El cuento y la memoria

La tradición de contar es antiquísima, milenaria, y está ligada a todo lo que creemos, lo que tenemos, “valores” y “verdades” que han dado forma a lo que somos y el mundo donde vivimos. La creación de lo que llamamos memoria ha estado desde entonces en las manos de hombres y mujeres que se han detenido ante la realidad, con el propósito de imprimir lo que sus ojos vieron aquello que sobrevive el filtro de nuestras subjetividades con el fin de no olvidar, de preservar lo que se vive, lo que se recuerda.

Muchos habremos experimentado alguna vez el jueguito de pasar un secreto entre un grupo de amigos y ver cómo sufre mutaciones cuando las voces individuales añaden o sustraen discriminadamente los hechos, ajustándolos a su propia percepción. El cuento nace de la voz de un autor que bien funge como narrador o que inventa uno que transmitirá la idea que quiere ser preservada. Con el paso del tiempo los cuentos cambian, los cuentistas cambian y se crea una nueva memoria. Recientemente la escritora Yolanda Arroyo Pizarro, hablando de la función del nuevo escritor en nuestros tiempos hace referencia a éste como aquel que “cambia al mundo desde la literatura, luego de que el mundo ha sido cambiado por la tragedia”. Es nuestro recuerdo de la tragedia, nuestra interpretación de la realidad vivida, la que se convierte en obra y se transmite como la memoria que otros podrán en un futuro cercano o lejano acceder.

En su ensayo “La Memoria Rota”, Arcadio Díaz Quiñones cita a Ricardo Pligia al hablar de la literatura como “una forma privada de la utopía que permite negar la realidad”. No existe una realidad objetiva. Es por esto que podemos negar la memoria del otro al recurrir a la nuestra, a las diapositivas que quedaron impresas en nuestra mente o aquellas que creamos al interpretar el mundo.

Resulta interesante el rumbo tomado por varios de los escritores de lo que algunos catalogarían como una nueva cepa en el mundo literario puertorriqueño. La ausencia de una narrativa romántica en el sentido expresado por Lowy y Sayre al catalogarla como una “forma de añoranza, de nostalgia, de evocación, de aspiración a un regreso o de intento de recuperar lo que se cree haber perdido o se cree estar en vías de perder”, o aún de una lucha por hacer valer una identidad que en estos tiempos no puede sino cuestionarse, sin lugar a dudas es significativo. Es por esto que no nos sorprende el auge de la ciencia ficción, la creación de mundos, el enfoque a una mirada hacia el futuro o la construcción de espacios desde donde poder expresar plenamente lo que aún en este momento podría considerarse alterno.

El advenimiento de la globalización se presenta como un nuevo caos, una nueva reorganización de un (des)orden “natural,” que se repite y se (re)forma. Es en este caos que interviene el cuentista, como contestara Klingsor, asegurando el surgimiento de un orden en medio del caos a través de la cualidad creadora de la mente todo mediante “un proceso sistemático de eliminación y selección”.

Como narradores tenemos la responsabilidad así como el derecho de asumirla de las formas mas irreverentes imaginables de crear memorias, de imprimir recuerdos que den forma al mundo que podemos crear, de alguna forma empujando nuestra realidad por gargantas que de tanto no comer, se han cerrado y secado. Aquello que nos lleva a recoger los huesos que encontramos en el camino, para -como la loba mística- construir el esqueleto que revivamos con nuestros cánticos, es la misma fuerza que nos lleva a refugiarnos frente a un monitor día a noche y noche a día con el único fin de dejar un registro de los mundos que se forman en nuestra mente.

Como todas las responsabilidades, y especialmente en el mundo literario, ninguna ha de ser asumida con una carga apocalíptica. Como tan bien nos repite en sus talleres Mayra Santos-Febres, la literatura es un mundo seguro en el que “no pasa ná.” Y es precisamente desde la libertad que nos ofrece ser dioses de los mundos que creamos, que jugamos con reconstruir el mundo que nos gusta o el que despreciamos, avivándolo desde nuestros temores, desde nuestras pasiones, desde aquello que saboreamos y lo que nos apesta. Aún así, vale la pena recordar que después del tiempo nuestras palabras quedarán, se habrán transformado en la memoria que habremos regalado a presentes y futuros lectores, de la misma forma que nuestros mundos se han cimentado en la memoria que nos han regalado quienes decidieron un día detenerse y escribir.

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