El poeta de Corozal

Para mi marida…

Dicen que se murió bebiendo. Aquella tarde comía por un tubito que parecía que le salía de entre las costillas. El agua sólo le mojaba los labios y la lengua. Tenía la piel gris, arrugada, un bigote chiquitito, todo blanco. Lo vi y pensé en el caballo que había comprado, sólo para verme correrlo.

Su casa era de madera, con las paredes de zinc. En las vigas del techo había versos escritos. Yo no sabía leer. Su patio no era patio; era una terraza abierta. El piso era de piedritas blancas y las columnas estaban coronadas de indios de madera. Aquellas estatuas lo cuidaban cuando nosotros no estábamos. Me gustaba escuchar a la gente quejarse de los bailes. Ellos no entendían a las mujeres vestidas de flores que llegaban los fines de semana. Yo las imaginaba y sonreía. Ellas escuchaban sus versos y sus canciones. El las escribía en las tablas, porque los papeles se iban volando, la madera no. Tenía un armario de metal, lleno de bolsas de dulces, por si llegábamos. Cuando los repartía estaban llenos de hoyitos. No me importaba.

No recuerdo haberlos visto juntos. Pero cuando me quedaba a dormir en casa de ella, escuchaba el eco de su voz ausente preguntándole si había cerrado la guagüita. Siempre estaba cerrada, detrás del portón con candado. A él nunca le gustó Río Piedras. No había indios, ni pistas de baile, ni versos escritos en las paredes.

Ella se cubrió de papeles. Desbordaban las gavetas que yo buscaba, leyendo y releyendo historias que no entendía. Sí entendí las demandas, las citaciones y que había chocado estando borracho. Nunca supe qué pasó con la mujer con la que chocó. Los papeles no decían nada.

Una tarde llegó a buscarla. Traía su machete y le decía que la amaba. No entendí qué tenía que ver el machete con el amor. Ella no salió, ni siquiera para decirle adiós cuando la policía hizo que se fuera.

Pasaron diez años desde la noche en que nos esperó para luego dormirse, ya sin sed. Traté de preguntar qué decían los versos que nunca pude leer. Ya nadie los recordaba. Ella sólo me dijo que ahora entendía. Siempre se preguntó cómo hubiera sido todo si él lo hubiera sabido. El ya no estaba.

La miré, tan blanca, arrugadita, chiquita y sonriente. Una risa que levantaba una pared de alegría y no me dejaba entrar. Después de tantos años no parecía importarle que nadie comprendiera por qué él era así. Ella nunca bailó sus versos en aquella terraza-patio. No era de mujer decente vestirse de rojo, ni de mujer cristiana guardarse con estatuas de madera. Ella prefirió las estatuas de yeso y prender velas para que él no bebiera.

Ya no hay dónde buscar sus versos, ni sus indios, ni las risas de las mujeres con pechos brotados entre escotes. Ahora soy yo la que escribo. Un día copiaré versos en vigas de madera, conseguiré un indio que me cuide. Quizás así, a la distancia, pueda disculparme por no haber sabido leer y decirle que ella, un día se sonrío porque lo entendía. Sonrío, se levantó, prendió el radio en una canción que sonaba ya muy vieja y bailó sola.

6 pensamientos sobre “El poeta de Corozal”

  1. Marida, esto es tan hermoso. Has relatado todo un tomo de vivencias en estas líneas. Te esperé. Lo hice con el ansia de la nariz por encima de la reja, por entre los barrotes de la verja, esperando a los indios y por qué no, también a las estatuas de yeso. Valió la pena, mi cielo.

  2. Gracias Mara, Yolanda (por empujarme – ja). Axel,gracias. Jesús, escribiéndolo me di cuenta de cuánto se me quedó grabado a mí también. No sólo los versos en el madero, sino todo lo que este viejito me dio y que, agraciadamente, todavía pude encontrar. Raquel, ahora que se acaba el semestre (y de alguna forma que no me explico todavía he sobrevivido), espero volver a la batalla otra vez.

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