El orfebre (I)

En el amor y en el boxeo
todo es cuestión de distancia.
Cristina Peri Rossi

Los dolores comenzaron un jueves. El pulgar se puso azulnegrovioláceo inmediatamente y me palpitaba como si el corazón se hubiese trasladado a ese dedo y toda la sangre que se bombeaba al cuerpo era de ese color, de ese dolor. El estruendo del martillo quedó en mis oídos, así como todas las malas palabras que dije en menos de dos minutos. Vivo de las casualidades pero este no fue el caso, estuve pensando, mientras me decía que tuve suerte, la herramienta no me cayó en el dedo del pie, eso ya hubiera sido demasiado. Entonces como por arte de magia, en lo que miraba el maldito clavo en la pared, sonaron el timbre y el teléfono al mismo tiempo. Decidí abrir el portón… la contestadora que se encargue de la llamada; los teléfonos nunca me han gustado.

Josian, llegaste temprano, dije con la cara estrujada por una mueca. Él se mostró más preocupado de lo normal y eso estaba bien. Preguntó qué pasó y le expliqué que estaba tratando de colgar los malditos cuadros. Lachan, mi amiga con la que comparto esta casa nueva, estaba de viaje pero había dejado un mensaje bastante claro: “Deja de hacerte la paja y ponte a arreglar la casa, vacía las maletas, coloca los libros en los libreros, cambia las bombillas y cuelga los cuadros antes de que yo llegue para no matarte, te quiero y adiós”. Me tiré en un mueble y actué un poco más adolorido de lo que en realidad estaba. Josian rebuscó en la habitación hasta encontrar un poco de mentol. A ver esa mano, me dijo con toda su ternura y empezó a acariciarme el dedo que se hinchaba. No deja de sorprenderme este muchacho que no llega a los veinte años y es tan grande, tiene una belleza de energúmeno… quien lo viera ahora, tratando de curar mis golpes con sus manos de gigante y cancioncitas de sana, sana culito de rana, no creería que es boxeador invicto y campeón centroamericano de las 140 libras, todas por knockout.

Tienes un mensaje en la máquina, me dijo mientras buscaba algo de tomar en la nevera. Le tengo sus jugos y sus cosas porque siempre está a dieta de deportista. Pásame una cerveza, están en el freezer, le dije mientras presionaba el botoncito de play en el teléfono para escuchar el mensaje. Era Melissa: “Sé que estás en la ciudad, quiero verte”. Josian me miró sin preguntar quién es ésa ni nada, se excusó diciendo estar cansado y se fue a la habitación. Vienes, preguntó. Sí, concedí y fui a encender el aire acondicionado. Él se puso a ver televisión y yo a escribir. ¿Qué escribes?, preguntó media hora después. Un cuento aburrido, cosas que no llegarán a las escuelas públicas, dije sonriendo. Por favor, escribe algo lindo, deja ya esas historias de balas y sangre, que tú no eres detective. El dolor se me estremeció por las carcajadas verdaderas que emití, le dije que tampoco era poeta pero que estaba bien y pensé en escribir algo para él. Antes de quedarse dormido me dijo: Me gusta eso que pusieron en tu segundo libro, que eras, “Un orfebre metido a boxeador”. Por cierto, ¿qué es un orfebre? Le dije que ya, que descansara, que después le explicaba. Entonces llegó a mi mente el Adriano moribundo de Yourcenar escribiendo acerca de la belleza dormida a su lado. Me prometí escribir un relato con respiración y palomas que no tuviese que ver nada con sangre y gente llorando, quería escribir una historia que hablara de belleza y ternura de este atlas sosteniendo mi mundo de arena, todas las tardes desde que lo conocí en el gimnasio de la Federación Nacional de Boxeo. Recuerdo la ternura de su sonrisa que contrastaba con la fiereza con que tiraba los golpes. Qué hace un escritor boxeando, me preguntó como todo el mundo. Estoy investigando para escribir una pieza para teatro, respondí. Él le recomendó a los demás boxeadores que sólo me golpearan del cuello para abajo. Después me confesó que le gustaba mi cara, que no quería verme desfigurado. Nos empezamos a ver todas las tardes y mi vida decidió recobrar algo de sentido.

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