IX. El terremoto de las nueve

Los días son largos. El sol tarda mucho en derretirse sobre la punta de ese edificio que tanto me gusta, y que veo desde lejos como una señal divina. Hay una hora del día que Camila bautizó como la hora azul. Es cierto que la luz cambia, y en invierno, entre las 5 y las 6 de la tarde, Atlanta es azul. Pero la hora azul ya no lo es más. El verano trastorna el color, y las horas. En junio la hora azul es más bien rosada, y aparece en todo su esplendor entre las 8 y las 9 de la noche. Es en esa hora del día que regresan los fantasmas. Es que el día se pone autoreflexivo. Se enrosca como un animalito en medio de una noche fría. Es a esa hora cuando la gente saca a pasear a los perros, la hora en la que Eric busca el guante y la bola, y me pregunta “You wanna play?” porque el sol ha bajado, aunque el calor siga siendo insoportable.

Es a esa hora cuando mi garganta se hace polvo y el pecho me revienta y me dan ganas de llorar, pero no lloro. Y creo que me rebelo contra el día, contra todos los días, contra el cielo que ha cambiado de color otra vez y me anuncia una vejez que desconozco, pero que insiste en comulgar conmigo. Los hombros me pesan, el cuerpo se me cae un poco, la humedad hace crecer malas yerbas debajo de mi piel. Y entonces es el odio. Casi grito, casi me derrumbo, casi acabo con esta estadía que me araña la espalda cada vez que me volteo. Es el terremoto de las 9 de la noche. El techo de la ciudad se agita, miles de flechas caen sobre mí: es su risa que se ríe en otro país, son sus pasos que van trazando rutas tan lejos de mí, son sus ojos descubriendo tantos paisajes en los que no estoy, es su boca que quizá se desliza suave, por otro cuerpo, tan distinto, o tal vez tan parecido al mío. Hay una hora del día en la que se me acaban las ganas. Y se me resecan un poco las entrañas.

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