El premio

Ella daría lo que fuera porque la escenita de anoche no hubiese ocurrido. El limpiaparabrisas le hace burla en cada lamida de cristales mientras los neumáticos se tragan el asfalto. A veces resbalan. La brea de la Baldorioty, mojada y brillosa, parece sacarle la lengua y le tira trompetillas durante el camino de reflexión. Paulina, Jorge y ella. Él en medio. Ha de haberle servido de combustible al ego masculino y eso le da rabia. Una vorágine de decisiones por tomar y él engrandecido —premio de convocatoria, galardón griego de olimpiadas—, en mitad del parking de Plaza. Una lloraba; la otra se frotaba las palmas de las manos y se mordía los labios esperando el veredicto. O ella o yo, pronunció alguien; esperaba que no hubiera sido ella. ¡Que cliché, que trillado! Su mente suplicaba que hubiera sido la otra. Su mente también suplicaba que el recuerdo la revistiera de dignidad ante la escena del forcejeo, y ante la escena de la carta con el poema, y ante la escena—esa también, por qué no—de haber corrido hacia Margarita’s para bajar a fuerza de tequilazos con Percoset el “me cago en la hostia de los siete años que estuve contigo”. Daría lo que fuera porque nada hubiera ocurrido. Daría con gusto a quien se lo pidiera, el canvas que ahora enmarca el espejismo de su vehículo patas arriba debajo del puente de la Monserrate.

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