Él, villano (o Telenovela de sofá)

Doña Elsie estaba sentada en su sofá destartalado viendo la tele; viendo la tele como todas las señoras que cocinan arroz con pollo a las seis y ven el bloque de novelas, sentaditas, de siete de la noche a diez. Barrio Obrero hervía. Mitad de julio. Hacía calor. Tal vez por eso el sofá estaba junto a la ventana; junto a unas cortinas inmóviles que parecían más un mosquitero que otra cosa. La brisa a veces se colaba. Los palos de quenepas apenas se movían. A las 8:35 José Armando le confesó a Patricia Santibañez que él era su padre y que, con sus manos, había matado a su mamá. Sonó una musiquita tétrica de fondo. Después la reacción acompañada de las lágrimas.Yo lo sabía. Ese hombre es el diablo, es malo de vicio, repitió. A la doña se le revolcó el estómago pequeño. Se puso la mano sobre el corazón y se le secó la boca. Siempre lo supo. Don Armando era un galán, un hombre bello, rico, demasiado hermoso, no podía ser perfecto. Se persignó aterrada y se sentó más cerca, con la cara más pegada al televisor. La señorita Patricia extendió la mano e intentó sonarle un bofetón a su papá. Pero no pudo. La mano de su padre era gigante. Logró esquivarla. Acto seguido la empujó. Los tacones europeos se enredaron en la alfombra persa color azul, los ojos se le aguaron en cámara lenta, la señorita Patricia cayó de espaldas por la escalera. La escena fue terrible. La pobre vieja por poco se muere de un patatú.

Mientras la cámara dos enfocaba a la señorita rodando escaleras abajo, la cámara tres hizo un close-up de José Armando. Acto seguido, se fue la luz. Nadie avisó. En la casa no quedaban velas. La doña se quedó intranquila en el sofá, incapaz de pararse, con las lágrimas bajándole junto al tabique de la nariz, con la luz de la luna delineándole la cara. Apenas se reponía. ¿Qué habrá pasado?, se preguntó. Sonó la puerta de su casa. Miró hacia el lado y lo vio. José Armando estaba sentado en el sofá. La arritmia se le hizo evidente. Le llegaron los primeros síntomas del asma. Los ojos negros del señor brillaban como nunca. Viéndolo desde tan cerca, a su lado, tan gigante, tan hombre, sabía que cualquier intento por zafarse, por matarlo, por vengar lo de su hija, resultaría en algo vano. Tragó un poco. Preparó las piernas. A la cuenta de tres salió corriendo hasta su cuarto. José Armando alzó la mano con las peores intenciones. Tenía un puñal filoso sacado de nadie sabe donde. Él la siguió. La doña se encerró, puso el pestillo. Todo estaba oscuro. Unas cortinas gruesas tapaban las luz azul que se supone entraría por el cuarto. José Armando arremetió contra la puerta. La Doña se detuvo, buscó el teléfono, se sentó en la cama y marcó.

La policía llegó en trece minutos. Entraron y él seguía allí. Eso no estaba en el libreto. Forcejearon un poco, se amenazaron. Él es culpable de haber matado a la madre de su propia hija y de empujar a la Señorita Patricia por las escaleras. Yo soy testigo. Ella está embarazada. El desgraciado la empujó. Cuando los oficiales le pusieron las esposas llegó la luz. La Señorita Patricia se agarraba la barriga aterrada detrás de la pantalla del televisor, tirada sobre el mármol de la casa de los Santibáñez, llorando sin la necesidad de una cebolla. Los policías entendieron. El único detalle es que no supieron qué hacer con él, si llevarle al cuartel estatal de la barriada, que estaba a dos calles más arriba, o devolverlo a la ficción de donde procedía.

Los oficiales de la ley tuvieron que hacer llamadas, tener conversaciones largas con el teniente-coronel, verificar en los anales históricos de la isla sobre casos como este. Al fin y al cabo decidieron llevarse al asesino. Lo era. Lo encerraron en la celda del cuartel. Cuatro días comiendo pan, agua y galletas. El día numero cinco José Armando logró escaparse y regresar por su cuenta a la novela. No pudo, sin embargo, regresar a su papel de villano porque mientras estuvo encerrado en el cuartel de Barrio Obrero, la historia de amor tomó otro giro y él se había convertido en un recuerdo oscuro, en uno de los tantos obstáculos tortuosos que la Señorita Patricia y el Señorito Luís Emilio habían, ya, por fin, vencido.

Un pensamiento sobre “Él, villano (o Telenovela de sofá)”

  1. Este cuento certifica que el melodrama no es una estructura agotada, sino que depende de como se cuente.

    Tenia la impresion de que cuando Jose Armando esperaba en la carcel la policia iba a encontrar un precedente de otro caso del 85 en el que un personaje de Tanairi se escapaba de la trama para refugiarse en el barrio Fronton y fundar una secta como los amish, en la que todos viven como a principios de siglo pasado.

    buen titulo.

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