El orfebre (Conclusión)

Después de todo, al día siguiente el dolor predominante era el del maldito dedo. Hice un esfuerzo enorme para verme en el espejo. Estaba jodido, la cara hinchada y tres puntos de sutura encima del ojo izquierdo. Me tomaron muchas placas. Es un trauma mínimo, dijo el médico, que recetaba descanso, antibióticos y líquidos. Tanto calmante y antinflamatorio me tenían como un zombi. Josian llegó como todas las tardes y se enfureció bastante cuando me vio tan desmejorado. Exigió explicaciones y yo le conté casi todo con lujo de detalles. Pidió teléfonos, direcciones, para ir a buscar a ese pendejo, pero sobre todo a la muy hija de puta de la jeva esa que te metió en ese lío. Le dije que dejara eso así, que total, el tipo es un farsante y ella sí, una verdadera hija de su maldita madre. Me untó algo de los ungüentos para los golpes que lleva en su bulto de entrenamiento y me hizo algo de té. Luego puso una sopa, que yo apenas podía tragar por el dolor. Seguimos discutiendo, él exigiendo razones, yo negándolas. Me preguntó si tenía algo con esa jeva, que quién era. Luego hubo gritos… él también se puso a llorar y yo me asusté, recordando que cuando los hombres lloran pueden ponerse brutos. Le di las gracias por venir y le pedí que se fuera. Si me voy ahora no me ves jamás, me dijo con los ojos pequeños, rojos. Yo con dolor en el dedo, porque como dije antes, allí era que estaba mi alma, le mentí. Si te vas ahora no me importa, vete, vete, muchachito de la mierda, no quiero verte, no quiero ver a nadie, déjame solo, como todos. Dije estas palabras consciente de que nadie me deja solo, soy yo el que siempre se va, el que de manera sadomasoquista y egocéntrica ha manejado todas las relaciones. Tomó su bulto y se fue. Le grité cobarde, me susurré pendejo, maricón. Pasé la tarde llorando. Ahora sí me dolía todo el cuerpo.

Sí, señorita, un vuelo de ida… sí, para mañana a primera hora, imploré. Todo lleno, si desea puedo ponerlo en lista de espera, dijo la voz telefónica. Está bien, dije, un día más, un día menos, cada vez que vengo a esta ciudad salgo mal herido. No pude dormir, los vecinos de arriba me dieron la tanda completa. Sólo hubo una pequeña diferencia que agradezco. Primero fueron los ruidos amatorios de la cama, luego una puerta que se estrellaba, gritos, amenazas, tensiones… juro que pude escuchar el mecanismo de la pistola al activarse y pensé en el proyectil ascendiendo a la recámara… el estruendo vino casi inmediatamente después. La policía no llegó nunca y, no sé por qué, no sentí miedo. Todos los vecinos salieron, menos yo. Decidí tomar cerveza, prender un joint, buscar una maleta y empacar cualquier cosa. En la oscuridad encontré los guantes de Josian en la sala y volví a llorar. Levanté la cabeza y reparé en el maldito clavo, pensé que si fuese mas grande, y yo tuviese una soga… pero no voy a tomarme atribuciones con mi vida. Entonces decidí colgar los guantes. Busqué el pasaporte y la billetera… apagué la luz y cerré con doble candado. En el aeropuerto, escribiría la historia de una pistolera ninfómana. Aprovecharía esta despedida para convertirla en la poesía dura de un muchacho que no veré jamás… de cómo me iría a dormir en una lista de espera para siempre.

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