había visto, o que no había querido ver aunque ya sabía que existían en mí. El verano puede ser eterno. También lo pueden ser las palabras enunciadas por seres excepcionales.

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