El sofrito

Acabamos de llegar de enterrar a Mami. Todo estuvo muy sentimental. Los de la iglesia cantaron sus himnos preferidos. A Mami le dio con meterse a la religión después de vieja. Debió ser el miedo a morirse e irse derechito a las pailas del infierno. A ella le gustaba tanto cantar, tenía una voz ronca pero lo hacía con tanta dulzura que se escuchaba hermoso. Recuerdo que mis hermanos y yo nos sentábamos a escucharla y nos quedábamos “eslembaos.” Nos dedicaba boleros de esos que todavía pasan los domingos por la tarde y que los viejos en los asilos ponen desde que amanece. Ella no sabía ni leer ni escribir pero tenía una memoria privilegiada. Se sabía las canciones con escucharlas una sola vez. Siempre se jactó de nunca haber olvidado algo.Cuando sus amigos empezaron a ser fulminados por el Alzheimer se obsesionó con probar que su mente era infalible. Se memorizaba fechas históricas que sólo le servían a los muchachos para las asignaciones. El punto álgido de la obsesión llegó el día que escuchó en las noticias de un estudio que relacionaba el aluminio con la enfermedad. Nos llamó a todos a decirnos que botáramos todas las ollas de aluminio porque Margarita Aponte dijo que eso era lo que estaba matando a los viejos. Todos nos negamos. Cuando la visité al otro día al lado del zafacón estaban todos los ollones que había usado toda su vida. Hasta el de hacer los sancochos. Tuve que llevarla a Sears a comprar ollas que no fueran de aluminio. Ese día estaba muy triste y me dijo que le daba sentimiento botar las ollas que habían sido de su abuela y que por décadas nos habían alimentado a todos nosotros. Hasta se echó a llorar y me dijo que esa tienda no le gustaba, que le dolía el pecho y que fuéramos a la Plaza del Mercado. Se secó las lágrimas y me preguntó si sabía hacer sofrito. Le contesté que era más fácil comprarlo en el supermercado. Mami me miró asombrada. “Nena, cómo va a ser, si en las fábricas lo echan todo junto con todo y pepas. Hasta cebollas podrías. A la verdad que en esta generación se van a morir to´s de Alzheimer.”

Así terminé con ella escogiendo pimientos dulces, los rojos porque así queda más oscurito el sofrito. Me hizo tocar todas las cebollas, buscando que estuvieran duras. No transó cuando le sugerí que compráramos una bolsa de ajos ya pelados. “Mija, pelar los ajos uno mismo es lo que le da gusto. Además tú no sabes si quién los peló se lavó las manos luego de ir al baño. El resto de la tarde la pasamos picando todo y echándolo en la trituradora. Estuvimos toda la tarde echando sofrito en envases de mantequilla que Mami guardaba porque eso de la Tupperware le parecía un asalto. Conversamos mucho, de cuando papi estaba vivo y nos íbamos todos de pasadía al Yunque. Recordamos aquellos picnic a orillas de la carretera con las mismas ollas que estaban en la basura, de cuando papi intentó hacer una cena de Thanksgiving y tuvimos que comer en Burger King. Terminamos la noche olorosas a recao y ajo. Cuando me fui Mami me dio mi sofrito y me dijo, “Nena, te quiero mucho, sabes”. Por la mañana nos llamó su vecina que Mami estaba mala. Sobre la mesa estaban todos los envases de sofrito con el nombre de cada uno de mis hermanos.

El entierro fue bien sencillito y vinieron todos sus amigos que aún quedaban en pie. A Mami le pusimos un traje verde oliva que le gustaba mucho. Mis tías vinieron de Estados Unidos para el servicio. Encima del ataúd pusimos una foto de ella y todos nosotros el Día de las Madres. Mami nos quiso mucho y sé que será difícil vivir sin ella. Me pregunto si mis dos hijos sabrán que los quiero. “Gabriel y Alejandro, pónganse los zapatos que vamos para la Plaza del Mercado, el sofrito se nos está acabando.”

5 pensamientos sobre “El sofrito”

  1. Que bello relato! Me acuerda a mi abuela, a mi madre y las marivillosas mujeres de mi familia. En casa hacemos el sofrito de la misma forma. Luego me quedan los dedos olorosos a recao y ajo con los recuerdos.

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