El fin del mundo

Afuera llovía.

Caminando se llega al fin del mundo, pensó.

Sacó el paraguas de girasoles que se había encontrado en la parada de guaguas y salió, insidiosamente harta. Bajó los peldaños uno a uno, como si el hecho de doblar una pierna para depositar el peso de la otra fuese toda una empresa. Ni se le ocurrió preguntarse a dónde iba. Lejos. Imaginó que lejos. De ser posible, al fin del mundo.

¿Cómo sería el fin del mundo? Apartó los dragones y las lenguas de fuego de su mente y trató de imaginar una calle de ladrillo estrecha como aquella que tal vez mudase de colores, según el fin se acercase: gris primero, luego azul, un azul como quien dice, índigo, luego gris oscuro, y negro al final. O tal vez blanco, quién quita. Al final, en el mismísimo fin del mundo, se imaginó un letrero como de cine, con luces y una puerta: “Bienvenido al fin del mundo, disfrute de su estadía”. O quizás una pared en ladrillo, sencilla, con las vetas grises del cemento visibles, frescas aún.

Con toda probabilidad era una pared de metal, gris oscuro, stainless steel o aluminio, su brillo de acerina perdiéndose entre las gotas de lluvia. Las tocó con los dedos. Una cascada de agua, delgada como un papel, cubría de ondas continuas su superficie lisa. Bañó sus dedos en ella. Tocó. Sonó a eco, a metal, como un elevador industrial.

Apretó el mango del paraguas, forzándose a volver a la realidad. Había cruzado dos calles, y ni se había dado cuenta. El rumor de las ruedas de los autos sobre la brea mojada le provocó ceder al escalofrío.

Avistó el fin del mundo como un destello verde igual al rostro del mago de Oz al final del camino amarillo. Sólo que tal vez no haya perro en la cesta ni zapatillas rojas. Es una puerta de yerba que se abre para tragarte entera.

“¡Liquidación! 50% de descuento en toda la mercancía” rezaba una vitrina que hacía esquina con la iglesia. Cosas que no compraría ni aunque estuvieran bajo un letrero que dijera:
Liquidación venta final: “Todo se va por cierre“.

O tal vez:

“Liquidación venta final: El gerente se volvió loco y puso los precios por debajo de la competencia.

El gerente se volvió loco: Tuvieron que atarlo a una silla.

Atamos a los gerentes a las sillas.

Liquidación, todo se va: El gerente amenaza con matar a nuestras familias.

Le atrajo la falange quebrada de un maniquí que miraba por encima de su cabeza. Tenía una camisa de encaje victoriana, con botoncitos irregulares hasta el cuello. Subió los dos peldaños y empujó la puerta. Cincuenta por ciento de descuento. Cuarenta y cinco. Treinta y cinco. Coteje la tabla de precios para saber cuánto ahorra.

–Bienvenida a Emilia’s, mi nombre es Ana. Cualquier cosita que desees…

–Buenas –respondió, la mirada fija en los botones irregulares.

Fue directo a la perchera. Sacó una de su tamaño, toda flácida. Al maniquí se le veía mejor. Recordó su falange hueca.

–Esas nos acaban de llegar.

Traducción para pay full price, S&H. Le sonrió.

–¿No tendría una faldita verde?

–No con cincuenta.

Pero esta se habrá creído que yo soy una pendeja que sólo entra a las tiendas a ver mercancía en liquidación. Sonrió otra vez.

–Déjame verlas.

Agarró una sin mirarla mucho, y marchó hacia la caja. Se detuvo en el golpeteo hipnótico de los ganchos plásticos al chocar con los otros en el balde. Era un sonido dulce, seco.

–Son $86.79.

La vio tratando de marcar los números en la caja con sus azules uñas kilométricas y pensó ofrecerle un lápiz. No lo hizo.

“Toda venta de la liquidación es final. No habrán devoluciones.”

