El orfebre (II)

Me gusta este apartamento. Luego de muchas peleas con Lachan decidí organizarme un poco y dejar de ser el indigente que dice mi madre, el desarraigado que dice mi abuela, el loquito que dice la doctora Zeta que me quiere tanto del otro lado del charco. Así que me puse a trabajar de camarero por año y medio y pude ahorrar lo suficiente para conseguir este apartamento de dos habitaciones con baño y techos altos, grandes paredes, buenas para libreros y mucha luz. El único problema real son mis vecinos de arriba: una pareja de recién casados que se la pasan discutiendo o chingando a todas horas con ruidos y señales, cuestión de que yo no duerma. Al poco tiempo de la mudanza me vi con la vecina mientras salía del complejo y el encuentro no fue nada agradable. Esa noche la luna estaba preciosa y decidí salir a caminar hasta el Malecón para verla mejor. Mientras caminaba embelesado hacia el portón, chocamos de frente; ella venía del supermercado y todas las bolsas cayeron al piso. Mil perdones, dije mientras me agachaba a recoger las bolsas. La muy perra me insultó: ¿Qué coño es lo que mira para arriba?, atienda por donde anda. Volví a excusarme millones de veces recogiendo cosas sin mirar, cuando llegué a su cintura me quedé frío. La jeva tenía una nueve milímetros en el cinto; la vecina era policía de la secreta, me enteré después. Deje de decir perdón, buena mierda, coño, qué hace tropezando con la gente, dijo bastante agitada. Yo cometí el gran error de responder, Miraba la luna, está bonita. Qué luna del coño, mariconazo, mire por donde anda, gritó arrebatándome las bolsas. Por poco se me salen las lágrimas pero el terror me dejó frío, no dije nada más, cosa de que no cogiera la pistola y me diera un tiro. Ya sabemos que los policías y los militares están entrenados para entender que los civiles somos una excusa absurda de la sociedad. Se fue sin decir adiós ni buenas noches. Yo seguí mi cacería por la luna, me paré en la esquina, compré ron y cigarrillos; quizás con eso lograba confundir el susto.

Al final de la tarde, Josian se despidió y se fue a entrenar. Aproveché la soledad para llamar a Melissa, era una sorpresa que me hubiese encontrado. Hola cómo estás, tú llamando, qué sorpresa. Nada, supe que estabas aquí y me dieron ganas de verte. Bueno, me voy como en tres semanas pero podemos vernos esta noche. Perfecto, anota la dirección, me dijo y quedamos a las nueve. Entre cuatro cervezas bien frías, cigarrillos y música esperé hasta que llegara la hora. Llamé un taxi. En veinte minutos ya estaba en el lugar. Subí hasta el cuarto piso para confirmar que la ironía es un barril sin fondo: la niña me había citado a la casa de su novio.

No es que eso tuviese nada de malo, en realidad Melissa y yo nunca habíamos tenido nada de sexo o roce… nuestra relación era más una mutua paja mental, una gran colección de desencuentros. Si yo estaba en la ciudad, ella estaba con novio nuevo o de viaje y siempre regresaba dos días después y ya yo no estaba. Dije buenas noches y el novio me saludó efusivamente, no sé lo que ella le habrá dicho. El tipo era un moreno inmenso, pelotero. Por la conversación entre tragos de whisky, supe que estaba esperando para firmar con los Cardenales de San Luis. Al tercer trago determiné que era hora de irme, pero ellos sugirieron salir a tomar algo. Cuando el moreno se fue a la habitación le pregunté a Melissa con la mirada, Qué pretendes. Ella respondió por lo bajo: No te preocupes, tenemos una relación muy abierta, además, él sabe. Toda la ciudad sabe lo que siento por ti.

Propuse un bar cerca de casa, por si acaso. Luego de muchas botellas de cerveza y varios shots de tequila me confié, el miedo quedó detrás y entendí que quizás yo estaba exagerando; que sí, que esas clases de relaciones open mind existen. Me excusé para ir al baño y llegué agarrándome de las paredes. Cuando terminé de orinar ya Melissa estaba detrás de mí para acorralarme contra el lavamanos y me besó y tocó con maldad. Eso duró una eternidad y mentiría si digo que no me lo gocé, me sentí joven, como antes, pero todo tiene su precio. Al salir el moreno me esperaba con lágrimas en los ojos en la puerta del baño. No dijo una palabra, botaba espuma por la boca. Cuando quise explicar algo, su puño en mi boca no me dejó. El golpe me dejó esperando el segundo, de inmediato sentí el calor de la sangre que brotaba por mi nariz. El tipo me agarró y me sacó a la calle. Melissa gritaba detrás pero era imposible, él no paraba de llorar pero me seguía sonando como si yo fuese una conga. Como por la octava trompada dejé de contar. El señor que cuida la entrada del bar llamó a un par de muchachos que me lo quitaron de encima. Melissa se lo llevó hasta la camioneta y se fueron raudos antes de que llegara la policía… Aún retengo una imagen que valoro: las gotas de mi sangre que rodaban de su mano derecha.

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