En la tierra de la Opa

Les cuento, o no, se me olvidó que aquí no hay cuento que valga; mejor les digo o diré, algo que me pasó en la tierra de la Opa, de las guitarras turcas y de las olimpiadas. Grecia, o Grekía, como le dicen los propios griegos, es literalmente un pedazo de cielo estrellado en la tierra.De los once días que pasé recorriendo cada centímetro de playa y ruinas, sin contar los preciosos momentos sentado frente a manjares milenarios de vinagretas, ostras vivas y vino, fue en el tercer día en la isla de Myconos que finalmente decidí mandar por un día a los guías al Karajos, un islote unido a Myconos por un gigantesco puente y que tiene los mejores baños termales del Egeo, o al menos así me lo contaron. Decidí entonces quedarme y ver la verdadera Grecia y experimentarla sin intermediarios. Había escuchado que en una de las altas colinas de la isla había un oráculo de piedra que hablaba español y que precisamente ese día se celebraría un erethalo, una fiesta en honor al espíritu del oráculo. Mi novia prefirió quedarse a descansar en la habitación con una vista que de paso digo, tenía la selección natural de tonalidades de azul mejor planificada que he visto. Sabiendo que no la convencería de acompañarme, la besé en la frente y la dejé recordando mientras dormía alguna de las travesuras o fresquerías de la noche anterior.

El oráculo de Myconos quedaba a unas cuatro millas de caminos empinados y cúrveos flanqueados por cipreses, olivos y hierba florecida. Caminarlos a pie, cosa que sí hubiera hecho, y llegar a tiempo al erethalo era imposible, además, no podía darme el lujo de llegar tarde y perderme las danzas invocativas que abrían formalmente el evento y donde repartían vino gratis. Por algunos veinticinco euros alquilé una motocicleta modelo Frrido’lin 250 en buenas condiciones y me puse en marcha. El día estaba perfecto para emborracharse del aire puro y liviano que flotaba sólo a las afueras de las áreas turísticas y hoteleras. Ya no había anuncios de Coca-Cola ni policías multilingües, sólo se veía aquí y allá unas cuantas casas de piedra amontonadas alrededor de un pozo y una que otra señora de mantones negros y delantales blancos hablando por un celular. Me sonreían al verme y a unas cuantas les gritaba por encima del ruido del motor “¡Kalimera!”, que es el equivalente de hola en griego. Sentía dicha y sobresalto, ese momento no se parecía en nada a mi vida normal. Poco a poco me di cuenta de que a diferencia de lo que decían los guías, los griegos no eran personas reservadas y pocamente ermitañas, pude ver lo contrario en las alegres y generosas sonrisas que me regalaban; había más gusto y benevolencia que disgusto y celo.

Finalmente, casi a medio camino, el hambre matutina me hizo recordar que había salido del hotel tan deprisa que ni siquiera había desayunado. Miré el reloj y calculé que apenas tenía algunos cinco minutos para comer algo liviano y seguir sin más demoras mi camino. En el recodo de una curva cerrada me paré en un sitio bastante acogedor. Tenía una cortina de lona blanca, de su cocina salía un olor espeso a pan horneado y los manteles de la mesa estaban lo suficiente blancos como para convencerme de que el lugar era lo suficiente limpio. Un café y unas tostadas fue lo que se me ocurrió pedirle al amable señor que salió deprisa a tomar mi orden. Me miró por unos segundos y después de un rato salió una chica de rizos castaños con el café, pero en vez de tostadas traía pan untado con jalea de uvas blancas. Recuerdo que me miraba graciosamente y se reía, aparentemente de mí. Verifiqué mi bragueta y la encontré cerrada, miré mi rostro en el espejo de la moto y no estaba tiznado, no tenía nada colgando de la nariz ni tampoco había nada pegado en mis dientes. Llegué a sospechar del respeto con el cual pudieron haber manejado mis alimentos pero después de inspeccionarlos los encontré bien, nada desagradable o vivo. Comí con una prisa que cuidaba no caer en vulgar y a tres sorbos de café para acabar mi desayuno pedí la cuenta. Al levantar mi mirada vi que había más gente mirándome y ya no me cabía la menor duda de que era yo el causante de sus risas. Riéndome también, pedí nuevamente la cuenta y el mismo señor que al principio tomó mi orden me dijo.

—But I cannot charge you for anything.

—Why is that? —le pregunté más confundido aún.

—I cannot charge you because this is not a restaurant.

A lo que le siguió una ristra más de risas, las cuales yo sin remedio imité.

—This is not a restaurant, tourist, this is my house and you are sitting in my chair eating my bread and drinking my gapit!

Después de eso recuerdo el haber salido de ahí con mil excusas que ellos aceptaron con abrazos y besos en la mejilla, que el gapit me supo a café y que llegué justo a tiempo al erethalo. Lo que pasó allá es otra historia más cotidiana que además de vino gratis incluía danzas nudistas y queso de cabra alucinógeno. Si quieren en otro momento les cuento y de paso me incrimino. En Grecia todo se vale. Bueno, digo, casi todo.

5 pensamientos sobre “En la tierra de la Opa”

  1. ¡Qué envidia! No sé si veas esto, pero espero que sí para que sepas lo mucho que me gusto leerte. Casi pude oler el pan y hubiera dado lo que no tengo por saber si el gapit sabe o no a café. No me puedes dejar con la intriga, así que me apunto para los detalles del erethalo. Un beso grande para ti y otro para Verónica. Recuerda, me debes los detalles incriminatorios…
    Alma

  2. yo también quiero que me cuentes esas aventuras (porque el regreso al hotel TUVO que haber sido otra).

  3. qué buena narración viajera! (conste que dije narración, pues no me consta como anécdota) siempre había querido conocer a alguien ke fuese a esa emblemática karajos…

  4. Alma que bueno que sé de ti, los detallitos, bueno aun estoy pensando si los divulgo o no, despues de todo me llamo Jesús, Pidoki, mucho gusto y Mara… amiga mia, la vida está hecha de adécdotas aburridas, las buenas cuando finalmente vienen hay que saber narrarlas.

  5. ¡Qué sorpresa! Si, que sorpresa me llevé cuando Jesús me dijo: “Mi amor, escribí algo sobre nuestro viaje”, pero justito en el momento me enseña las reacciones de todos ustedes a la publicación!! Me reí mucho (por poquito lo mato), pero me alegra haber recibido noticias de ti, Alma Rivera. A todos los demás…¡saludos!

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