Extendió la tarjeta. Vio como las uñas luchaban por retenerla en sus dedos, que no se le escurriera. Los nudillos la atraparon y la deslizaron por la ranura como un puñal.

Qué lírica, niña, como un puñal… Las pestañas brillosas de la muchacha se movieron.

–¿Perdón?

–No, nada. Me voy con eso puesto.

–Los vestidores estan allá.

Se cambió sin advertir a aquella que se interponía entre la pared del vestidor y el espejo.

Las campanitas de la puerta chocaron con el vidrio al salir. Un camión le pasó por el lado haciendo sonar la bocina, acompañada de un silbido. Se suponía que pensara lógico, está lloviendo y apenas se ve, pero hay que asustar a esa pobre diabla porque está buena, pero no lo hizo. Apretó el mango de su sombrilla. Una señora bastante mayor cruzaba la calle con una bolsa anaranjada llena de verduras. A cocinar, a las siete de la noche.

“Elmigro, donde mejor se compra, le invita a oír los especiales de la semana: Aceite de maíz $1.90, arroz grano pequeño, tres paquetes a 99. Mantecado de un cuartillo, $2.78 Chuletas corte de centro, grado A, 1.59 la libra, Corned Beef, .88 cada uno. Elmigro, donde usted se las pasa mejor.”

Elmigro, donde usted se las pasa mejor comprando yuca para hervir a las siete de la noche.

Elmigro, donde usted se las pasa mejor deslizando tarjetas teñidas de azul kilométrico.

Sentía ya gotas salpicando su nariz. La sombrilla estaba cediendo.

Al dar vuelta a la esquina, descubrió un enorme peluche violeta que la miraba, abrazado a un pingüino minúsculo. Sonrió.

El fin del mundo es justamente como el fin de una tabla. Desliza un lápiz por una tabla y mira qué pasa. Imagina que después del filo no hay suelo, sino un perenne abismo. Imagina que no hay dragones n lenguas de fuego, sino silencio. Tal vez el más anterior (o pequeño) de los silencios.

Subió los dos peldaños y entró.

–Estamos cerrando.

–Es sólo para comprar ese peluche.

Como es razonable esperar, la empleada de la pequeña tienda de recuerdos arrugó la nariz con desgane, se olvidó por un momento de cuadrar la caja y sacó las llaves de la vitrina. Dio una vuelta decisiva a la cerradura de la entrada y depositó el peluche en la caja.

–No, démelo así.

Viéndola maniobrar para deslizar la tarjeta y completar el pago con el peluche entre los brazos, deseó preguntarle si alguna vez se le antojó ser cruel. No lo hizo.

La dejó con el recibo en la mano y abrió el paraguas aún adentro, salpicando las figuras de porcelana y las copas de copas de cristal talladas. Enderezó al pingüino que la miraba con los ojos negros y su bufandita gris y abrazó al abrazo.

Un misterio de fe yacía entre los senos de un torso de mujer decapitado por el borde del letrero.

“Tienes que verla. Verla para creerla. La primera cerveza con tres calorías y media, para un gran sabor sin peso alguno.”

El letrero se dio vuelta.

“Imagen y sonido espectaculares. El nuevo Mitronic 3000VX , para que sean tuyas las miradas.”

Franqueó la pierna de un deambulante dormido, resguardándose de la lluvia junto a una vitrina oscura. Se pasó la lengua por el labio inferior.

El fin del mundo, amigo, el fin del mundo es un cristal fino como una placa de microscopio; ancho, anchísimo, resbaloso, al fondo de un pensamiento inconcluso.

Cerró el paraguas y puso el peluche al tope de los dos escalones. Cerró el puño en torno al mango y los estrelló contra el cristal una y otra vez, ya contra una, dos estrellas, hasta que se deshizo como polvo glacial contra su cara. La lluvia parecía que no iba a terminar.

Alzó el peluche. Abrazando el abrazo, pasó con cuidado una pierna y después la otra. Agachándose, entró.

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