El olor del tiempo

Llegué temprano. Hacía uno de esos calores húmedos que arruinan el maquillaje y ensopan las axilas asfixiadas bajo la chaqueta. Era mi primer día y estaba eufórica. No podía creer que encontrar el centro de práctica se me hiciera tan fácil. Mucho menos podía creer que detrás de esa puerta negra de metal se encontraban más de treinta de ellos, mis estudiantes. Ascendí un peldaño y entré. El lugar era pequeño, modesto. Estaban en pleno culto, así que decidí permanecer sentada en la silla más cómoda que haya probado, una como estilo Luis XV. No había revistas para hojear, nada que hacer. Esperaba.

A los pocos minutos entraron mis compañeras de grupo. Parecía que estaban nerviosas porque se quedaron paradas en una esquina. Como yo, estaban sudadas. Nos quedamos las tres sin habla mirando el gris de la salita, la precariedad. Francamente me preguntaba por qué rayos me habían mandado a ese lugar.

La reunión de orientación duraría unos quince minutos, a lo más. Nos explicaron cuáles serían nuestras funciones. Todo consistía en dar una serie de charlas educativas y preparar los materiales. Como no había muchos recursos en el lugar tendríamos que pagarlos de nuestro bolsillo. Genial, pensé, disimulando la molestia. Encima de eso nos habían advertido que una de las estudiantes siempre requería materiales dobles y que tan pronto nos viera le iba a dar con que una de nosotras era su nieta.

Salimos de la oficinita. Los estudiantes merendaban mientras jugaban dominó o charlaban. Parecían estar contentos de tener visita. Éramos el centro de atención. Pero sentía una incomodidad. Me miraban. Sonreían detrás de una columna gris unos ojitos pequeños y oscuros. Me llamaban. Acudí confusa. Sus brazos se extendían y me daban un abrazo de reconocimiento. En esa curva tibia se podía oler el tiempo mismo. Alcé la vista y volví a mirar el salón. Desde donde estaba ahora el entorno no se sentía tan lúgubre como antes. Había mesas de madera pintada y una pizarra vacía. En una esquina una señora cosía. Al fondo, las mujeres voluntarias picaban pan sobao’, lo untaban con mantequilla y servían café en bandejas. Sí, había sido la agraciada: yo era la nieta.

3 pensamientos sobre “El olor del tiempo”

  1. Me gusta ese cambio de actitud del personaje que se traduce en ver las cosas más relucientes, más positivas a partir de un abrazo. Es un texto sencillo pero muy “touching”

  2. Hermosa Raquelita, hermosa prosa.
    “Su olor viejo es el olor del tiempo: olor a tinta y a papel amarillo. Es el olor del tiempo aprisionado, capturado entre las letras y las páginas de cada uno de estos libros, que me llevan y me traen a través del tiempo, hacia las vidas, vivencias y visiones de seres ya idos, paseándome a lo largo de la historia” (Detalle del libro El Jardín del Silencio).

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